lunes, julio 31, 2006

Miguel Ill Ferrer, el poeta.







Hay muchos títulos posibles para encabezar un artículo referido a este autor, y este título es bastante incompleto. El artículo también lo es. No obstante, estoy satisfecha con el título, porque así debía ser, y no de otro modo. Y es que hoy sólo hablaremos de Miguel Ill Ferrer, el poeta. Porque hay otros Miguel Ill Ferrer: infinidad de ellos. Increíblemente, el poeta les aglutina a todos ellos. El poeta es, sin duda, el Miguel Ill Ferrer más completo.
Echo en falta, en los poemas que Miguel Ill Ferrer leyó para todos ustedes en el programa Es Racó Literari de 3 De Nit, el romanticismo. Me quedé con las ganas porque, tal vez porque yo soy muy romántica (sentimentaloide y hasta cursi sería más adecuado, quizá), creí detectar una enorme fuente de romanticismo escondida en ese hombre grande (he colocado el calificativo adrede), pero sólo puedo atreverme a afirmar públicamente algo así en uno de mis arranques. Estoy mal acostumbrada: siempre me lo perdonáis todo. Pero es que creo que con Miguel no me equivoco. El romanticismo siempre es absurdo. Este hombre rebosa sensatez e inteligencia y en él parece más absurdo todavía... a primera vista. Y seguramente mi romanticismógrafo no funciona bien, pero se dispara.
Y sin embargo, como espero que también vosotros captéis, en el fondo de las crudas expresiones del Miguel Ill Ferrer poeta, subyace el más puro romanticismo. Porque él afirma que no se puede vivir sin amor (aunque tiene la precaución de citar a Lowry). Y aunque no sea una literatura apta para cualquier intelecto, creo que incluso un lector poco avezado puede captar que esos poemas nos gritan esa filosofía: no se puede vivir sin amor. Y Miguel Ill lo reclama, lo exige, a través de sus poemas.
Os dejo, pues, con Miguel Ill Ferrer, el poeta.
LEMA:

“No se puede vivir sin amor” Malcolm Lowry. Entra a la novela “Under the Volcano” (“Bajo el volcan”)


PER ME SI VA NELLA CITTÀ DOLENTE,
PER ME SI VA NELL’ETTERNO DOLORE,
PER ME SI VA TRA LA PERDUTA GENTE.
GIUSTIZIA MOSSE IL MIO ALTO FATTORE.
FACEMI LA DIVINA POTESTATE,
LA SOMMA SAPIENZA E ‘L PRIMO AMORE.
DINANZI A ME NON FUO COSE CREATE
SE NON ETTERNE, E IO ETTERNA DURO.
LASCIATE OGNI SPRERANZA, VOI CH’ENTRATE.

Dante Alighieri. Divina comedia. Infierno. Canto III

POR MI SE VA A LA CIUDAD DOLIENTE,
POR MI SE VA AL ETERNAL DOLOR,
POR MI SE VA CON LA PERDIDA GENTE.
FUE LA JUSTICIA QUIEN MOVIÓ A MI AUTOR.
EL DIVINO PODER SE UNIÓ AL CREARME
CON EL SUMO SABER Y EL PRIMO AÑOR.
EN EDAD SOLO PUEDE AVENTAJARME
LO ETERNO, MAS ETERNAMENTE DURO.
PERDED TODA ESPERANZA AL TRASPASARME



NOTA BIOGRÁFICA

Nací, como todo el mundo en aquel año, en 1947 en España. En los primeros de mi infancia supe que hacía una eternidad -yo no había nacido entonces-mi patria se había autodevorado en una contienda civil en la que participaron mis padres y abuelos. Y que fué sucedida por una mundial que me parecía haberse generado solo para que disfrutáramos en el cine los sábados por la tarde, viendo cuán malos eran los perversos y lo gentiles que se mostraban los amables defensores de la libertad. Todo parecía irreal, deformable, hasta que el 31 de enero de 1953, el día de mi sexto cumpleaños, un vistazo al cielo a las ocho de la mañana, poco antes de dirigirme a la escuela, en Barcelona donde moraba, el mundo se hizo sólido e incomprensible.
Con el bachillerato creí entender que la física y las matemáticas podían ser instrumentos para obtener la respuesta al origen de lo real, y a ellas me consagré. Mi licencié de físico. Pero pronto tuve el áspero presentimiento de que por muy cerca que la ciencia nos hiciera creer que estaba el momento en que alcanzaríamos el fruto deseado, este siempre sería, de existir, inalcanzable. Aquiles y la tortuga cósmicos y cuánticos. Me ayudé, entonces, de la poesía, como de una barca de remos para acercarme a alguna orilla. La rivera seguía siendo inalcanzable, pero la navegación fructífera, tal que la de Ulises en el Itaca de Cavafis. Me gané la vida, porque había que vivir, era un apriori del que me convenció Kierkegaard, como publicista, productor de radio en los orígenes de la FM (explotando la amarga sabiduría de José Agustín Goytisolo en ocasiones; el entusiasmo excesivo de Víctor Pozanco -y sus Nueve Poetas del Resurgimiento-; la pacífica concepción literaria como editor y pergueñador de versos de José Santamaría; el lirismo terráqueo de Santigo Sylvester, celebrado, al menos por mí, poeta y novelista argentino; huyendo de las pretensiones sentimentales de Jaime Gil de Biedma. Practiqué de corresponsal de radio en París, cuando en España esa profesión empezaba a no ser exclusiva de Radio Nacional, y conocí al Ayatolá Jomeini y a parte de su cohorte a la que luego asesinó instalado en el púlpito desde el que distribuía cimitarras recién afiladas. Me refugié en Colombia por ver, contra la opinión otra vez de Cavafis, si un mundo nuevo daba en mi a un nuevo hombre hasta que vi brotar injustamente la sangre a dos pasos de mis zapatos. Regresé a España y me instalé en Mallorca, donde ahora vivo felizmente desde hace veinticinco años, aprovechando que antes me licencié también en derecho, de lo que ahora vivo, y que me permite alzar la voz por respeto ajeno al derecho de defensa. Si alguien me pide un recital de mis poemas, sé que sabré hacer que el auditorio se erice y llore; lo que ignoro es qué sentimiento será el que haga brotar las salobres lágrimas de muchos, y las erecciones de otros. De contados lo supe siempre que se dio la íntima ocasión y no me sentí insatisfecho. Eso es todo, que siendo nada, no es poco. Y así vamos.

Obra de MIGUEL (MAXGALLO) ILL FERRER
Todas las obras poéticas de este autor publicadas en yoescribo
Lupus
La tortuosa flecha del tiempo
De la imposibilidad de saberse amado
Entrevista a Miguel Ill Ferrer:
Joana Pol: ¿Quién eres tú en la literatura? ¿Eres un novel que busca un espacio?

Miguel Ill Ferrer: No. A mí el espacio me sobra. Mi espacio, de tan vasto, es minúsculo. Un agujero negro. En auténticos términos físicos.

A mi me basta con dos o tres lectores. Hasta son demasiados. Yo no escribo para ser. Escribo para que sean. Si pueden. Ahora, desgraciadamente, ya no tengo nada que descubrir.

Quizá, con toda seguridad, el idioma guarda secretos para mi, fruto de mi ignorancia. El pensamiento – o por mejor precisar – las ideas, no. En el galope en que vivo ya no puedo cambiar de caballo.

Lo sé todo de mi ignorancia. Que no tendré respuestas, ni las tendré nunca. Y vosotros tampoco.

Aunque suene cruel dicho así: me puedo matar a gusto en cualquier momento. Sé que no me perderé nada.

Pero ese desconocimiento definitivamente aceptado, es un tesoro. Es el cimiento del heroísmo. Porque sabiendo que nunca sabré, solo puedo vivir como un acto heroico.

Se puede apagar la luz en cualquier instante. Lo que sobra es luz. La luz no ilumina nada, pues nada hay que la pueda recibir. La oscuridad, que es nada, tampoco está presente. No hay oscuridad cuando lo que tiene que ser iluminado es lo oscuro.

Así, ¿para qué el cielo? ¿Para qué dios? Si ni tan siquiera es posible saber si existe el mal. Es lo más penoso y feliz a que me destino.

Le tiendo la mano a Sócrates para decirle: “Tú, que no sabes nada, como yo, sabes que perderás el tiempo y la historia, aguardando a que eso cambie. Tu ignorancia, como la mía, no la vamos a anegar de esperanza. Veo en tus ojos un brillo que no se perderá aunque lo apagues con el soplo de la cicuta. Tú y yo sabemos que nunca sabremos”.



LECTURAS DE MIGUEL ILL FERRER:
ASFIXIA MARINERA



Hay trabajos que

no son más que

la guerra por otros medios.

Embarcarse al atún

en un

ataúd de agua

por único ejemplo.

Echar las redes

sobre espumarajos de líquidos orgánicos

entre la propia boca y la del mar.

Alzarse en la ola

para precipitarse

siempre en la pobreza.

Partir de noche

iluminado solo

por los ojos

de suicidas hambrientos

que orinan su apetito sobre el tuyo.

Salir a la mar.

Hallarla al fin.


Ropas de agua verde y oro.
Áureas ropas de agua deambulando el pesquero
desde el que meter las redes entre dedos
buceando tal la luna enmarañada de sardina
sumergidos en salada espuma de cerveza
para el gran sol negro
de nictálopes abscesos.
Cuchillos de sardina, atún y celacantos.
El motor díesel un canon de Bach.
De retorcida hélice ese canon
que empuja hacia el abismo el canon;
hacia el acero de peces frío y ondulado
el canon de Bach, el canon,
trompa, madera y viento.
Solo el canon, el banco de alimento, las redes, los marinos.
Solos los hombres que resultan algas comestibles
Allí, muriendo el equilibrio,
donde se juntan el pié y el agua atronadora.
Canon. De Bach canon, canon de Bach.
Espaldas al sol que ciega a los pilotos.
Canon de díesel y sol que escora ceguera por la espalda.
Canon de la navaja sumergida
que no corta lo profundo y sin herirlo hiere.
Ropa de agua verde y grana.
Y el toro del océano es un cuerno
dispuesto a voltear a esos troyanos sin derrota
huidos del incendio entre dos luces
pletóricas las manos de plata escurridiza.
Y en cada familia un caballo de madera, a los dioses ofrecido,
erizado su vientre de afilados arrecifes,
para acuchillar el nombre de los hombres
desde el estómago de todas las edades,
aun de los supervivientes.
Pero náufragos del hambre.
El pesquero es otro astro de la eclíptica
al que no sustenta el cielo sino el agua pesada.
Que alineado con Saturno, con Marte, con Mercurio
navega, anillado de estrellas y oleaje,
al alcance de todos los pulmones.
El sonar es un timbal sin palos
que desde el caos retumba
indiferente a la agitada vida,
a las entrañas del agua,
a desbordadas, raudas cajas olorosas
que trémulas crepitan en la espuma,
en el lecho de bronce
donde rebullen las redes y sus callosas manos.
Miradas de cristal en todas direcciones.
Brazos hinchados de pesca y de arrebato.
Pechos heridos por escamas.
Sangres de hombre y pesca
velozmente coaguladas en el tiempo.
La asfixia y el tiempo detenido.
La asfixia.
A quinientos metros de presión.
La asfixia placentera,
la asfixia placentera:
¿eso es la muerte?
Bienvenida sea la asfixia dulce
que me disuelve en la galaxia.
Voy a dormir
y dar de comer a la medusas.




AUTORRETRATO


Este espíritu corpóreo
único objeto de mi mismo
único yo
se asemeja a la roca:
objeto engañoso
mezquinamente vulnerable
a martillazos.

1967



COMO TAXIS VACÍOS EN LA NOCHE


Y por fin
el amor no tiene nombre
y se llama
travesía del desierto en la botella
siquiera una terapia
chirriando en el cráneo.
¿Para esto el amor, el insensato amor,
aquella adivinanza adolescente
con la que podía vivir por el momento
con paciencia y actos de coraje
perdidos entre sábanas,
averiguando a qué correspondía
el olor de mis prendas internas?
Era yo.
Ahora bebo sin sed sin boca
oigo risas sin que nadie
conmigo ni sin mí;
el deseo exhausto endurecido
yerto pero vivo
bajo los altos faroles del insomnio
se oculta se agazapa perplejo
mientras relinchos de música y sollozos
chapotean sobre el río caliente
de la luna empapando
de carne de whisky de silencio
lenguas que restallan
como taxis vacíos en la noche.

1983












PARA LAS EDADES DE HELENA



Si los dioses no te aman
dejándote a tu suerte
sabrás azotar hasta la extenuación
a los caballos del tiempo
que, perceptiblemente, devendrán jamelgos
aunque sobrados de peso y mataduras
cálidas a los huevos de las aduladoras moscas del recuerdo,
hospitalarias del vestigio.



Si los dioses no te aman
y te dejan envejecer hora a hora
podrás preguntarte - en todo instante -
cuantos yo eres, has sido.



Si los dioses no te aman
te harás diestra esculpiendo
una sonrisa a navaja
ante la arrogante mirada
de los que - contradictio in terminis - se creen
amados pero inmortales (¿inmutables, tal vez?),
lo que tú te atribuías.



Si los dioses no te aman
comprenderás que habitar - por fin - la ignorancia
requiere un áspero paseo
entre las lápidas de todos tus años.




16 junio 1997


YA SÉ QUE TODO ES INÚTIL

Ya sé que todo es inútil.
Sé que al amor, como a la lluvia,
antecede y sigue la sequía;
que nada hay hermoso que no se destruya;
que en los roperos termina reinando la polilla;
que sobre todos nosotros se abatirán las tinieblas
aniquilando incluso a la palabra siempre;
que el pensamiento es el amargo rostro de la impotencia
que será por fin aniquilado
junto al tiempo que lo aflige.

Sé que los dados tienen una séptima faceta
de leche negra
y el destino es el nombre que damos al olvido.

Sé que toda creencia tiene su refutación
con la que se disuelve en la nada
y ésta la última esperanza de algo perdurable
que será también barrida por lo inimaginable sin nombre.


Eso lo sé.

Lo que ignoro es
cómo sabiendo todo eso
sigo sin dispararme un tiro
en la cabeza.



1985







DULCES ATARDECERES EN AUSCHWITZ





Los ángeles exterminadores de Auschwitz
no han muerto:
han mudado de estado.
Nuremberg solo fue otro cambio de fase.
Trocados en plasma,
infiltrando la piel,
habitan en nosotros
sin más límite que la eternidad.


Pero antes
insuflaron otros Jericó
no por carentes de refinada técnica
menos repulsivos
- que nadie se haga el inocente:
aún cuando adulterada con aplicada maña
la Historia, incluso en el bachillerato,
sin descontar la sagrada,
es una obscena cámara de los horrores
sonrojante de narrar a los niños
y que con alborozo oíamos impúberes.




Pues no es a los celadores de Oswiecim
sino a los viejos perversos que todos somos
a quienes el azar transmite el encargo
de, mediante la división del trabajo, guardar clausurada
la puerta de hormigón - única y falsa -
tras la que jamás se llega
al inefable paraíso.
Nadie alcanza a llamar
y por tanto
ninguna necesidad tiene de no responder
nadie.
A eso se llama, incluso por algunos que piden
- postulándose ajenos al negocio - que les registren,
crueldad.


Toda memoria,
biblioteca a puntapiés ,
equivale a aquel desolladero:
"Aquí se entra por la puerta
y se sale por la chimenea",
sopla siempre alguien al oído.
Trocados en calor y ceniza
vuelta a lo mismo
pasando por el humo.

Entre todos, cada generación,
nos echamos a suertes, como rufianes,
el legado:
quién, el guardián; quién,
el delator sumiso y oblicuo;
quién
- arbeit macht frei - el mudo
apilador de cadáveres,
predicción autocumplida
de la desesperanza; quién
el que vierte el Cyclón B en la ducha; quién
el que arranca dientes de oro y luego,
encerrado en el retrete, saca brillo a los del descuido;
quién el que busca reunir lo suficiente
para adquirir la inmortalidad; quién
el que se procura minuciosamente, con error,
el infierno por la desolación; quien
el Pilatos que mirará a otro lado; quienes
los sillares de aflicción para la catedral de hiel.


Pero ahora quiero tratar
del cruel. Del que dispone
quién sufre y, sobre todo, cómo; y se complace en ello.
Del señor del dolor
pero también del placer. Del que puede
quitar y en consecuencia dar.
Del que obtiene un gozo incontenible
de la ira.
De ese al que solo un percance, una jugada
del destino,
le impidiera recibir el premio
Nóbel de la Paz si las circunstancias
no hubiesen sido otras
(algunos lo logran,
vórtice de la infamia,
gran mancha roja de Júpiter).



Mirada ante mirada.
El que se ve en los otros busca
contemplar lo que desea para sí
sin la embarazosa ceguera del coma.
La crueldad no es más que el
vicario del propio verdugo
en el espejo ajeno.
De ahí el regocijo espantoso
del torturador
pues intensamente
se odia a sí mismo.

El placer del mal.

¿Se puede llamar mal a la actividad
de mis gatos, que pasan sus noches atrapando
inocentes ratones?

¿Es el mal
dejar a la puerta de mi dormitorio,
amaneciendo, el obsequio
de sus cabezas excluidas de la digestión?


Al esbirro - que sin embargo guarda matrimonio;
juega al dominó en algún bar;
se reúne con otros en domingo;
los fines de mes se le hacen
interminables; el ruido vecino, neutrinos chillones
que indetenibles traspasan el nicho que habita,
le es insufrible como insufrible
dejar la mitad de su paga al casero - qué le invita
a tentarse en el dolor y la tortura cuando se halla
solo, contemplando su arma reglamentaria.
¿El rencor a si mismo?
¿Es quizá un pecador secreto,, sospechoso
a sus ojos y el horror a saberlo le lleva a aplastar
al testigo de su inconfesada sodomía, una forma
de hacerlo definitivamente su igual
al arrebatarle toda dignidad?
¿No es ese también nuestro carnet de socios del mismo club?

¿Qué nos lleva, incluso desde el derecho,
a ejercer la caza humana,
a estrechar el cerco hasta exultar de gozo
convicto aquel extraño del que nada sabemos?



Seríamos capaces de llegar mas lejos
sin temor al castigo o sin su esperanza,
pues puede ser una bendición: de voltear
a un niño, sujeto por los pies,
hasta estallar su cráneo contra un muro
en presencia de su madre
a la que permitiríamos reunir las amadas esquirlas
antes de descerrajarle un tiro en la nuca.


La contemplación del humillante dolor ajeno
es menos apreciada
que su administración, con excepciones no carentes de ingenio.
Hay que recordarlo: se han firmado pactos,
establecido derechos humanos.
Luego se ha encargado a las hienas
su custodia
- eso sí: el sueldo es seguro -
y los signatarios se han ido de copas
y jugarse a las cartas
entre olor a letrina y salchichas
la herencia yacente.






Ahora, cuando en Auschwitz se pone el sol
o llueve, o nieva, o abruma ese tropical calor insoportable
que le es propio ya solo en el estio, ecuador del cáncer,
hervidero de moscas lamedoras de sangre,
ahora
ya no se oyen carcajadas y órdenes y montar de pistolas
entre los bloques 11 y 10. Hace años se extinguieron
los disparos
y el sordo caer de los cuerpos
arrojados al carro de la basura
que emprendía luego el camino,
adoquinado abajo,
del horno en que se cocía
el pan negro de la ignominia.


Hoy, cuando en Auschwitz
solo se oyen las sobrecogidas
pisadas de los turistas,
un oído atento, donde quiera que esté,
incluso desde su propia cocina
podrá escuchar disparos apagados y golpear sordo de cuerpos
arrojados al carro de la basura.
No dejará de oír tampoco, si atiende suspenso,
risas, montar de pistolas, entrechocar regocijado de copas, alaridos:
las promiscuas industrias de la hiena y la parker.

El patio entre los bloques 11 y 10
es nuestro horizonte de sucesos,
la frontera del agujero negro que habitamos
ajeno a las leyes incluso de la física.

No podemos dar un nombre
a la maldad, esa sola palabra no basta.
Solo es posible nombrar
lo conocido: es irreductible al análisis
la pasta de que estamos hechos.

No es tanto dar
como obtener por el dolor del otro.
No es ser provecto en el arte del crimen
sino indiferente a la impunidad;
el conocimiento de la ausencia de Dios
sin descartarlo: algo
que no nos perdonamos.

Octubre 1996


Pour Toleck et Mirka (Mai 2005), de son ami Miguel.




jueves, julio 27, 2006

Blanca Miosi protagoniza El Rincón Literario de Joana Pol

Anoche el Rincón Literario de 3 De Nit viajó a Venezuela, para entrevistar a Blanca Miosi. Sandra Llabrés y Joana Pol conversaron con esta escritora desde la IB3-Radio, descubriendo a los oyentes no a una autora novel, sino a una escritora muy consolidada aunque aún poco conocida en España (aunque su novela EL CONDOR DE LA PLUMA DORADA fue finalista en el concurso de novela del prestigioso portal Yoescribo.com). Gracias a la calidad de sus obras, pronto eso cambiará.






LEMA

Espero que mis obras sean leídas algún día, y más que eso, espero que dejen huella


Manifiesto



Me gustó leer desde pequeña, y eso se lo debo a mi madre porque era la que me compraba toda clase de libros, ella también tenía esa afición y aún guardo la autobiografía que dejó inconclusa. Fui una niña solitaria y creo que es el motivo que me impulsaba a crear historias, las retenía en mi memoria y cuando visitaba a mis hermanas políticas les contaba lo que había hecho y dónde había estado durante el tiempo que no las había visto. Ver sus caras de asombro me regocijaba, pues todo lo que les narraba eran invenciones mías, eso, y vivir el mundo fantasioso de los cuentos y más adelante de las novelas me hacía muy feliz, pero nunca imaginé que algún día se me ocurriría ponerme a escribir.

Pasaron muchos años y mi vida dio muchos tumbos, cambié de país, vine de Perú a Venezuela hace años, y después de la muerte de mi madre en los primeros días del año 2000, empecé a leer la autobiografía que había dejado. Estaba escrita a mano, y también había partes de ella escritas a máquina. La soltura, la belleza y su forma de narrar me cautivó, fue entonces cuando decidí dar el primer paso. Es el legado que ella me dejó. Escribí El pacto, que trata de la historia de una mujer que logra que se le conceda su deseo más profundo: ser feliz. Es una novela si se quiere hasta cierto punto ingenua, escrita con las entrañas, que es como se hace la primera novela, las demás se escriben con el cerebro. Ahora, después de cinco años desde aquel primer envión, llevo escritas ocho más; como si quisiera recuperar el tiempo perdido, a un promedio de una cada seis meses, pero una vez que llegué a la octava, empecé a aprender. Estoy revisando la segunda novela que escribí: “La búsqueda”, y llevo más tiempo del que tardé en escribirla. ¡Y las que faltan! Pero el mundo de la escritura es así, comprendí que se puede tener mucha imaginación, pero también se debe tener el genio para saber pasarlas al papel. He aprendido a respetar a los que saben, escribir ya no me parece una tarea fácil, y creo que al reconocerlo empecé recién por el camino correcto.

Espero que mis obras sean leídas algún día, y más que eso, espero que dejen huella.
Gracias.


Bibliografía:

El pacto, Publicada por Athena Press, año 2004
La búsqueda,
Dos caminos, un destino
Enviado de los dioses
Octavia y Franchesco
La última portada,
El cóndor de la pluma dorada
La hija de Hitler
Dimitri Galunov



Dimitri Galunov



La oscura celda tenía una estrecha ventana enrejada por donde se filtraba la luz de la luna. Quedaba tan alta que era imposible llegar a ella, por lo menos para alguien tan pequeño como él. Se conformó entonces con ver el firmamento desde su cama, y mientras contemplaba las estrellas parpadeantes, finalmente se dio cuenta que tal vez nunca más podría ver el cielo como cuando corría libre por el bosque. No tenía idea de cuánto tiempo llevaba allí. Sus recuerdos parecían habérsele borrado de la memoria y por más esfuerzos que hizo, no pudo aclarar en su mente los acontecimientos recientes, excepto del momento en el que sintió que una aguja se clavaba en su brazo sumiéndolo en la obscuridad. Unas horas o unos cuantos días, para él no hacían mayor diferencia, al fin y al cabo, estaba encerrado. La superficie del colchón era bastante más dura que su cama, hizo el intento de acomodarse mejor, pero no pudo hacerlo. Tenía los brazos cruzados y no podía moverlos. Parecían estar amarrados. Se impulsó hacia adelante y logró sentarse en cuclillas en la cama.
-¿Qué habría sucedido? –se preguntó.
Pero acostumbrado a permanecer por largo tiempo en soledad, le restó importancia al asunto. Nunca había tenido miedo de la soledad. Ni de la oscuridad. Cerró los ojos y trató de pensar en algo que le fuera familiar. Su mamá, siempre llamándole la atención, de ella sólo recordaba con agrado su pastel de manzanas. Su padre, en cambio, era muy cariñoso con él. Lo llevaba al bosque a cazar conejos aunque nunca pudo aprender, es decir, nunca quiso hacerlo. No le agradaba matar animales. Su hermano mayor, Wilfred, era indiferente con él, casi no le hablaba, ni le interesaba saber que sacaba buenas notas en el colegio. En realidad hasta quizá le molestase, porque eran lo únicos momentos en los que él, Dimitri, era el centro de la atención. Excepto el día que trajo al lobezno. Se armó tal escándalo en la casa que aún su padre, generalmente comprensivo con él, se mostró inflexible y le ordenó llevar el cachorro al bosque o de lo contrario, le dijo, lo mataría allí mismo.

Un grito desgarrador interrumpió la noche. Al poco tiempo, otras voces igual de lastimeras le siguieron, llenando el silencio con unos aullidos parecidos a los que haría una jauría de lobos. Dimitri se limitó a escuchar. Antes del pinchazo había escuchado que debían encerrarlo en un manicomio. Parecía que habían cumplido su palabra. No tenía quién le defendiera, sus padres y su hermano habían muerto quemados, y según decían, él, lo había hecho. En buena cuenta se sentía culpable porque debió llegar antes y no lo evitó. Se quedó jugando con el cachorro de lobo más tiempo del debido a pesar de que la voz le repetía insistentemente que fuera a casa. La voz... ¿Qué sería de ella? No había vuelto a escucharla desde la noche fatídica. De pronto, unos gritos ordenando silencio se mezclaron con los aullidos, esta vez los alaridos y lamentos se trocaron en exclamaciones de dolor, el sonido de chorros de agua se mezcló con el ruido acallando los gritos poco a poco, hasta dejar la noche otra vez sumida en el silencio. Levantó la cabeza y volvió a mirar el cielo a través de la pequeña ventana, esta vez la luna hacía su recorrido frente a él, se aferró a su imagen dejando a un lado los gritos, el incendio, las inyecciones, las acusaciones y los guardó en lo más profundo de su cerebro. Ahora él estaba allí, en aquel extraño lugar, y su instinto le instaba sólo a sobrevivir. No sentía pena, ni culpa, no extrañaba nada, excepto por aquel cachorro de lobo. ¿Qué habría sido de él? Por lo menos estaba libre.
Una mujer corpulenta vestida con un blanco uniforme almidonado le abrió un ojo. Despertó sobresaltado, mientras veía la sonrisa displicente en la cara de la que parecía ser una enfermera a pocos centímetros de su rostro. Su aliento olía a tocino mezclado con café.
- Hola Dimitri – saludó la fortachona.
- Hola – contestó él.
- ¿Sabes cómo te llamas?
- Dimitri Galunov.
- ¡Ah! Correcto – contestó la mujer leyendo unas notas que tenía en la mano.
- Y ¿Sabes por qué estás aquí?
- No.
- ¿Sabes dónde está tu familia?
- Murieron.
- ¿Sabes cómo murieron?
- Quemados.
- ¡Ah! Correcto – repitió la mujer corroborando las notas, como si cada contestación mereciera una evaluación.
- ¿Sabes quién los quemó?
- No.
- Humm... No. No es la respuesta correcta – dispuso la mujer mientras movía la cabeza negativamente.
- Yo no lo hice–. Recalcó Dimitri.
- Eso no fue lo que dijeron quienes te trajeron. ¿Te gusta jugar con el fuego? – Preguntó ella con la misma sonrisa.

Dimitri permaneció callado. Tomó la decisión de no hablar con aquella mujer. Parecía estar loca. La enfermera le siguió haciendo una serie de preguntas: como cuál era su dirección, nombres de sus amigos, si recordaba el nombre de su profesor, si sabía la dirección de su casa, etcétera. Pero él únicamente miraba al frente, había dejado de mirarla, de olerla, de oírla. Había entrado a sus tinieblas, único lugar seguro, donde nadie lo molestaba jamás. No podían entrar allí. Era un lugar tranquilo, silencioso, olía a hierba fresca y podía corretear por el pasto.

La enfermera le desató la camisa de fuerza. Se dejó llevar mansamente por unos pasillos, hasta detenerse frente a una puerta. “Dr. James Brown – Director”, decía el letrero. El hombre sentado frente a un escritorio levantó la vista y vio a un niño pequeño y delgado, de cabello castaño y ojos negros, con la mirada perdida, como si se hallase en otro lugar. En efecto, Dimitri vagaba por las praderas de su mundo velado. Él podía ver lo que ocurría a su alrededor, pero seguir en su mundo. Había aprendido a hacerlo desde siempre, desde que escuchó discutir a su madre recriminando a su padre por haberlo recogido del bosque. –¿Del bosque?– agrandó los ojos saliendo de su ensoñación y con los sentidos en alerta descubrió que acababa de recordar algo que no sabía –sí. Él había sido recogido del bosque... como el cachorro. La familia que había muerto no era la suya.

(Extracto de la novela “Dimitri Galunov”, de B. Miosi)



jueves, julio 20, 2006

Montserrat Rovira Centellas- "Mon" en IB3-Radio con Joana Pol y Carles Riera.

En un emotivo programa de homenaje a su padre, a quien nuestra amiga Mon (Monserrat Rovira Centellas) acababa de perder, Joana Pol entrevistó en el Rincón Literario de 3 De Nit, en la IB3-Radio, a la escritora catalana Monserrat Rovira. Carles Riera interpretó en esta ocasión el texto de la lectura de la autora. Este es un extracto del programa.





Lema

De no alcanzar la verdad, todavía puedo inventarla creándola en la ficción.

Biografía

Nací en Badalona el 8 de enero de 1964, mi nombre es Montse Rovira Centellas, aunque suelo firmar mis escritos como: Mon.

Mi viaje en el campo de los literario se inició en 1998, año en el que empecé a asistir al taller literario impartido por Mónica Cano, en la Casa Elizalde de Barcelona. En el 2000 pasé a ser tallerista con el autor teatral Ènric Nolla, trabajando ya los aspectos de relato corto avanzado.

En el 2000 participé en la creación de la revista literaria, Consigna, que se distribuyó de forma gratuita durante un año. Del 2001 al 2003 fui fundadora e integrante del grupo literario, Lencería Fina, del que formamos parte seis escritoras noveles y a través del cual dimos a conocer nuestra obra a través de lecturas públicas de nuestras colecciones de cuentos: Trastos y Dies Irae. La primera de las dos fue adaptada al teatro por el grupo amateur Disvauxe.

A mí vez he impartido varios talleres de escritura, tanto particulares como en entidades privadas.

Actualmente estoy trabajando en un libro de cuentos que se titulará: Hijos del aburrimiento del Gran Hacedor. A la vez que he presentado relatos a dos certámenes literarios todavía pendientes de resolución.

Doy a conocer mi obra en mi bitácora: http.://monro.blogia.com/ ; y en los foros de las páginas http://www.cafedeartistas.com/ y http://www.el-recreo.com/


Manifiesto

Nací mal comedora en el seno de una familia de contadores de cuentos. Crecí escuchando el relato de sabrosas anécdotas que eran narradas con el buen hacer de los oradores natos. Y hasta tuve el privilegio de que mi padre inventase para mí dos personajes, un elfo atrevido y un gnomo prudente, cuyas aventuras me explicaba cada domingo a la hora del desayuno. Todavía hoy, cuando como un bocadillo de tortilla no puedo evitar recordar a Andrómeda y Tartufo.

Camino del agua


Aquellos veinticuatro años habían arrinconado su libido contra las cuerdas. Gloria descubrió que Eduardo, el poeta de la calle, ya no era el mismo, mientras ella hacía su consabido paseo ritual para conjurar su último desamor. Gloria, que había recibido una insinuación galante de Eduardo cuando ella vestía de corto sus dieciocho recién estrenados.

La falda de Gloria se había ido alargando conforme aumentaba su edad, pero ella seguía sintiéndose atractiva, después de todo continuaba usando la misma talla que a los dieciocho, ahora, que ya pasaba dos de los cuarenta. Y, sobre todo, conservaba el mismo ánimo. Gloria se sentía feliz de vivir en una ciudad que posee un paseo mágico, porque mágicas tenían que ser Las Ramblas cuando uno se puede sentir turista por el precio de un billete de metro. Sí, incluso en sus purificaciones contra el desamor, Gloria se dejaba embobar mirando periquitos y peces de colores; lanzaba guiños a las “esculturas” vivientes por ver si perdían su concentración, esa tarde misma había arrancado una media sonrisa a una “estatua de la libertad”; perdía la mirada en los puestos de flores eligiendo mentalmente el ramo que le agradaría recibir por sorpresa; y seguía empeñada en contar los cristales de colores del rótulo de la Boquería y en contar las teselas del mosaico de Miró. Eduardo ya no veía aquello, simplemente se había resignado a ser parte de ese paisaje urbano.

Eduardo se sentía cansado, siempre era lo mismo: transeúntes ociosos se detenían ante su tenderete, leían un poco y dejaban sus libros para irse a comprar un ramo en la Rambla de las Flores o unas barritas de sándalo en los puestos de la Rambla de Santa Mónica. Estaba también cansado de las celebraciones en su tramo, la Rambla de Canaletas, casi lamentaba haber bebido de esa fuente porque quizás de no haberlo hecho ya habría regresado a su Buenos Aires natal en vez de soportar frío y calor entre la algarabía de festejantes. Eduardo ya no tenía equipo ni militancia y aquellas manifestaciones le dejaban una impresión de ridículo y vacío.
Gloria tampoco había celebrado la última liga, a ella ya no le interesaba el fútbol, ni siquiera había visto las imágenes de los destrozos en los telediarios. Seguía sus propios ritos, ajena a sus conciudadanos. Eduardo también era ajeno a las celebraciones, pero ya ni siquiera creía en rutas propias, se limitaba a caminar los pocos metros desde la calle Hospital hasta la calle Tallers para plantar su puesto con más pena que gloria. Gloria descubría novedades en sus miradas a lugares antiguos, era miope, pero sostenía la idea romántica de que su visión borrosa convertía el mundo en pinturas propias del pincel de Leonardo. Eduardo también era miope, pero no había hecho de su deficiencia visual un algo poético, incapaz de ver a lo lejos, su mirada se había vuelto hacia adentro, por eso sólo daba conversación por rutina; cargaba con su cortedad de vista y sus charlas ocasionales con la misma paciencia con la que cargaba con sus paquetes de libros y sus bártulos para apenas vender nada. Las mágicas ramblas de Gloria no existían para Eduardo.

Hacía veinticuatro años que las miradas de Gloria y Eduardo no se cruzaban, aunque él no había faltado a su puesto ni en los días de lluvia y ella había perdido la cuenta de los desamores vividos y conjurados en aquel paseo. A Gloria le asustó lo que vio en los ojos de Eduardo: una vida rota en su perderse en sueños no cumplidos, una mirada anciana que ya no respondía a la sonrisa de ella, simplemente ni la veía aunque posase los ojos en ella. Se asustó porque Gloria no quería marchitarse en una acera por especial que ésta fuese; mecánicamente buscó esas gafas que siempre llevaba en su bolso por si se terciaba ver una película subtitulada y se las puso. Se andaría con vista desde ahora, no fuese que también los sueños rotos marchitasen su sensibilidad antes de tiempo.

lunes, 08 de mayo de 2006

viernes, julio 07, 2006

CARMEN SÁNCHEZ Y CHARO BOLÍVAR en ES RACÓ LITERARI de 3 DE NIT, de IB3-Radio.

En un programa repleto de magia y sorpresas, Joana Pol nos trajo a dos escritoras que pisan fuerte en el mundo de la fantasía. Aquí tenéis un extracto del programa con la lectura que se llevó a cabo, EL CONTADOR DE CUENTOS, pero recomendamos encarecidamente que os bajéis el programa. No os arrepentiréis: el peso de la lectura recayó sobre Miguel Ill Ferrer, que además de un gran poeta a quien tendremos posibilidad de conocer un poco más a fondo la semana que viene, demostró ser un gran actor y un lector magnífico.

La particularidad de estas dos escritoras la descubriréis con su biografía y manifiesto: escriben juntas en una complicidad que da muy buenos resultados, como comprobaréis. No dejéis de visitar las webs recomendadas.



CARMEN SANCHEZ - CHARO BOLIVAR

-LEMA
No soy nada
Nunca seré nada
No puedo querer ser nada.
Aparte de eso tengo en mí todos los sueños del mundo.
(Fernando Pessoa)



¡Por Dios bendito!, sentémonos en el suelo
Y contemos tristes historias sobre la muerte de reyes
(William Shakespeare, Ricardo II)



-BIOGRAFÍA


Nacimos en Jaén, hace ya más de cuatro décadas. En 1974 nos trasladamos a vivir a Barcelona, con toda la familia.

Por nuestro parentesco, siempre hemos estado en contacto. Comenzamos a escribir siendo niñas, y crecimos intentando conservar ese toque mágico de la infancia. A pesar de tener caracteres muy diferentes, compartíamos lecturas, música escritos y amigos. Nos gustaba imaginar aventuras y compartir ideas que después reproducíamos en papel. Nos escribíamos largas cartas, que todavía conservamos y nos arranca una sonrisa melancólica cuando las releemos.

Los fines de semana en los que nos encontrábamos intercambiábamos la continuidad de nuestras novelas. Nos divertía saber como había resuelto la otra, aquellas situaciones que inventábamos. Hablábamos de historias fantásticas mientras leíamos libros de Julio Verne, Shakespeare, Rudyard Kipling, Herman Hesse, Pearl S. Buck…, todos ellos llenos de aventuras que estimulaban nuestra fantasía para viajar a lejanos e ignotos lugares.

Ya en la adolescencia, mirábamos con envidia a los chicos del instituto pensando que en conocimientos estaban muy por encima de nosotras, por eso nuestra sorpresa fue mayor cuando adelantamos a muchos de ellos en un concurso de cuentos convocado por la asociación de vecinos del barrio, y en el que nos presentamos por separado,. Fueron nuestros primeros cuentos publicados bajo el patrocinio del Ayuntamiento de Badalona.

Poco después, nuestros caminos se separaron, pero sin darnos cuenta caminamos por senderos paralelos, observándonos sin perdernos de vista.Tal vez, y gracias, a ese vínculo familiar que nos unía. Cada una construyó su vida, tuvo sus hijos y después de veinte años, rescatamos una de nuestras novelas de un cajón y nos dispusimos a reescribirla. Fue, y es Internet el que nos mantiene unidas en esta pasión por escribir, ya que vivimos a más de treinta kilómetros de distancia. Hoy en día, a pesar del poco tiempo que tenemos, nos dedicamos a esa novela como si fuese la búsqueda de un gran tesoro por descubrir.

Recordamos noches de largas charlas, de horas de risas y de melancolías expresadas. No sé como llegábamos a comprendernos; éramos tan diferentes. Pero hablábamos largamente ¿de qué?, no recordamos qué palabras podían llenar esas noches suaves y añoradas. Tal vez inventábamos un nuevo mundo mientras mirábamos la oscuridad del cielo desde la ventana. Apenas había estrellas, el cielo de Badalona no solía ser claro y transparente y al sucumbir el sol apenas se veía su luz. Charlábamos a pesar de nuestras diferencias y no sé que fue lo que decidió que nuestras vidas permanecieran juntas.

Ahora volvemos a decir cosas con pocas palabras, revivir las ilusiones añoradas y ver estrellas en los cielos encapotados y tristes. Llevamos muchos pasos por este camino que nunca creímos poder recorrer. Y sin embargo seguimos andando, construyendo sueños.

Para los pianistas es muy fácil tocar a cuatro manos, para nosotras también lo es “escribir a cuatro manos”. Mucha gente nos pregunta cómo lo hacemos, todo comenzó como un juego de niños. Quizás el secreto consista en la capacidad de aprender siempre, en dialogar y convencer con argumentos a la otra que aquel párrafo podría estar mejor de otra manera, que esa palabra podría sustituirse por un sinónimo más adecuado y que, al fin y al cabo, somos eternos aprendices.

Hemos publicado dos cuentos en 7 calderos mágicos, Web dedicada a la lectura, la literatura infantil y la educación
http://www.7calderosmagicos.com.ar

Otro de nuestros cuentos está publicado en liternautas.es.

Así mismo tenemos un blog donde ponemos nuestros escritos y que hemos modificado a nuestro gusto: www.carmenycharo.blogspot.com .

Os invitamos a todos a que os perdáis, como nosotras en los libros.


- MANIFIESTO

Dicen que la literatura fantástica no vende, que continuamente es rechazada por las editoriales, que en la actualidad Tolkien lo hubiese tenido muy mal para publicar. Pero, hoy por hoy, no nos importa. Escribimos lo que nos gusta, sin pretensiones, por el placer de escribir. Somos leales a nuestros sueños, y escribimos, simplemente, por que siempre hemos tenido la necesidad de escribir. Además, la edad te enseña a no tener prisa, que si algo bueno tiene que llegar, llegará sin duda alguna.
Cabalgamos entre Platón y Robert Graves, entre Valerio Massimo Manfredi, Michael Ende y Tolkien. Nos encanta imaginar viajes por el mundo, civilizaciones antiguas, hadas y duendes y cuando dormimos, seguro que lo hacemos recostadas en un prado de fresca hierba donde las náyades, sílfides y driades nos hechizan con sus cantos. Los elfos salen de entre los árboles para mirarnos curiosos y los trolls... los trolls sólo son piedras duras y herméticas.



EL CONTADOR DE CUENTOS

En el bosque de los diez sabios, donde todos los secretos del mundo se conocen, se había abierto un gran debate: el último Narrador de Cuentos había muerto después de explicar infinitas historias y ser condecorado en muchos países por su gran trayectoria literaria. Fue el invitado de lujo en muchas galas y su entierro fue tan fastuoso como su vida, aunque solo unos pocos sabían que muchos años atrás, había sido bendecido con un gran tesoro: el Saco Mágico de Todas las Palabras Existentes, que pasaba de generación en generación a lo largo de los tiempos. Cada vez que el último poseedor desaparecía buscaban al nuevo dueño por toda la tierra. Tenía que ser el más afectuoso y sensible contador de cuentos, para que gracias al poder que le otorgaran y sus innatas virtudes, poblase la tierra con las más bellas historias e hiciera más llevadera la vida de todos los seres vivos.
Los Sabios hablaron, discutieron y rezaron al Señor de los Bosques para que les otorgara el poder de la sabiduría. Después de toda una noche de meditación, se colocaron en una de las cuevas que había en el bosque y entrelazaron sus brazos sobre los hombros haciendo un círculo en torno a una hoguera. Colocaron el saco al lado del fuego y se fundieron en un ritual de cantos e invocaciones. Sus voces subían de tono y sonaban todas al unísono. El crepitar de las llamas ascendía provocando un humo denso que se entremezclaba con la música de sus palabras, y les envolvía de una atmósfera fantástica. Después de un instante, una eternidad para muchos, el Saco Mágico desapareció. Y supieron entonces que su nuevo dueño había sido bendecido con el poder de contar por toda la tierra sus historias.
En los círculos más altos de los hombres ilustrados, era sabido del poder que se otorgaba cada cierto tiempo a uno de ellos. Pero a pesar de que muchos lo esperaban con manifiesta ansiedad, ninguno parecía ser el poseedor de semejante virtud. Nadie había experimentado un cambio en la forma de contar sus historias, por lo que comenzaron a impacientarse. Los sabios del bosque escucharon las quejas de los hombres virtuosos que, desconcertados, pensaban que algo había salido mal. Fue entonces cuando decidieron hacer una búsqueda por toda la tierra para encontrar a la persona poseedora del gran tesoro y las águilas que tenían a su cuidado desplegaron sus alas en busca de la fortuna perdida. Al cabo del tiempo le dieron la respuesta: el resplandor mágico del Saco iluminaba la hacienda humilde de un viejo labrador.

- Cómo ha podido llegar a las manos de un pobre hombre? - se preguntaron.
-¿Qué error tan grave hemos podido cometer?

-Seguramente nos equivocamos al hacer el hechizo -dijo el Sabio de la Noche confuso, mientras se alisaba su espesa barba blanca.

-Nunca ha habido errores -sentenció rápidamente el Gran Sabio del Bosque-. Es la ceremonia que se hace desde tiempos remotos; antes que nosotros la hicieron nuestros padres y antes los padres de nuestros padres y así durante siglos. Nunca hubo error.

El más joven de los iniciados se separó del grupo, se acercó lentamente a una de las águilas que había conocido al viejo labrador.
-Dime Kira, ¿cómo era ese hombre? -le preguntó con voz suave.

El animal le miró a los ojos, entreabrió el pico y le habló en el mismo tono.

-Es un labrador con el rostro ajado y las manos callosas. Viste ropa desgastada y cava la tierra sin parecer preocuparse de nada más. Su cuerpo está ligeramente encorvado a causa de todo el trabajo que lleva haciendo a diario durante muchos años. Vive en una casita humilde junto a su mujer que tiene el mismo aspecto que él. No tengo duda de que son gente humilde y poco letrada.

Todos se miraban preocupados sin saber que hacer hasta que el joven Sabio de la Luz dijo que él iría hasta el poblado donde vivía el labrador para conocer algo más sobre la historia de este hombre. Debían cerciorarse de que el curso tomado era el correcto y que ninguna persona sin conocimientos tuviese el poder que correspondía a los sabios.

Todos asintieron mientras hacía uno de sus conjuros para aparecer en el poblado vestido como un aldeano más. Se paseó por el mercado que desplegaban los campesinos en la plaza del pueblo y comenzó a hacer preguntas sobre el nuevo poseedor del Saco de las Palabras.
-¿Matías? -dijo una mujer esbozando una gran sonrisa-. Es un buen hombre… Recuerdo un día hace ya mucho tiempo llovió tanto que nuestras casas se inundaron y nos tuvimos que refugiar en el colegio. Los niños lloraban asustados y entonces él comenzó a explicar maravillosas historias. Los niños se olvidaron de la tormenta y los mayores nos quedamos ensimismados escuchándole. Fue una noche entrañable.

-Sí, usted habla de Matías -dijo otro aldeano comprendiendo a quien buscaba-. Todo el mundo le quiere, cuando antes del amanecer cogemos nuestros atillos y vamos caminando hacia el mercado, él nos hace mas corto el camino contándonos sus historias.

El sabio pasó así todo el día escuchando testimonios de sus vecinos, que más que un viejo labrador era para ellos un apreciado contador de cuentos.
Luego decidió visitar a Matías en su vieja casa porque quería ver que efecto había hecho sobre él el Saco Mágico de todas las Palabras. El campesino le recibió con mucho agrado y le ofreció una suculenta comida cocinada a base de verduras recolectadas de su huerto, le enseñó como araba la tierra y lo que esta producía y le explicó todos los caminos por los que pasaba contando sus historias a los niños y a todas las gentes que le quisieran escuchar. Cuando volvía a su casa se sentía feliz por haber visto sonrisas en los que le escuchaban y daba las gracias por aquel don y hacer dichosos a los demás.

Mientras le escuchaba el sabio se dio cuenta de que Matías había empezado a explicarle una de sus preciosas historias, las palabras se convertían en melodía en sus labios y transformó la pequeña cabaña en un castillo, su perro en el guardián de los secretos y a su vieja mujer en la princesa más bella y entrañable, mientras él fluía en lo etéreo con su voz que ya no sonaba cansada sino alerta y tenaz entre las imágenes que el joven Sabio de la Luz vislumbraba.

Le escuchó toda la noche, trepando acantilados rodeados de halcones, surcando mares embravecidos y volando en un cielo límpido con tímidas nubes que escogían la forma a placer, alegrando los ojos cansados y los oídos asustadizos. Hablaba con tal énfasis y felicidad al contar sus cuentos que el sabio se embargó de su alegría y de su tristeza, de su emoción y de cada gesto que la cara rejuvenecida del granjero le hacía llegar entre sus palabras.
El joven sabio salió de su casa al amanecer, centelleando a un sol mortecino que se abría paso en el mismo cielo moteado de nubes. Les contó a los otros Sabios con gesto de emoción que el Saco Mágico de todas las Palabras había ido a parar al más entrañable contador de cuentos de la tierra. Algunos no le creyeron, pero tuvieron que admitirlo cuando poco a poco todos los caminos del mundo se llenaron de historias fantásticas y sorprendentes que los padres contaban a sus hijos, junto al fuego de la chimenea, al anochecer.





-MÚSICA que se pudo escuchar durante el relato:
Enya - Evening Falls



jueves, junio 29, 2006

Eloy Alonso, Elena Pérez y Rebeca Rodríguez en el Rincón Literario de 3 De Nit.

Anoche Joana Pol y Sandra Llabrés tuvieron en la radio casas encantadas, heroicos corceles y besos traviesos gracias a los autores Eloy Alonso Sánchez, de Madrid, Elena Pérez, arqueóloga y escritora oriunda de Canarias, y Rebeca Rodríguez, también madrileña.

Eloy Alonso, con su relato NUESTRA NUEVA CASA, exhibió su gran imaginación y nos contó las ventajas de acudir de vez en cuando a algún buen taller literario.

Elena Pérez nos mostró su gran sensibilidad en un hiperbreve precioso y muy recomendable: EL CABALLO DEL ROHIR. Y por último Rebeca Rodríguez nos dio una lección de cómo escribir un relato sensual sin caer en la vulgaridad, con "¿DÓNDE ME LO DARÁS?"

Todo un desfile en IB3-Radio. Juzguen ustedes mismos...










- LEMA

“Escribir un cuento es saber guardar un secreto”

-BIOGRAFÍA

Mi nombre es Eloy Alonso. Nací en Madrid, aunque he tenido la suerte de no vivir mi infancia aquí, sino en una ciudad pequeña llena de verde, de chapas y de balones en la calle. Aunque escribir me encanta, todavía no tengo ninguna obra publicada en papel, no obstante, sí he cogido la “ mala “ costumbre de aturdir a mis amistades, con varios de los desaguisados que a veces se me pasan por la cabeza. En este sentido he colgado algunos relatos en el Foro de la escritora Joana Pol y uno en la página Yoescribo.com, titulado Noche Toledana, de los cuales me siento muy orgulloso.
Desgraciadamente para todos los que me conocen, he cogido el gusto a la afición de escribir, así que espero poder dar a luz muchos más relatos en el futuro (e incluso una novela, de la que ya tengo bastantes anotaciones hechas) Se que por mucho que se quejen, me leerán ¡porque en el fondo les encanta!

-MANIFIESTO DEL AUTOR.

La primera lectura fantástica que me atrapó fue un pequeño cuento de dinosaurios para niños en el que se decía de ellos que “eran tan altos que llegaban a las nubes”
Luego, a partir de los ocho años, me zambullí en el mundo de los superhéroes y me imaginé mil misiones de papel a su lado, y, de más mayor, seguí devorando todas las historias fantásticas que caían en mis manos: comics, libros, películas, etc, etc. Hasta que, en mi afán de viajar a mundos fantásticos, me convertí en un jugador de rol y disfruté como un niño modelando coloristas aventuras para que otros las disfrutaran. En aquella época siempre estaba inventando cosas nuevas que nos sirvieran de guía por esos mundos nuestros que tanto nos divertían.
Fueron buenos tiempos, llenos de risas y de magia, pero para aquel entonces yo ya tenía dentro un pequeño diablillo que me obligaba a crear cada vez más lugares, más acciones, más personajes, y yo, harto de su insistencia y de sus gritos de Energúmeno, decidí hacerle caso y pasar de oyente a contador de historias.
En toda mi andadura me han acompañado muchos maestros: Tolkien, Poe, Jose Luis Sanpedro, Antonio Mauro de Vasconcelhos, Carmen Martín Gaite, Jack Vance, Fredric Brown, Úrsula K. Leguin, Homero, Cortazar, Isabel Allende…

Ahora estoy en un momento de mi vida en el que me apetece escribir, contar esas historias que uno sueña con leer en los libros de otros, pero que nunca aparecen, porque solo le importan a uno, y como se que debo empezar desde el principio, estoy aprendiendo, fijándome en todos los que saben más, y caminando despacito junto a ellos.
Para mí escribir es calentarse lleno de ideas por dentro como una olla a presión y luego vomitarlas en la mesa convertidas en cristales de colores y, más tarde aún, ordenar esas ideas como para hacer un calidoscopio secreto que luego necesitas gritar al mundo.

Seguiré trabajando en mi cocina.



RELATO:

NUESTRA NUEVA CASA.


Tras muchos meses de espera, el día 18 Marzo fue cuando al fin pudimos entrar en nuestra nueva casa. Faltaba poco para las seis de la tarde, pero el cielo ya empezaba a oscurecerse. Claudia y yo estábamos frente a la puerta principal. Ella giró la llave en la cerradura con cuidado pero antes de que abriera detuve su mano.
-¿Seguro que quieres entrar hoy? Podemos ahorrar unos meses más y así contratamos a un exorcista- le dije con voz agrietada.
-No te preocupes cariño, los de la inmobiliaria dijeron que la casa era inofensiva, además yo me muero de ganas de vivir contigo- me echó una de sus miradas profundas mientras empujaba la pesada puerta hacia dentro con la punta del pié.
Yo seguía en la calle, con las manos en los bolsillos y los hombros encogidos.
- Anda, no te lo pienses tanto y pasa de una vez, me dijo desde el umbral. Entré en la casa despacio, aparentando calma, aunque en realidad mi corazón parecía una manada de caballos salvajes cruzando un río.
Ante nosotros se había abierto un espacioso zaguán cuyo suelo de madera crujía un poco al pisarlo y más allá, se veía un pasillo rodeado de habitaciones. Yo ya sabía que había cuatro en total y que después el pasillo se torcía para morir en un amplio jardín. Claudia avanzó por el vestíbulo con pasos muy cortos y suaves, como quien estrena unos zapatos. Se detuvo un momento y me miró de soslayo antes de internarse en el corredor. Se la veía exultante. Quise seguirla, compartir el gran momento con ella, pero se me agarrotaron las piernas y me quedé tan quieto como un muerto.
Todo empezó el día que vimos aquel anuncio en el periódico:
“La Casa Telúrica de su vida”
¿Harto de que le ofrezcan la Lámpara de Aladíno y encontrar molestos Poltergeist? ¡Consiga una Mansión Encantada de tipo tres, con todo el equipamiento para hacerla inolvidable. No necesario Exorcismo ¡Llámenos! “
Y el precio ¡una verdadera ganga! nada que yo no pudiera conseguir en el Callejón de los Magos, o en los Campos Azules con un poco de paciencia.
-¡Mira que cocina cariño!- La voz de Claudia sonaba a lo lejos.



Yo ya me la imaginaba comprobando las calidades de paredes y suelos con la minuciosidad de un detective. Ella quería que estuviese a su lado, pero ¿cómo contarle? ¿cómo decirle que yo ya había estado en esa casa muchas noches, pero no para vivir en ella, sino para morir asfixiado allí? ¿Que desde hacía semanas, yo moría un poco cada vez que me despertaba entre sudores recordando mis pesadillas? Pero ya no había vuelta atrás. La casa era nuestra y Claudia estaba tomando posesión de ella. Me estiré de golpe y comencé a andar. Crucé el recibidor con pasos quebradizos, casi de puntillas, pero en vez de ir a la cocina, me paré frente a la primera habitación del pasillo, la más cercana a la salida. Claudia aún no había abierto la antigua puerta de madera, pero por debajo asomaba una saeta de luz anaranjada. Inspiré profundamente y empujé el pomo frío con la mano temblorosa. Me pareció que me respondía con un gruñido, como de fiera al acecho. Dentro me esperaba el Gran Salón.
Un olor como de madera recién cortada me subió por la nariz mientras mis ojos se posaban en los muebles: A mi izquierda se extendía una gran mesa ovalada de madera de Boj con las sillas dispuestas para recibir una docena de invitados. Frente a ella había un enorme sillón de cuero, negro y macizo como un oso. Y tras él, se alzaba una majestuosa chimenea que parecía tener cien años. En su interior, un par de carbones encendidos salpicaban de luz toda la estancia.
No quería pisar las tablas del suelo, tenía miedo de que se me tragaran, como en mi sueño. Sin embargo, algo en la habitación tiró de mí hacia adentro y me sorprendí caminando hacia la vieja chimenea, con paso vacilante primero, y luego un poco más deprisa hasta que me paré frente a ella. Su revestimiento era de mármol blanco pulido y se combaba en un arco por encima de las paredes de ladrillo refractario del interior. Sentí mis manos frías y las acerqué a los agonizantes rescoldos. En ese momento se produjo un tremendo chisporroteo y una gran lengua de fuego brotó del fondo de la chimenea envolviéndome con sus garras. La habitación se desdibujó en una espiral carmesí. Abrí los ojos. Estaba en un lugar oscuro y apenas podía respirar. Noté un agudo calor que me subía desde la ingle. Isabel me besaba con pasión, apretándose contra mí. Alrededor retumbaba la música de la discoteca y por todas partes se veían copas alzadas y caras sonrientes. Era nuestra fiesta de fin de carrera y todo estaba permitido. La acababa de conocer, pero ya estaba pensando en dónde perderme con ella, eso si lograba mantenerme en pie, claro. Recuerdo que aquella noche también estuve con su prima, y al día siguiente no paré de beber agua. Entonces ese tipo de parrandas eran habituales.
Cuatro años después, conocí a Claudia y me enamoré de su voz de hada, de sus labios de caramelo y de sus besos y ya no imaginé más noches sin ella. Ahora íbamos a vivir juntos y comparado con esa aventura, las juergas de antaño me parecían gastadas y descoloridas.
Mi mente volvió a la habitación. Sentí el agradable calor de la chimenea en mis brazos y di la vuelta al gran sillón para encararlo con el fuego. Al sentarme, me pareció que me recogía en un cálido abrazo, como de amigo recién encontrado, y un suave cosquilleo me recorrió toda la espalda. Desde allí, la ventana enmarcaba una noche llena de estrellas, y una de ellas, juguetona, se perdió de las demás volando hacia tierra. Hice un cuenco con las manos, como para recoger su brillo. A mi espalda sonó un tintineo y un segundo después unas manos me desordenaron el pelo.
-La gente normal suele pedir un deseo cuando ve una de esas- . Una sonrisa soplaba en la voz de Claudia como aire de mar. Enseguida la tuve sentada en mis rodillas.
-Quería cogerla para ti, mi vida-.Estaba empezando a perderme en esos ojos como cuando la besé por primera vez. Ella me sonrió con picardía.
- Pues mientras tú te hacías el remolón por ahí, yo he investigado por mi cuenta y te he preparado la cena. No me ha costado mucho. Fue pensar en el menú y aparecieron los ingredientes sobre la mesa ¡tenemos hasta Curry y Bergamota! Eso si ¡te toca fregar!
Su beso empujó mi frente y me puse a reír. Ella quería que yo estuviera lo más cómodo posible y ahora sabía que la casa también. Miré a nuestra chimenea. Una chispa dorada retozó un momento entre los carbones antes de desaparecer como un animalillo en el agua. Aquella iba a ser la primera noche en nuestra nueva casa.




HIPERBREVES DE HOY

ELENA PÉREZ.
El caballo del Rohir





A la misma hora, otro día más, salió galopando a través del bosque. Tras de sí dejaba una nube difusa por el aliento que expiraba por su boca, y los latidos de su corazón, agitados y tristes, se oían por todos los rincones del espeso follaje de Fangorn. Con el último suspiro del día regresó. La luna había aparecido por encima de las copas de los árboles: inmensa, redonda y blanca. Aquella noche, al llegar al establo, se desplomó sobre la paja recién mullida por todos los que sabían y admiraban su fortaleza. Entre sueños, le pareció oír:
-¡Ha aparecido! ¡Ha aparecido!
Giró con dificultad su cabeza hacia la puerta y allí, entre los claroscuros que formaban los candiles de la caballeriza, estaba él, aquél que lo había criado y amado durante toda su vida. Y sintió, por última vez, las manos acariciando sus crines, las manos del más noble jinete de Rohan.

REBECA RODRÍGUEZ RODRIGUEZ

¿Dónde me lo darás?




No era sólo deseo lo que rondaba en aquella habitación, cubierta por una suave luz que desprendía el sencillo flexo del escritorio; sino también la curiosidad por lo desconocido para alguien que jamás había tocado los labios de un hombre. Al menos, no con seriedad. Su escasa experiencia le servía como barrera y la hacía sentirse torpe; pero esta vez le tocaba a ella dar el beso. Tener a un hombre con mucha experiencia no ponía las cosas fáciles y más aún sabiendo que él esperaba esa caricia. Las miradas de deseo competían entre ambos mientras ella reunía valor suficiente para decidir donde posar sus labios. El juego era el siguiente: Cada noche, cuando hablaban y se despedían, se daban un beso en un lugar diferente. La gracia consistía en la imaginación y el juego de seducción de cada uno al darlo. Él ya se lo había dado, dejando el nivel muy alto. ¿Lo superaría ella? Con nervios en el estómago, apoyó la mano en el brazo de su amigo y lo atrajo suavemente hacia ella. Soportó la mirada penetrante de su compañero, sin ceder a la tentación que su cuerpo le entregaba y se acercó lentamente a su cuello, dispuesta a realizar su cometido. En el último momento decidió cambiar el rumbo de sus labios y para sorpresa de su amigo, los paró a escasos milímetros de los suyos. Sintió la calidez de su aliento sobre su rostro, apetecible, y supuso que él sentía también el suyo. Con aire provocativo, pero sin perder su inocencia, abrió poco a poco sus labios, preparándose para el gran momento; no dejaba de mirar el rostro de su amigo para no perder el gesto de deseo hacia sus labios, que no había dejado de mirar un solo momento. Un aura de travesura rodeó su corazón al reparar en el anhelo de su amigo, y con una sonrisa pícara, dueña de constantes travesuras, elevó sus labios un par de centímetros y los posó dulcemente en la punta de su nariz.

-Te toca –susurró, manteniendo esa sonrisa juguetona que disfrutaba viendo como él fingía quejarse de haber sido vilmente engañado.

jueves, junio 22, 2006

Jordi Pijoan y Laura López en IB3-Radio

Esta semana, Sandra Llabrés y la escritora mallorquina Joana Pol estuvieron acompañadas en EL RINCÓN LITERARIO DE 3 DE NIT por el flamante ganador del concurso de Joescric Jordi Pijoan y por la escritora madrileña Laura López, de Madrid. Aquí tenéis un extracto del programa.


Lema:

Una imatge és millor que mil paraules, llavors mil i una paraules ja són millor que una imatge. Hi ha un moment en què la paraula guanya.

Biografia Jordi Pijoan-López:

Tortosí d’arrels des del 1970 i barceloní empeltat des del 1991 fins l’actualitat. És arqueòleg de professió i administratiu per obligació. Es dedica a escriure en el silenci i la intimitat des de si fa no fa els vint anys, amb certa i irregular assiduïtat. Un atur forçós i una filla a qui nodrir l’animaren, o més ben dit el comminaren a perdre la vergonya d’allò que escrivia i presentar la seva narració “Psicofonia per a principiants” al I Concurs Literari d’Humor Negre (convocat per Humoralia, La Paeria i la UdL). Va quedar finalista, categoria que no donava ni cinc duros de calaix, però que comportava la publicació de l’obra. La podeu trobar en l’original català per la UdL i en traducció al castellà per Editorial Milenio. L’èxit relatiu d’aquest primer intent l’anima a presentar-me a més certàmens d’aquesta mena, trobant el cim de l’èxit (eternament fugisser fins llavors) en el III Concurs de Conte que convocà el portal d’internet joescric.com amb el conte “Una combinació prohibida”, publicat en un volum junt amb dues obres més: “Eutanasia’m!” i “Mater”. Poca cosa més a dir, més que, de moment, continua escrivint.


Manifest:

Per què escric? Típica pregunta a la qual l’única resposta immediata que se t’acut és “perquè em ve de gust”. Però convinguem que la resposta és pobra a les possibles expectatives del preguntador. Llavors només se t’acut recórrer a tòpics, però el públic no es mama el dit i et veurà el llautó. Després pensés que podries plantejar-ho en sentit negatiu: “I si no escrivís com em sentiria?”. Malament!: n’estic segur, però no sé per què, doncs val a dir que tampoc perillaria la meva supervivència immediata. Ans al contrari, hom pot comprovar en el dia a dia que la major part de gent no escriu i va fent sense gaires problemes. Encara més, hom pot comprovar que es pot ser l’inútil analfabèstia més gran i arribar a ser president de... bé!, centrem-nos en el tema. Llavors, per què escric?, si fins i tot, segons qui pot considerar que escriure es perdre el temps, si no és que ho facis per guanyar-te les garrofes.
Sincerament, no sé per què escric si és que escric per o per a quelcom. Més aviat crec que escriure és una cosa que em vaig trobar. De nen jo ja ho era una mica cabòries i podia arribar a preferir estar sol concentrat en les meves fantasies que jugant. També em retroalimentava aquest món interior llegint còmics, contes i amb el cinema –aquella literatura mastegada en imatges–. Després vaig anar complicant les lectures i vaig tenir la sort de tenir a un tal Manel com a professor de literatura catalana, senyor que em va demostrar que hom, si ho desitjava, podia escriure sense caler prèviament anomenar-se Ramon Llull, Cervantes o Shakespeare. En definitiva, em va ensenyar que l’escriure no et ve per ciència infusa.
Ja per mi sol, vaig comprovar que escrivint em divertia i, sobretot, em desfogava; ho vaig comprovar si fa no fa per les mateixes alçades de la vida que me’n vaig assabentar que a Aristòtil també el desfogava escriure i vaig pensar: “guaita quina coincidència!”.
Concloent!, se m’acaba l’espai per a aquest manifest i respecte a la pregunta primera no n’he tret l’aigua clara. Millor així, segur que continuaré escrivint per trobar la resposta... o potser no.


Conte hiperbreu:

Petit apocalipsi a l’illa d’en Robinson

En Robinson contempla l’horitzó d’aigua una vegada més, en l’ambigu límit que l’oceà i la terra ferma es disputen alternativament, amb els peus rebent les reparadores onades que eviten se li socarrin amb la sorra, més que fornejada pel Sol tropical.
L’eterna esperança de poder atalaiar un vaixell que se’ls endugui d’aquest racó de món no s’ha esvaït mai de mai. Aulla tan lluny com pot, emprant la mà dreta de visera per no enlluernar-se amb el Sol tòrrid que domina el firmament, estirant l’esquena tant com pot, quasi fent puntetes per guanyar uns centímetres, per pocs que siguin, i així tenir millor perspectiva.
Encantat en aquesta labor, sent sorpresivament com un objecte que duen les ones topa contra el seu peu. Acotxa el cap sense tenir idea de què es pot tractar: “una ampolla... i té un missatge dintre!?” observa sorprès, i també un xic indignat per aquest particular gir en el guió: “hauria de ser jo qui enviés missatges perquè em rescatessin!!”. Tanmateix, i com és obvi no pot estar-s’hi de voler saber quin és el contingut del missatge. Curosament, extreu el rotllet de paper relligat amb un fil de cosir i llença l’ampolla al contenidor del vidre. Obri el missatge, gens corromput per la humitat marina i, en font arial mida 48, imprès amb una hewlett packard/deskjet 600, pot llegir un missatge que, per a la seva major sorpresa, li està dirigit personalment: “Robinson!!! Ni de lluny et creguis que et vindrem a rescatar de la teva illa: el món s’acaba!!!! Signa: Protecció Civil”.
Per uns segons a en Robinson li venen ganes de plorar, però a aquestes alçades ho considera un dispendi d’energia inútil. I, ans al contrari, decideix actuar:
- Divendres!!!! Vine!! On ets!? Vine!!! –crida vers l’interior de l’illa.
En qüestió de segons, un negre molt ben plantat apareix corrents des de l’atapeïda línia de selva, en el límit de la platja, per plantar-se al seu davant. I quasi en postura de firmes i encara amb l’alè accelerat demana:
- Què es requereix, Mister Robinson? –deferentment, per no dir servil.
- Primer que res, d’ara en endavant tracta’m de “tu”; crec que t’has guanyat la meva confiança.
- Com vostè... Com vulguis, nano! –cofoi exclama en Divendres per tant reconeixement exprés–. Alguna cosa més?
En Robinson, sense paraules i amb gest compungit, li posa al davant el missatge de l’ampolla. Divendres se’l mira:
- Què malparits! I això són excuses per desar-nos aquí penjats!?! –exclama el noi extremadament enervat.
- Veig que no copses quin és el quid de la qüestió...
En Divendres perfila un evident gest de circumstàncies. Sincerament contesta:
- Doncs la veritat, Robi, és que no sé on vols anar a parar.
- Has sentit què és allò que recomana la saviesa popular per la Fi del Món?
- Doncs ara no hi caic...
- Divendres!: jo t’estimo!!! –exclama en Robinson mentre es llença apassionadament sobre en Divendres per atrapar-lo entre els seus braços, frisosos pel contacte amb el seu estimat.
En Divendres no té el temps suficient per respondre-li “jo també!” com desitjava, doncs les seves dues boques s’entortolliguen en un bes apassionat. És l’inici d’una gran història d’amor.


Hiprebreve de la setmana

Laura López:

¡CUIDADO! BARDOS TRABAJANDO.


-No deberíamos haberle dado ninguna oportunidad...- Farfulló el Bardo Mayor- Toca de pena-
-Solo ha fallado en una nota- Se quejó su ayudante.
-¿Ves? Hasta tú, que estabas distraído, te has dado cuenta de que no tiene talento-
-Hombre, una lavadora sin brazos y que en vez de tocar, centrífuga el violín... que consiga interpretar el bolero de Rabel, equivocándose en una sola nota, tiene mucho merito-
-Siempre llevándome la contraria- Sentenció el Bardo Mayor, quitándole uno de los pañuelos de papel, que el ayudante había robado en sus reuniones papirofléxicos anónimos- ¡Todos me odiáis!

Y sin añadir nada más, corrió hacia su cuarto llorando estruendosamente. Sin duda alguna, era merecedor de llamarse Bardo Mayor, que gran actor. Aunque luego se volvió y le sacó la lengua con descaro... había que reconocer, que en eso de escurrir el bulto, el Bardo Mayor también tenía mucho arte.

El ayudante suspiró al ver la enorme cola de candidatos a entrar en el Gremio de Juglares. El año con más aspirantes... tres en total, contando con el violinista.
Y encima, el Bardo Mayor se había marchado dejándole solo... ahora que ya sabía en donde fallaban sus ranas de papel.

-Eh...- Intentó decirle a la lavadora, que mientras hacia el programa de prendas delicadas, esperaba expectante- Estás fuera, aquí no aceptamos a la gente que falla en el bolero de Rabel

Miró de nuevo a la cola. Había uno de esos tipos con chistera que hacían cosas raras con conejos y que cantaba opera. Y por último, un grupo de enanos, que habían convertido sus hachas en guitarras eléctricas y cantaban, con voces guturales, himnos al oro... el quinto grupo de aventureros, que intentaba colarse en el Gremio para robarles usando esa estrategia

- ¡Y los demás también, por no haber animado a vuestro compañero! ¡Estáis todos fuera!

Todos bufaron enfadados y se alejaron rabiando y mascullando maldiciones, clamando venganza

- A ver si ahora acabo la dichosa rana...

jueves, junio 15, 2006

Joana Pol y Sandra Llabrés nos presentan "LA MADRUGADA DEL GALLO", de Samuel Muriano.




La madrugada del gallo, Samuel Muriano



En el programa de EL RINCÓN LITERARIO DE 3 DE NIT de anoche, madrugada del miércoles al jueves 15 de Junio de 2006, Sandra Llabrés y Joana Pol entrevistaron en directo al jovencísimo escritor malagueño Samuel Muriano, quien nos presentó su novela LA MADRUGADA DEL GALLO, a la que está dando los últimos toques con vistas a su publicación.
Desde la radio Sandra y Joana mandaron cariñosos saludos al pueblo de Cártama y en especial a la Concejala del Área de Cultura, Rosa María Porras Gálvez, quien según nos consta siguió el programa a través de internet junto con varios conciudadanos del joven Muriano, promovidos todos ellos por el evento radiofónico. Una vez más, las ondas y las nuevas tecnologías unen a gente de distintas lenguas allende el mar. Simplemente, magia.

Esta noche (y esa madrugada) era muy especial para Samuel y sabíamos que estaba reunido con un grupo de estudio que, tras haber estado preparándose para la "terrible" selectividad, estaba escuchando el programa. Así, pues, besos desde Mallorca también para Adrián, Esperanza, Inma, Andrés...
LEMA DEL AUTOR:
“Yo soy yo y mi circunstancia y si no la domino a ella no me salvo yo””, Ortega y Gasset

BIOGRAFÍA Y MANIFIESTO:


Samuel Muriano nació en Cártama, un hermoso pueblo de Málaga que sigue creciendo.
Su atracción a la literatura comenzó con la poesía desde pequeño y continúo, con trece años, en un taller literario en el que descubrió diversos poetas españoles.
La idea de contar sucesos y llegar al lector de un modo más cercano le hizo escribir relatos, ganando el año pasado un premio local con la historia “Max”.
Escribió a finales del 2005 una novela corta, “La caja de Pandora”, definida por algunos críticos como minimalista y cercana al género cinematográfico.
Ahora se ve enfrascado en una segunda obra, “La madruga del gallo”. Aunque lo que más le gusta es la poesía y ha seleccionado más de 5.000 versos bajo el título “Ese gigante olvidado”. Este libro trata de distintas temáticas como el amor, la soledad, el odio, el capitalismo, además de un conjunto de textos líricos a las mujeres maltratadas.
Debido a la dificultad de publicar en papel impreso por las editoriales, se conforma con compartir sus palabras a través de esa gran ventana que es internet hasta que haga realidad su sueño, ser leído como un autor reconocido.

De sus escritores favoritos destaca a: Bécquer, Lorca, Antonio Machado, Ortega y Gasset, Antonio Skármeta y Edgar Allan Poe.

LECTURA


Primer capítulo de la novela:“La madruga del gallo”

La mañana del gallo

La madrugada trajo consigo un ser maligno que se ocultaba entre la maleza del camino que conducía a Villa Calpes. Los habitantes de la región no se imaginaban la crueldad que les acechaba: dormían y tenían felices sueños que se verían truncados cuando una extraña niebla ocultó el pueblo y lo hizo desaparecer.

A mitad de aquella noche los gallos cantaron al unísono produciendo una canción infernal, y mientras los ciudadanos se levantaban con un sobresalto, una sombra atravesaba las rejillas de las puertas hasta llegar a los pies de sus camas, como humo, y ascendía hacia los rostros de los que, desconcertados por el susto, intentaban con aspavientos apartar la bruma que inevitablemente se introducía por sus narices.
Por la mañana el joven Alfredo se desperezó y salió del cobijo de paja del granero donde tuvo un descanso confortable de la intemperie y fue andando hasta el bebedero de los caballos. Allí se lavó la cara y las manos como de costumbre; se fue al gallinero para coger los huevos que tomaba en el desayuno, pero antes de llegar a la puertecilla del corral se atemorizó al ver el suelo cubierto de sangre, y unos metros más allá el gallo decapitado.
Como era sordomudo de nacimiento no gritó, ni pidió auxilio llamando a los dueños de la finca. Se limitó a correr frenéticamente al caserón de los Monteros. Una vez allí buscó por todas las habitaciones y no encontró a nadie, ni siquiera a Roberta, la vieja ama de llaves que no salía de la casa, siempre servicial a la familia. Muy asustado, el chico decidió ir hasta la vivienda de los Castelar, pero tras un largo recorrido se llevó la misma sorpresa; la puerta principal abierta y ningún alma en ella.

Cuando logró serenarse ante las misteriosas desapariciones, decidió coger uno de los caballos del señor Castelar; la bestia, enloquecida, no se dejaba montar, pero Alfredo se había criado entre el ganado y logró hacerse con ella.

Al trato basto del caballo, a las órdenes dirigidas con el tacón de sus botas de montaña y a las palmadas que le daba para indicarle, el muchacho pudo recorrer las distintas haciendas que se repartían en la extensa llanura del valle. Formaban un conglomerado apartado del linde vertiginoso de cerros que lo rodeaba . En el cortijo de “El Tuerto” todas las gallinas tenían el cuello retorcido y como en el gallinero de los Montero, la tierra humedecida por el color rojo del gallo seccionado.

No tenía ninguna explicación para lo que había ocurrido, se encontraba en un estado de confusión que le obstruía el pensamiento; cuando intentó recordar qué hizo la noche anterior antes de ir a dormir al granero se asustó, porque no lo recordaba. Más aún, había olvidado su vida anterior a la mañana del gallo.

Tenía leves reminiscencia de los lugares y sus personajes, como Roberta, pero no lograba algún recuerdo con ella, ni podía situarse en una escena haciendo algún acto. Sabía que muy temprano desayunaba huevos y que solía dormir entre la paja del ganado y los sacos. Reconocía los terrenos, sabía donde conducían los caminos que se cruzaba mientras trotaba sobre el semental, pero no le servía para saber quién era. Con la pesadumbre que crecía en él a cada instante se abrazó al cuello de la bestia desconsolado, perdiendo el conocimiento a medida que la somnolencia del caluroso agosto le debilitaba los miembros y le resecaba la garganta.

Cuando volvió en sí tenía tanta sed que se dirigió al pozo de donde sacaba el agua para los animales. Tras beber y refrescarse se sobrecogió de encontrarse de nuevo en la finca de los Monteros. Se aterró tanto que empezó a saltar y revolcarse como si se tratara de un loco, tirándose de los pelos y hundiendo los dedos en la tierra.

Abrumado por la locura se quedó dormido, y al despertarse apareció una vez más en el granero, rodeado de paja y de los mismos sacos viejos. Se dejó llevar por el desconcierto y comenzó como antes a patalear y agarrar a puñados la paja desperdigándola de aquí para allá. Al percatarse de que estaba herido en las manos detuvo su frenesí.

Con más calma, aunque mucho más aterrado que la primera vez que se levantó, decidió volver a montar sobre un caballo y buscar el modo de salir de la pesadilla.
El animal no se mostró reacio como el otro, se dejo montar y hasta pudo ponerle el apero, lo que le facilitó la comodidad del viaje. No sabía exactamente donde ir, pero intuía que sería lo más lejos posible de Villa Calpes y eso eran muchos kilómetros de trote.

jueves, junio 08, 2006

Antonio Jesús Criado Pedrosa



En el programa de radio EL RACÓ LITERARI DE 3 DENIT, de IB3-RADIO, que se emite todos los miércoles por la noche, esta semana Sandra Llabrés y Joana Pol entrevistaron al joven autor cordobés Antonio Jesús Criado Pedrosa. Este es un extracto del programa:




LEMA DEL AUTOR

“Un día soñé que quería seguir soñando”.

BIOGRAFIA Y MANIFIESTO

Me llamo Antonio Jesús Criado Pedrosa, natural de Montilla, en la provincia andaluza de Córdoba. Tengo diecinueve primaveras. Descubrí la escritura de niño, cuando realicé un prototipo bastante cutre de guión con la finalidad de grabar un teatro. El proyecto no salió adelante, pero desde ese momento la escritura me acompañó irregularmente. Durante el resto de mi infancia me dediqué al cómic – pues dibujar es otra de mis aficiones —, alternándolo siempre con pequeñas historias que deseaba plasmar en una película casera. He de decir que aún no he conseguido realizar mi primer filme, pero soy optimista. Mi padre, por aquel entonces, advirtió esa afición mía por la palabra. Le pareció extraña, o quizás prematura. Me dijo una frase que nunca olvidaré: “todos los grandes escritores han sido buenos lectores”. Así me enfrenté a mi mayor quimera, los libros. No hallaba en los estantes de mi casa ninguno que me atrajera más que por el dibujo de la portada, hasta que mi padre apareció con El hobbit, preámbulo del Señor de los Anillo, de Tolkien. A partir de ese momento inicié mi etapa de lector, pero lo más curioso es que cuando soltaba el libro, tomaba papel y lápiz y escribía como un poseso. Así transcurrieron unos cuantos años, con mi cabeza deambulando entre los seres oníricos de la tierra media. Garabateé muchas páginas con historias de un mundo inventado, pero finalmente abandoné la empresa, demasiado complicada para un chaval de catorce años. Mi gusto por el cine volvió a imponerse sobre la literatura, aparté de mi escritorio los libros y coloqué de nuevo papel en blanco para realizar un guión. Otro fracaso. En aquella época tuve el honor de atender a las explicaciones de magníficos profesores que hacían las clases de historia y literatura un vergel de diversión. Las otras asignaturas me aburrían, no por dejadez de los profesores – que Dios los guarde por soportar a este holgazán –, sino por mi cabeza empedrada de quimeras, que no sacaba mis cavilaciones de la mitología o los poetas románticos. El instituto me deparó un año de sequedad mental increíble. No hice nada de nada en el campo de las letras, pero cayó en mis manos la saga de El Capitán Alatriste, de Pérez Reverte. Después de leerlo se selló una marca en mi cabeza, una cantinela repetitiva que aún hoy reza: tienes que ser escritor. En el último curso de bachillerato, asfixiado de exámenes y notas regulares, una profesora de literatura ofreció un punto adicional en la asignatura si nos presentábamos a un concurso de poesía. Gané el certamen y entonces puse manos a la obra definitivamente. Me presenté a un concurso local con mi primer relato concluso, El último loco que parió la Mancha, una historia burlesca sobre nuestro amadísimo Quijote. De esta etapa resultó también la obra que se va a leer hoy, Extraño amor de autobús. No gané nada, supongo que influyó mucho mi currículo inmaculado de tinta. Cuando acaricié la primera página de Cien Años de Soledad entendí que me perdía para siempre en el mundo de la literatura. Influido por esta obra de arte di alas al escrito del que estoy más orgulloso: Pueblecito.

No sé qué me incita a escribir, quizá la jauría de fantasmas que vagan por mi cabeza en las noches de inspiración, o el desasosiego de los malos momentos, o la esperanza. Resulta difícil determinarlo. A veces, cuando veo a mi madre emocionarse ante un escrito mío, pienso que este es el motivo, que otros disfruten de algo que yo creo con cariño. ¡Ay mi madre! Ella es mi seguidora número uno, se aprende de memoria todo lo que escribo, y lo lee a sus amigos y conocidos. Mi padre me estudia un poco más crítico, y cuando percibo una sonrisa de aprobación me siento satisfecho. A mi pareja le debo la más absoluta sinceridad, y el más sincero apoyo. Supongo que gracias a ellos me mantengo aferrado a la palabra, aunque no debo olvidar a todos los que me incitan a escribir día a día, desde mis abuelos hasta mis amigos. A todos, gracias.

Ahora estudio Comunicación Audiovisual en Málaga, haber si así consigo terminar un corto, aunque mi sueño reside, creo que desde siempre, en la literatura.






LECTURA



Extraño amor de autobús

Nada en aquella luminosa mañana se me antojaba diferente. Llegué a la parada del autobús a la misma hora de siempre, con el mismo ánimo y con idénticas ojeras. Una suave brisa acariciaba mi piel cuando escuché el bronco sonido del vehículo público. A mi lado tres chicas de aspecto estudiantil se prepararon para subir. Las imité con evidente rutina, aquellas muchachas eran compañeras mías; sin embargo, jamás había cruzado palabra alguna con ellas. Entré en el autobús con cierto nerviosismo, algo habitual en las personas inseguras como yo, pasé la tarjeta por el escáner y avancé hasta un lugar que me pareció agradable, sobretodo porque nadie aún ocupaba dicho espacio.
El conductor inició con brusquedad el trayecto lo que me hizo trastabillar. Para desgracia mía las tres compañeras de clase carcajeaban desde sus asientos. Intenté desviar la mirada y la atención para evitar el enrojecimiento de las mejillas. Recuerdo que en ese instante cavilé sobre el origen del atolondramiento que me torturaba. En mitad de la reflexión el autobús frenó. De nuevo la pérfida inercia intentó derribarme y otra vez rieron las tres muchachas. Cerca estuve de bajar en aquella parada tal era la vergüenza que notaba fluir por las venas. Las puertas del autobús se abrieron quejándose con un desagradable chirrido. Una muchacha entró de un brinco en el vehículo apartando de mi cabeza la idea de apearme de él.
Jamás mis ojos gozaron de tal cantidad de belleza acumulada bajo la misma forma. Tenía una negra melena que le caía desordenada sobre los hombros, los ojos eran azules como el más raso de los cielos, la tez pálida, los labios rojos y gruesos. Su cuerpo se perdía debajo de las anchas vestimentas; pero mi imaginación acelerada idealizó las formas de la muchacha. Noté como las mejillas se me arrebolaban desatendiendo las órdenes que la razón dictaba. Quise pensar que aquella belleza pudiera ser mi primer amor, la primera mujer que me diera el cariño que tanto necesitaba. El autobús reanudó la marcha con el gutural quejido del motor y la muchacha buscó un hueco entre las insidiosas miradas de los pasajeros. Supongo que el aspecto desaliñado de las ropas que tan dignamente vestía despertaba desconfianza entre el pasaje. Cuando la chica se arrimaba a alguien buscando asiento o una fría barra donde sujetarse, todo el mundo apartaba la vista y retrocedía con escaso disimulo. Entonces la chica clavó sus ojos en los míos, sentí como me asaetaba con la mirada. Una fuerte oleada de calor golpeó mi cuerpo y advertí que las manos temblaban desvergonzadamente. Esa mujer angelical que vagaba por el mundo abrigada por harapos había decidido compartir el trayecto del autobús conmigo, un chaval inexistente para el sexo femenino. No recuerdo exactamente que dijo ni que balbuceé yo, únicamente puedo asegurar que detuvo su vagar apoyándose en mí. Por reflejos salté hacia atrás como un niño asustadizo que no alcanza a comprender qué ocurre. Sin embargo, por fuerza de algún embrujo necesité cobijarla. Los ojos se le habían humedecido y aún se me antojaba más bella. Quise imaginar que la muchacha necesitaba un abrazo. Anduvo el corto trecho hasta encontrarse con mi cuerpo, apoyó la cabeza en mi pecho y rodeó con los delgados brazos mi figura. Todo mi ser quedó en paz, nadie más que yo requería aquel afecto. Ya no escuché nada, ni siquiera importaba en ese instante si las tres compañeras reían. Fundido en el extraño abrazo, absorto solo en cavilaciones típicas de un enamorado, noté decepcionado como el autobús frenaba. En realidad mi mente, poblada de ideas ilusorias, no advirtió que quizá en ese momento acababa el periplo amoroso, quizá mi mente, mi pobre mente, imaginaba un viaje eterno donde nuestros cuerpos no tuvieran que separarse. El hecho es que el autobús frenó secamente y mi amada abandonó mis brazos. Mostraba los ojos inundados de lágrimas. Lloraba mucho. Creo que dijo que aquella era su parada, no lo recuerdo. Mientras se alejaba miré hacia las tres compañeras. Estaban calladas, el resto de los pasajeros también. Todos miraban con idénticos gestos. Algunos negaban con la cabeza para sí mismos. La muchacha salió. Yo no entendía nada, permanecía pasmado ante la inquisitiva mirada de aquel extraño público. Aturdido por tanta expectación caminé hasta el final del transporte y observé a mi amada que permanecía inmóvil en la acera. Ella ya aguardaba desde su posición con el gesto torcido y las lágrimas cayendo lánguidamente mejillas abajo. Un niño que vestía ropas harapientas se le acercó corriendo. Desolado ofrecí un último saludo a la muchacha y ella mostró su mano diestra en la que, casualmente, portaba mi cartera. Quise morir en ese mismo instante; sin embargo, no hice nada, continué mirando a la amada y leí en sus labios un “lo siento”, un sincero “lo siento” acompañado de ríos de lágrimas. Pude haber gritado, saltado del autobús, y apresado a la ladrona; pero que más da, pensé. El vehículo continuó su monótona trayectoria alejándome de la amada y yo permanecí inmóvil contemplando como empequeñecía ante mis ojos a causa de la distancia. Los minutos se tornaron segundos y tomé la determinación de bajar en la parada siguiente. Así pues, abandoné el autobús en un lugar desierto acompañado solo por un hombre canoso. Aun dentro del transporte, las tres compañeras de clase comentaban el suceso con las manos puestas delante de sus bocas intentado, posiblemente, que nadie advirtiese que estaban sumidas en una conversación cotillesca. El resto de pasajeros continuaba atento a cada movimiento .
-Esa muchacha no lo hace con mala intención – Dijo el hombre canoso que había bajado conmigo. – Roba porque tiene que dar de comer a su hijo. Fíjate si sufre que llora como una niña. Le duele mucho tener que quitar el dinero a los hombres buenos que, por cierto, sois los únicos tontos que le dais cariño. Dicen algunos que se enamora de todos a los que desvalija, pero ya sabes, la gente dice muchas cosas…







RELATOS HIPERBREVES LEÍDOS EN EL RINCÓN LITERARIO DE 3 DENIT:

DE VIAJE,
De
SAMUEL MURIANO.


Estaba harto de estar debajo de la casa, escondido en las tuberías, era demasiado coqueto para vivir allí, así que todos sabíamos lo que iba a pasar: -!Ciaooo!- Fue lo penúltimo que nos dijo antes de chasquear sus bigotes, porque lo último fue su grito por el escobazo que lo barrió. -shshshshshshshshs....- (al unísono).

MALLORCA FANTÀSTICA 2007

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