jueves, junio 29, 2006

Eloy Alonso, Elena Pérez y Rebeca Rodríguez en el Rincón Literario de 3 De Nit.

Anoche Joana Pol y Sandra Llabrés tuvieron en la radio casas encantadas, heroicos corceles y besos traviesos gracias a los autores Eloy Alonso Sánchez, de Madrid, Elena Pérez, arqueóloga y escritora oriunda de Canarias, y Rebeca Rodríguez, también madrileña.

Eloy Alonso, con su relato NUESTRA NUEVA CASA, exhibió su gran imaginación y nos contó las ventajas de acudir de vez en cuando a algún buen taller literario.

Elena Pérez nos mostró su gran sensibilidad en un hiperbreve precioso y muy recomendable: EL CABALLO DEL ROHIR. Y por último Rebeca Rodríguez nos dio una lección de cómo escribir un relato sensual sin caer en la vulgaridad, con "¿DÓNDE ME LO DARÁS?"

Todo un desfile en IB3-Radio. Juzguen ustedes mismos...










- LEMA

“Escribir un cuento es saber guardar un secreto”

-BIOGRAFÍA

Mi nombre es Eloy Alonso. Nací en Madrid, aunque he tenido la suerte de no vivir mi infancia aquí, sino en una ciudad pequeña llena de verde, de chapas y de balones en la calle. Aunque escribir me encanta, todavía no tengo ninguna obra publicada en papel, no obstante, sí he cogido la “ mala “ costumbre de aturdir a mis amistades, con varios de los desaguisados que a veces se me pasan por la cabeza. En este sentido he colgado algunos relatos en el Foro de la escritora Joana Pol y uno en la página Yoescribo.com, titulado Noche Toledana, de los cuales me siento muy orgulloso.
Desgraciadamente para todos los que me conocen, he cogido el gusto a la afición de escribir, así que espero poder dar a luz muchos más relatos en el futuro (e incluso una novela, de la que ya tengo bastantes anotaciones hechas) Se que por mucho que se quejen, me leerán ¡porque en el fondo les encanta!

-MANIFIESTO DEL AUTOR.

La primera lectura fantástica que me atrapó fue un pequeño cuento de dinosaurios para niños en el que se decía de ellos que “eran tan altos que llegaban a las nubes”
Luego, a partir de los ocho años, me zambullí en el mundo de los superhéroes y me imaginé mil misiones de papel a su lado, y, de más mayor, seguí devorando todas las historias fantásticas que caían en mis manos: comics, libros, películas, etc, etc. Hasta que, en mi afán de viajar a mundos fantásticos, me convertí en un jugador de rol y disfruté como un niño modelando coloristas aventuras para que otros las disfrutaran. En aquella época siempre estaba inventando cosas nuevas que nos sirvieran de guía por esos mundos nuestros que tanto nos divertían.
Fueron buenos tiempos, llenos de risas y de magia, pero para aquel entonces yo ya tenía dentro un pequeño diablillo que me obligaba a crear cada vez más lugares, más acciones, más personajes, y yo, harto de su insistencia y de sus gritos de Energúmeno, decidí hacerle caso y pasar de oyente a contador de historias.
En toda mi andadura me han acompañado muchos maestros: Tolkien, Poe, Jose Luis Sanpedro, Antonio Mauro de Vasconcelhos, Carmen Martín Gaite, Jack Vance, Fredric Brown, Úrsula K. Leguin, Homero, Cortazar, Isabel Allende…

Ahora estoy en un momento de mi vida en el que me apetece escribir, contar esas historias que uno sueña con leer en los libros de otros, pero que nunca aparecen, porque solo le importan a uno, y como se que debo empezar desde el principio, estoy aprendiendo, fijándome en todos los que saben más, y caminando despacito junto a ellos.
Para mí escribir es calentarse lleno de ideas por dentro como una olla a presión y luego vomitarlas en la mesa convertidas en cristales de colores y, más tarde aún, ordenar esas ideas como para hacer un calidoscopio secreto que luego necesitas gritar al mundo.

Seguiré trabajando en mi cocina.



RELATO:

NUESTRA NUEVA CASA.


Tras muchos meses de espera, el día 18 Marzo fue cuando al fin pudimos entrar en nuestra nueva casa. Faltaba poco para las seis de la tarde, pero el cielo ya empezaba a oscurecerse. Claudia y yo estábamos frente a la puerta principal. Ella giró la llave en la cerradura con cuidado pero antes de que abriera detuve su mano.
-¿Seguro que quieres entrar hoy? Podemos ahorrar unos meses más y así contratamos a un exorcista- le dije con voz agrietada.
-No te preocupes cariño, los de la inmobiliaria dijeron que la casa era inofensiva, además yo me muero de ganas de vivir contigo- me echó una de sus miradas profundas mientras empujaba la pesada puerta hacia dentro con la punta del pié.
Yo seguía en la calle, con las manos en los bolsillos y los hombros encogidos.
- Anda, no te lo pienses tanto y pasa de una vez, me dijo desde el umbral. Entré en la casa despacio, aparentando calma, aunque en realidad mi corazón parecía una manada de caballos salvajes cruzando un río.
Ante nosotros se había abierto un espacioso zaguán cuyo suelo de madera crujía un poco al pisarlo y más allá, se veía un pasillo rodeado de habitaciones. Yo ya sabía que había cuatro en total y que después el pasillo se torcía para morir en un amplio jardín. Claudia avanzó por el vestíbulo con pasos muy cortos y suaves, como quien estrena unos zapatos. Se detuvo un momento y me miró de soslayo antes de internarse en el corredor. Se la veía exultante. Quise seguirla, compartir el gran momento con ella, pero se me agarrotaron las piernas y me quedé tan quieto como un muerto.
Todo empezó el día que vimos aquel anuncio en el periódico:
“La Casa Telúrica de su vida”
¿Harto de que le ofrezcan la Lámpara de Aladíno y encontrar molestos Poltergeist? ¡Consiga una Mansión Encantada de tipo tres, con todo el equipamiento para hacerla inolvidable. No necesario Exorcismo ¡Llámenos! “
Y el precio ¡una verdadera ganga! nada que yo no pudiera conseguir en el Callejón de los Magos, o en los Campos Azules con un poco de paciencia.
-¡Mira que cocina cariño!- La voz de Claudia sonaba a lo lejos.



Yo ya me la imaginaba comprobando las calidades de paredes y suelos con la minuciosidad de un detective. Ella quería que estuviese a su lado, pero ¿cómo contarle? ¿cómo decirle que yo ya había estado en esa casa muchas noches, pero no para vivir en ella, sino para morir asfixiado allí? ¿Que desde hacía semanas, yo moría un poco cada vez que me despertaba entre sudores recordando mis pesadillas? Pero ya no había vuelta atrás. La casa era nuestra y Claudia estaba tomando posesión de ella. Me estiré de golpe y comencé a andar. Crucé el recibidor con pasos quebradizos, casi de puntillas, pero en vez de ir a la cocina, me paré frente a la primera habitación del pasillo, la más cercana a la salida. Claudia aún no había abierto la antigua puerta de madera, pero por debajo asomaba una saeta de luz anaranjada. Inspiré profundamente y empujé el pomo frío con la mano temblorosa. Me pareció que me respondía con un gruñido, como de fiera al acecho. Dentro me esperaba el Gran Salón.
Un olor como de madera recién cortada me subió por la nariz mientras mis ojos se posaban en los muebles: A mi izquierda se extendía una gran mesa ovalada de madera de Boj con las sillas dispuestas para recibir una docena de invitados. Frente a ella había un enorme sillón de cuero, negro y macizo como un oso. Y tras él, se alzaba una majestuosa chimenea que parecía tener cien años. En su interior, un par de carbones encendidos salpicaban de luz toda la estancia.
No quería pisar las tablas del suelo, tenía miedo de que se me tragaran, como en mi sueño. Sin embargo, algo en la habitación tiró de mí hacia adentro y me sorprendí caminando hacia la vieja chimenea, con paso vacilante primero, y luego un poco más deprisa hasta que me paré frente a ella. Su revestimiento era de mármol blanco pulido y se combaba en un arco por encima de las paredes de ladrillo refractario del interior. Sentí mis manos frías y las acerqué a los agonizantes rescoldos. En ese momento se produjo un tremendo chisporroteo y una gran lengua de fuego brotó del fondo de la chimenea envolviéndome con sus garras. La habitación se desdibujó en una espiral carmesí. Abrí los ojos. Estaba en un lugar oscuro y apenas podía respirar. Noté un agudo calor que me subía desde la ingle. Isabel me besaba con pasión, apretándose contra mí. Alrededor retumbaba la música de la discoteca y por todas partes se veían copas alzadas y caras sonrientes. Era nuestra fiesta de fin de carrera y todo estaba permitido. La acababa de conocer, pero ya estaba pensando en dónde perderme con ella, eso si lograba mantenerme en pie, claro. Recuerdo que aquella noche también estuve con su prima, y al día siguiente no paré de beber agua. Entonces ese tipo de parrandas eran habituales.
Cuatro años después, conocí a Claudia y me enamoré de su voz de hada, de sus labios de caramelo y de sus besos y ya no imaginé más noches sin ella. Ahora íbamos a vivir juntos y comparado con esa aventura, las juergas de antaño me parecían gastadas y descoloridas.
Mi mente volvió a la habitación. Sentí el agradable calor de la chimenea en mis brazos y di la vuelta al gran sillón para encararlo con el fuego. Al sentarme, me pareció que me recogía en un cálido abrazo, como de amigo recién encontrado, y un suave cosquilleo me recorrió toda la espalda. Desde allí, la ventana enmarcaba una noche llena de estrellas, y una de ellas, juguetona, se perdió de las demás volando hacia tierra. Hice un cuenco con las manos, como para recoger su brillo. A mi espalda sonó un tintineo y un segundo después unas manos me desordenaron el pelo.
-La gente normal suele pedir un deseo cuando ve una de esas- . Una sonrisa soplaba en la voz de Claudia como aire de mar. Enseguida la tuve sentada en mis rodillas.
-Quería cogerla para ti, mi vida-.Estaba empezando a perderme en esos ojos como cuando la besé por primera vez. Ella me sonrió con picardía.
- Pues mientras tú te hacías el remolón por ahí, yo he investigado por mi cuenta y te he preparado la cena. No me ha costado mucho. Fue pensar en el menú y aparecieron los ingredientes sobre la mesa ¡tenemos hasta Curry y Bergamota! Eso si ¡te toca fregar!
Su beso empujó mi frente y me puse a reír. Ella quería que yo estuviera lo más cómodo posible y ahora sabía que la casa también. Miré a nuestra chimenea. Una chispa dorada retozó un momento entre los carbones antes de desaparecer como un animalillo en el agua. Aquella iba a ser la primera noche en nuestra nueva casa.




HIPERBREVES DE HOY

ELENA PÉREZ.
El caballo del Rohir





A la misma hora, otro día más, salió galopando a través del bosque. Tras de sí dejaba una nube difusa por el aliento que expiraba por su boca, y los latidos de su corazón, agitados y tristes, se oían por todos los rincones del espeso follaje de Fangorn. Con el último suspiro del día regresó. La luna había aparecido por encima de las copas de los árboles: inmensa, redonda y blanca. Aquella noche, al llegar al establo, se desplomó sobre la paja recién mullida por todos los que sabían y admiraban su fortaleza. Entre sueños, le pareció oír:
-¡Ha aparecido! ¡Ha aparecido!
Giró con dificultad su cabeza hacia la puerta y allí, entre los claroscuros que formaban los candiles de la caballeriza, estaba él, aquél que lo había criado y amado durante toda su vida. Y sintió, por última vez, las manos acariciando sus crines, las manos del más noble jinete de Rohan.

REBECA RODRÍGUEZ RODRIGUEZ

¿Dónde me lo darás?




No era sólo deseo lo que rondaba en aquella habitación, cubierta por una suave luz que desprendía el sencillo flexo del escritorio; sino también la curiosidad por lo desconocido para alguien que jamás había tocado los labios de un hombre. Al menos, no con seriedad. Su escasa experiencia le servía como barrera y la hacía sentirse torpe; pero esta vez le tocaba a ella dar el beso. Tener a un hombre con mucha experiencia no ponía las cosas fáciles y más aún sabiendo que él esperaba esa caricia. Las miradas de deseo competían entre ambos mientras ella reunía valor suficiente para decidir donde posar sus labios. El juego era el siguiente: Cada noche, cuando hablaban y se despedían, se daban un beso en un lugar diferente. La gracia consistía en la imaginación y el juego de seducción de cada uno al darlo. Él ya se lo había dado, dejando el nivel muy alto. ¿Lo superaría ella? Con nervios en el estómago, apoyó la mano en el brazo de su amigo y lo atrajo suavemente hacia ella. Soportó la mirada penetrante de su compañero, sin ceder a la tentación que su cuerpo le entregaba y se acercó lentamente a su cuello, dispuesta a realizar su cometido. En el último momento decidió cambiar el rumbo de sus labios y para sorpresa de su amigo, los paró a escasos milímetros de los suyos. Sintió la calidez de su aliento sobre su rostro, apetecible, y supuso que él sentía también el suyo. Con aire provocativo, pero sin perder su inocencia, abrió poco a poco sus labios, preparándose para el gran momento; no dejaba de mirar el rostro de su amigo para no perder el gesto de deseo hacia sus labios, que no había dejado de mirar un solo momento. Un aura de travesura rodeó su corazón al reparar en el anhelo de su amigo, y con una sonrisa pícara, dueña de constantes travesuras, elevó sus labios un par de centímetros y los posó dulcemente en la punta de su nariz.

-Te toca –susurró, manteniendo esa sonrisa juguetona que disfrutaba viendo como él fingía quejarse de haber sido vilmente engañado.

jueves, junio 22, 2006

Jordi Pijoan y Laura López en IB3-Radio

Esta semana, Sandra Llabrés y la escritora mallorquina Joana Pol estuvieron acompañadas en EL RINCÓN LITERARIO DE 3 DE NIT por el flamante ganador del concurso de Joescric Jordi Pijoan y por la escritora madrileña Laura López, de Madrid. Aquí tenéis un extracto del programa.


Lema:

Una imatge és millor que mil paraules, llavors mil i una paraules ja són millor que una imatge. Hi ha un moment en què la paraula guanya.

Biografia Jordi Pijoan-López:

Tortosí d’arrels des del 1970 i barceloní empeltat des del 1991 fins l’actualitat. És arqueòleg de professió i administratiu per obligació. Es dedica a escriure en el silenci i la intimitat des de si fa no fa els vint anys, amb certa i irregular assiduïtat. Un atur forçós i una filla a qui nodrir l’animaren, o més ben dit el comminaren a perdre la vergonya d’allò que escrivia i presentar la seva narració “Psicofonia per a principiants” al I Concurs Literari d’Humor Negre (convocat per Humoralia, La Paeria i la UdL). Va quedar finalista, categoria que no donava ni cinc duros de calaix, però que comportava la publicació de l’obra. La podeu trobar en l’original català per la UdL i en traducció al castellà per Editorial Milenio. L’èxit relatiu d’aquest primer intent l’anima a presentar-me a més certàmens d’aquesta mena, trobant el cim de l’èxit (eternament fugisser fins llavors) en el III Concurs de Conte que convocà el portal d’internet joescric.com amb el conte “Una combinació prohibida”, publicat en un volum junt amb dues obres més: “Eutanasia’m!” i “Mater”. Poca cosa més a dir, més que, de moment, continua escrivint.


Manifest:

Per què escric? Típica pregunta a la qual l’única resposta immediata que se t’acut és “perquè em ve de gust”. Però convinguem que la resposta és pobra a les possibles expectatives del preguntador. Llavors només se t’acut recórrer a tòpics, però el públic no es mama el dit i et veurà el llautó. Després pensés que podries plantejar-ho en sentit negatiu: “I si no escrivís com em sentiria?”. Malament!: n’estic segur, però no sé per què, doncs val a dir que tampoc perillaria la meva supervivència immediata. Ans al contrari, hom pot comprovar en el dia a dia que la major part de gent no escriu i va fent sense gaires problemes. Encara més, hom pot comprovar que es pot ser l’inútil analfabèstia més gran i arribar a ser president de... bé!, centrem-nos en el tema. Llavors, per què escric?, si fins i tot, segons qui pot considerar que escriure es perdre el temps, si no és que ho facis per guanyar-te les garrofes.
Sincerament, no sé per què escric si és que escric per o per a quelcom. Més aviat crec que escriure és una cosa que em vaig trobar. De nen jo ja ho era una mica cabòries i podia arribar a preferir estar sol concentrat en les meves fantasies que jugant. També em retroalimentava aquest món interior llegint còmics, contes i amb el cinema –aquella literatura mastegada en imatges–. Després vaig anar complicant les lectures i vaig tenir la sort de tenir a un tal Manel com a professor de literatura catalana, senyor que em va demostrar que hom, si ho desitjava, podia escriure sense caler prèviament anomenar-se Ramon Llull, Cervantes o Shakespeare. En definitiva, em va ensenyar que l’escriure no et ve per ciència infusa.
Ja per mi sol, vaig comprovar que escrivint em divertia i, sobretot, em desfogava; ho vaig comprovar si fa no fa per les mateixes alçades de la vida que me’n vaig assabentar que a Aristòtil també el desfogava escriure i vaig pensar: “guaita quina coincidència!”.
Concloent!, se m’acaba l’espai per a aquest manifest i respecte a la pregunta primera no n’he tret l’aigua clara. Millor així, segur que continuaré escrivint per trobar la resposta... o potser no.


Conte hiperbreu:

Petit apocalipsi a l’illa d’en Robinson

En Robinson contempla l’horitzó d’aigua una vegada més, en l’ambigu límit que l’oceà i la terra ferma es disputen alternativament, amb els peus rebent les reparadores onades que eviten se li socarrin amb la sorra, més que fornejada pel Sol tropical.
L’eterna esperança de poder atalaiar un vaixell que se’ls endugui d’aquest racó de món no s’ha esvaït mai de mai. Aulla tan lluny com pot, emprant la mà dreta de visera per no enlluernar-se amb el Sol tòrrid que domina el firmament, estirant l’esquena tant com pot, quasi fent puntetes per guanyar uns centímetres, per pocs que siguin, i així tenir millor perspectiva.
Encantat en aquesta labor, sent sorpresivament com un objecte que duen les ones topa contra el seu peu. Acotxa el cap sense tenir idea de què es pot tractar: “una ampolla... i té un missatge dintre!?” observa sorprès, i també un xic indignat per aquest particular gir en el guió: “hauria de ser jo qui enviés missatges perquè em rescatessin!!”. Tanmateix, i com és obvi no pot estar-s’hi de voler saber quin és el contingut del missatge. Curosament, extreu el rotllet de paper relligat amb un fil de cosir i llença l’ampolla al contenidor del vidre. Obri el missatge, gens corromput per la humitat marina i, en font arial mida 48, imprès amb una hewlett packard/deskjet 600, pot llegir un missatge que, per a la seva major sorpresa, li està dirigit personalment: “Robinson!!! Ni de lluny et creguis que et vindrem a rescatar de la teva illa: el món s’acaba!!!! Signa: Protecció Civil”.
Per uns segons a en Robinson li venen ganes de plorar, però a aquestes alçades ho considera un dispendi d’energia inútil. I, ans al contrari, decideix actuar:
- Divendres!!!! Vine!! On ets!? Vine!!! –crida vers l’interior de l’illa.
En qüestió de segons, un negre molt ben plantat apareix corrents des de l’atapeïda línia de selva, en el límit de la platja, per plantar-se al seu davant. I quasi en postura de firmes i encara amb l’alè accelerat demana:
- Què es requereix, Mister Robinson? –deferentment, per no dir servil.
- Primer que res, d’ara en endavant tracta’m de “tu”; crec que t’has guanyat la meva confiança.
- Com vostè... Com vulguis, nano! –cofoi exclama en Divendres per tant reconeixement exprés–. Alguna cosa més?
En Robinson, sense paraules i amb gest compungit, li posa al davant el missatge de l’ampolla. Divendres se’l mira:
- Què malparits! I això són excuses per desar-nos aquí penjats!?! –exclama el noi extremadament enervat.
- Veig que no copses quin és el quid de la qüestió...
En Divendres perfila un evident gest de circumstàncies. Sincerament contesta:
- Doncs la veritat, Robi, és que no sé on vols anar a parar.
- Has sentit què és allò que recomana la saviesa popular per la Fi del Món?
- Doncs ara no hi caic...
- Divendres!: jo t’estimo!!! –exclama en Robinson mentre es llença apassionadament sobre en Divendres per atrapar-lo entre els seus braços, frisosos pel contacte amb el seu estimat.
En Divendres no té el temps suficient per respondre-li “jo també!” com desitjava, doncs les seves dues boques s’entortolliguen en un bes apassionat. És l’inici d’una gran història d’amor.


Hiprebreve de la setmana

Laura López:

¡CUIDADO! BARDOS TRABAJANDO.


-No deberíamos haberle dado ninguna oportunidad...- Farfulló el Bardo Mayor- Toca de pena-
-Solo ha fallado en una nota- Se quejó su ayudante.
-¿Ves? Hasta tú, que estabas distraído, te has dado cuenta de que no tiene talento-
-Hombre, una lavadora sin brazos y que en vez de tocar, centrífuga el violín... que consiga interpretar el bolero de Rabel, equivocándose en una sola nota, tiene mucho merito-
-Siempre llevándome la contraria- Sentenció el Bardo Mayor, quitándole uno de los pañuelos de papel, que el ayudante había robado en sus reuniones papirofléxicos anónimos- ¡Todos me odiáis!

Y sin añadir nada más, corrió hacia su cuarto llorando estruendosamente. Sin duda alguna, era merecedor de llamarse Bardo Mayor, que gran actor. Aunque luego se volvió y le sacó la lengua con descaro... había que reconocer, que en eso de escurrir el bulto, el Bardo Mayor también tenía mucho arte.

El ayudante suspiró al ver la enorme cola de candidatos a entrar en el Gremio de Juglares. El año con más aspirantes... tres en total, contando con el violinista.
Y encima, el Bardo Mayor se había marchado dejándole solo... ahora que ya sabía en donde fallaban sus ranas de papel.

-Eh...- Intentó decirle a la lavadora, que mientras hacia el programa de prendas delicadas, esperaba expectante- Estás fuera, aquí no aceptamos a la gente que falla en el bolero de Rabel

Miró de nuevo a la cola. Había uno de esos tipos con chistera que hacían cosas raras con conejos y que cantaba opera. Y por último, un grupo de enanos, que habían convertido sus hachas en guitarras eléctricas y cantaban, con voces guturales, himnos al oro... el quinto grupo de aventureros, que intentaba colarse en el Gremio para robarles usando esa estrategia

- ¡Y los demás también, por no haber animado a vuestro compañero! ¡Estáis todos fuera!

Todos bufaron enfadados y se alejaron rabiando y mascullando maldiciones, clamando venganza

- A ver si ahora acabo la dichosa rana...

jueves, junio 15, 2006

Joana Pol y Sandra Llabrés nos presentan "LA MADRUGADA DEL GALLO", de Samuel Muriano.




La madrugada del gallo, Samuel Muriano



En el programa de EL RINCÓN LITERARIO DE 3 DE NIT de anoche, madrugada del miércoles al jueves 15 de Junio de 2006, Sandra Llabrés y Joana Pol entrevistaron en directo al jovencísimo escritor malagueño Samuel Muriano, quien nos presentó su novela LA MADRUGADA DEL GALLO, a la que está dando los últimos toques con vistas a su publicación.
Desde la radio Sandra y Joana mandaron cariñosos saludos al pueblo de Cártama y en especial a la Concejala del Área de Cultura, Rosa María Porras Gálvez, quien según nos consta siguió el programa a través de internet junto con varios conciudadanos del joven Muriano, promovidos todos ellos por el evento radiofónico. Una vez más, las ondas y las nuevas tecnologías unen a gente de distintas lenguas allende el mar. Simplemente, magia.

Esta noche (y esa madrugada) era muy especial para Samuel y sabíamos que estaba reunido con un grupo de estudio que, tras haber estado preparándose para la "terrible" selectividad, estaba escuchando el programa. Así, pues, besos desde Mallorca también para Adrián, Esperanza, Inma, Andrés...
LEMA DEL AUTOR:
“Yo soy yo y mi circunstancia y si no la domino a ella no me salvo yo””, Ortega y Gasset

BIOGRAFÍA Y MANIFIESTO:


Samuel Muriano nació en Cártama, un hermoso pueblo de Málaga que sigue creciendo.
Su atracción a la literatura comenzó con la poesía desde pequeño y continúo, con trece años, en un taller literario en el que descubrió diversos poetas españoles.
La idea de contar sucesos y llegar al lector de un modo más cercano le hizo escribir relatos, ganando el año pasado un premio local con la historia “Max”.
Escribió a finales del 2005 una novela corta, “La caja de Pandora”, definida por algunos críticos como minimalista y cercana al género cinematográfico.
Ahora se ve enfrascado en una segunda obra, “La madruga del gallo”. Aunque lo que más le gusta es la poesía y ha seleccionado más de 5.000 versos bajo el título “Ese gigante olvidado”. Este libro trata de distintas temáticas como el amor, la soledad, el odio, el capitalismo, además de un conjunto de textos líricos a las mujeres maltratadas.
Debido a la dificultad de publicar en papel impreso por las editoriales, se conforma con compartir sus palabras a través de esa gran ventana que es internet hasta que haga realidad su sueño, ser leído como un autor reconocido.

De sus escritores favoritos destaca a: Bécquer, Lorca, Antonio Machado, Ortega y Gasset, Antonio Skármeta y Edgar Allan Poe.

LECTURA


Primer capítulo de la novela:“La madruga del gallo”

La mañana del gallo

La madrugada trajo consigo un ser maligno que se ocultaba entre la maleza del camino que conducía a Villa Calpes. Los habitantes de la región no se imaginaban la crueldad que les acechaba: dormían y tenían felices sueños que se verían truncados cuando una extraña niebla ocultó el pueblo y lo hizo desaparecer.

A mitad de aquella noche los gallos cantaron al unísono produciendo una canción infernal, y mientras los ciudadanos se levantaban con un sobresalto, una sombra atravesaba las rejillas de las puertas hasta llegar a los pies de sus camas, como humo, y ascendía hacia los rostros de los que, desconcertados por el susto, intentaban con aspavientos apartar la bruma que inevitablemente se introducía por sus narices.
Por la mañana el joven Alfredo se desperezó y salió del cobijo de paja del granero donde tuvo un descanso confortable de la intemperie y fue andando hasta el bebedero de los caballos. Allí se lavó la cara y las manos como de costumbre; se fue al gallinero para coger los huevos que tomaba en el desayuno, pero antes de llegar a la puertecilla del corral se atemorizó al ver el suelo cubierto de sangre, y unos metros más allá el gallo decapitado.
Como era sordomudo de nacimiento no gritó, ni pidió auxilio llamando a los dueños de la finca. Se limitó a correr frenéticamente al caserón de los Monteros. Una vez allí buscó por todas las habitaciones y no encontró a nadie, ni siquiera a Roberta, la vieja ama de llaves que no salía de la casa, siempre servicial a la familia. Muy asustado, el chico decidió ir hasta la vivienda de los Castelar, pero tras un largo recorrido se llevó la misma sorpresa; la puerta principal abierta y ningún alma en ella.

Cuando logró serenarse ante las misteriosas desapariciones, decidió coger uno de los caballos del señor Castelar; la bestia, enloquecida, no se dejaba montar, pero Alfredo se había criado entre el ganado y logró hacerse con ella.

Al trato basto del caballo, a las órdenes dirigidas con el tacón de sus botas de montaña y a las palmadas que le daba para indicarle, el muchacho pudo recorrer las distintas haciendas que se repartían en la extensa llanura del valle. Formaban un conglomerado apartado del linde vertiginoso de cerros que lo rodeaba . En el cortijo de “El Tuerto” todas las gallinas tenían el cuello retorcido y como en el gallinero de los Montero, la tierra humedecida por el color rojo del gallo seccionado.

No tenía ninguna explicación para lo que había ocurrido, se encontraba en un estado de confusión que le obstruía el pensamiento; cuando intentó recordar qué hizo la noche anterior antes de ir a dormir al granero se asustó, porque no lo recordaba. Más aún, había olvidado su vida anterior a la mañana del gallo.

Tenía leves reminiscencia de los lugares y sus personajes, como Roberta, pero no lograba algún recuerdo con ella, ni podía situarse en una escena haciendo algún acto. Sabía que muy temprano desayunaba huevos y que solía dormir entre la paja del ganado y los sacos. Reconocía los terrenos, sabía donde conducían los caminos que se cruzaba mientras trotaba sobre el semental, pero no le servía para saber quién era. Con la pesadumbre que crecía en él a cada instante se abrazó al cuello de la bestia desconsolado, perdiendo el conocimiento a medida que la somnolencia del caluroso agosto le debilitaba los miembros y le resecaba la garganta.

Cuando volvió en sí tenía tanta sed que se dirigió al pozo de donde sacaba el agua para los animales. Tras beber y refrescarse se sobrecogió de encontrarse de nuevo en la finca de los Monteros. Se aterró tanto que empezó a saltar y revolcarse como si se tratara de un loco, tirándose de los pelos y hundiendo los dedos en la tierra.

Abrumado por la locura se quedó dormido, y al despertarse apareció una vez más en el granero, rodeado de paja y de los mismos sacos viejos. Se dejó llevar por el desconcierto y comenzó como antes a patalear y agarrar a puñados la paja desperdigándola de aquí para allá. Al percatarse de que estaba herido en las manos detuvo su frenesí.

Con más calma, aunque mucho más aterrado que la primera vez que se levantó, decidió volver a montar sobre un caballo y buscar el modo de salir de la pesadilla.
El animal no se mostró reacio como el otro, se dejo montar y hasta pudo ponerle el apero, lo que le facilitó la comodidad del viaje. No sabía exactamente donde ir, pero intuía que sería lo más lejos posible de Villa Calpes y eso eran muchos kilómetros de trote.

jueves, junio 08, 2006

Antonio Jesús Criado Pedrosa



En el programa de radio EL RACÓ LITERARI DE 3 DENIT, de IB3-RADIO, que se emite todos los miércoles por la noche, esta semana Sandra Llabrés y Joana Pol entrevistaron al joven autor cordobés Antonio Jesús Criado Pedrosa. Este es un extracto del programa:




LEMA DEL AUTOR

“Un día soñé que quería seguir soñando”.

BIOGRAFIA Y MANIFIESTO

Me llamo Antonio Jesús Criado Pedrosa, natural de Montilla, en la provincia andaluza de Córdoba. Tengo diecinueve primaveras. Descubrí la escritura de niño, cuando realicé un prototipo bastante cutre de guión con la finalidad de grabar un teatro. El proyecto no salió adelante, pero desde ese momento la escritura me acompañó irregularmente. Durante el resto de mi infancia me dediqué al cómic – pues dibujar es otra de mis aficiones —, alternándolo siempre con pequeñas historias que deseaba plasmar en una película casera. He de decir que aún no he conseguido realizar mi primer filme, pero soy optimista. Mi padre, por aquel entonces, advirtió esa afición mía por la palabra. Le pareció extraña, o quizás prematura. Me dijo una frase que nunca olvidaré: “todos los grandes escritores han sido buenos lectores”. Así me enfrenté a mi mayor quimera, los libros. No hallaba en los estantes de mi casa ninguno que me atrajera más que por el dibujo de la portada, hasta que mi padre apareció con El hobbit, preámbulo del Señor de los Anillo, de Tolkien. A partir de ese momento inicié mi etapa de lector, pero lo más curioso es que cuando soltaba el libro, tomaba papel y lápiz y escribía como un poseso. Así transcurrieron unos cuantos años, con mi cabeza deambulando entre los seres oníricos de la tierra media. Garabateé muchas páginas con historias de un mundo inventado, pero finalmente abandoné la empresa, demasiado complicada para un chaval de catorce años. Mi gusto por el cine volvió a imponerse sobre la literatura, aparté de mi escritorio los libros y coloqué de nuevo papel en blanco para realizar un guión. Otro fracaso. En aquella época tuve el honor de atender a las explicaciones de magníficos profesores que hacían las clases de historia y literatura un vergel de diversión. Las otras asignaturas me aburrían, no por dejadez de los profesores – que Dios los guarde por soportar a este holgazán –, sino por mi cabeza empedrada de quimeras, que no sacaba mis cavilaciones de la mitología o los poetas románticos. El instituto me deparó un año de sequedad mental increíble. No hice nada de nada en el campo de las letras, pero cayó en mis manos la saga de El Capitán Alatriste, de Pérez Reverte. Después de leerlo se selló una marca en mi cabeza, una cantinela repetitiva que aún hoy reza: tienes que ser escritor. En el último curso de bachillerato, asfixiado de exámenes y notas regulares, una profesora de literatura ofreció un punto adicional en la asignatura si nos presentábamos a un concurso de poesía. Gané el certamen y entonces puse manos a la obra definitivamente. Me presenté a un concurso local con mi primer relato concluso, El último loco que parió la Mancha, una historia burlesca sobre nuestro amadísimo Quijote. De esta etapa resultó también la obra que se va a leer hoy, Extraño amor de autobús. No gané nada, supongo que influyó mucho mi currículo inmaculado de tinta. Cuando acaricié la primera página de Cien Años de Soledad entendí que me perdía para siempre en el mundo de la literatura. Influido por esta obra de arte di alas al escrito del que estoy más orgulloso: Pueblecito.

No sé qué me incita a escribir, quizá la jauría de fantasmas que vagan por mi cabeza en las noches de inspiración, o el desasosiego de los malos momentos, o la esperanza. Resulta difícil determinarlo. A veces, cuando veo a mi madre emocionarse ante un escrito mío, pienso que este es el motivo, que otros disfruten de algo que yo creo con cariño. ¡Ay mi madre! Ella es mi seguidora número uno, se aprende de memoria todo lo que escribo, y lo lee a sus amigos y conocidos. Mi padre me estudia un poco más crítico, y cuando percibo una sonrisa de aprobación me siento satisfecho. A mi pareja le debo la más absoluta sinceridad, y el más sincero apoyo. Supongo que gracias a ellos me mantengo aferrado a la palabra, aunque no debo olvidar a todos los que me incitan a escribir día a día, desde mis abuelos hasta mis amigos. A todos, gracias.

Ahora estudio Comunicación Audiovisual en Málaga, haber si así consigo terminar un corto, aunque mi sueño reside, creo que desde siempre, en la literatura.






LECTURA



Extraño amor de autobús

Nada en aquella luminosa mañana se me antojaba diferente. Llegué a la parada del autobús a la misma hora de siempre, con el mismo ánimo y con idénticas ojeras. Una suave brisa acariciaba mi piel cuando escuché el bronco sonido del vehículo público. A mi lado tres chicas de aspecto estudiantil se prepararon para subir. Las imité con evidente rutina, aquellas muchachas eran compañeras mías; sin embargo, jamás había cruzado palabra alguna con ellas. Entré en el autobús con cierto nerviosismo, algo habitual en las personas inseguras como yo, pasé la tarjeta por el escáner y avancé hasta un lugar que me pareció agradable, sobretodo porque nadie aún ocupaba dicho espacio.
El conductor inició con brusquedad el trayecto lo que me hizo trastabillar. Para desgracia mía las tres compañeras de clase carcajeaban desde sus asientos. Intenté desviar la mirada y la atención para evitar el enrojecimiento de las mejillas. Recuerdo que en ese instante cavilé sobre el origen del atolondramiento que me torturaba. En mitad de la reflexión el autobús frenó. De nuevo la pérfida inercia intentó derribarme y otra vez rieron las tres muchachas. Cerca estuve de bajar en aquella parada tal era la vergüenza que notaba fluir por las venas. Las puertas del autobús se abrieron quejándose con un desagradable chirrido. Una muchacha entró de un brinco en el vehículo apartando de mi cabeza la idea de apearme de él.
Jamás mis ojos gozaron de tal cantidad de belleza acumulada bajo la misma forma. Tenía una negra melena que le caía desordenada sobre los hombros, los ojos eran azules como el más raso de los cielos, la tez pálida, los labios rojos y gruesos. Su cuerpo se perdía debajo de las anchas vestimentas; pero mi imaginación acelerada idealizó las formas de la muchacha. Noté como las mejillas se me arrebolaban desatendiendo las órdenes que la razón dictaba. Quise pensar que aquella belleza pudiera ser mi primer amor, la primera mujer que me diera el cariño que tanto necesitaba. El autobús reanudó la marcha con el gutural quejido del motor y la muchacha buscó un hueco entre las insidiosas miradas de los pasajeros. Supongo que el aspecto desaliñado de las ropas que tan dignamente vestía despertaba desconfianza entre el pasaje. Cuando la chica se arrimaba a alguien buscando asiento o una fría barra donde sujetarse, todo el mundo apartaba la vista y retrocedía con escaso disimulo. Entonces la chica clavó sus ojos en los míos, sentí como me asaetaba con la mirada. Una fuerte oleada de calor golpeó mi cuerpo y advertí que las manos temblaban desvergonzadamente. Esa mujer angelical que vagaba por el mundo abrigada por harapos había decidido compartir el trayecto del autobús conmigo, un chaval inexistente para el sexo femenino. No recuerdo exactamente que dijo ni que balbuceé yo, únicamente puedo asegurar que detuvo su vagar apoyándose en mí. Por reflejos salté hacia atrás como un niño asustadizo que no alcanza a comprender qué ocurre. Sin embargo, por fuerza de algún embrujo necesité cobijarla. Los ojos se le habían humedecido y aún se me antojaba más bella. Quise imaginar que la muchacha necesitaba un abrazo. Anduvo el corto trecho hasta encontrarse con mi cuerpo, apoyó la cabeza en mi pecho y rodeó con los delgados brazos mi figura. Todo mi ser quedó en paz, nadie más que yo requería aquel afecto. Ya no escuché nada, ni siquiera importaba en ese instante si las tres compañeras reían. Fundido en el extraño abrazo, absorto solo en cavilaciones típicas de un enamorado, noté decepcionado como el autobús frenaba. En realidad mi mente, poblada de ideas ilusorias, no advirtió que quizá en ese momento acababa el periplo amoroso, quizá mi mente, mi pobre mente, imaginaba un viaje eterno donde nuestros cuerpos no tuvieran que separarse. El hecho es que el autobús frenó secamente y mi amada abandonó mis brazos. Mostraba los ojos inundados de lágrimas. Lloraba mucho. Creo que dijo que aquella era su parada, no lo recuerdo. Mientras se alejaba miré hacia las tres compañeras. Estaban calladas, el resto de los pasajeros también. Todos miraban con idénticos gestos. Algunos negaban con la cabeza para sí mismos. La muchacha salió. Yo no entendía nada, permanecía pasmado ante la inquisitiva mirada de aquel extraño público. Aturdido por tanta expectación caminé hasta el final del transporte y observé a mi amada que permanecía inmóvil en la acera. Ella ya aguardaba desde su posición con el gesto torcido y las lágrimas cayendo lánguidamente mejillas abajo. Un niño que vestía ropas harapientas se le acercó corriendo. Desolado ofrecí un último saludo a la muchacha y ella mostró su mano diestra en la que, casualmente, portaba mi cartera. Quise morir en ese mismo instante; sin embargo, no hice nada, continué mirando a la amada y leí en sus labios un “lo siento”, un sincero “lo siento” acompañado de ríos de lágrimas. Pude haber gritado, saltado del autobús, y apresado a la ladrona; pero que más da, pensé. El vehículo continuó su monótona trayectoria alejándome de la amada y yo permanecí inmóvil contemplando como empequeñecía ante mis ojos a causa de la distancia. Los minutos se tornaron segundos y tomé la determinación de bajar en la parada siguiente. Así pues, abandoné el autobús en un lugar desierto acompañado solo por un hombre canoso. Aun dentro del transporte, las tres compañeras de clase comentaban el suceso con las manos puestas delante de sus bocas intentado, posiblemente, que nadie advirtiese que estaban sumidas en una conversación cotillesca. El resto de pasajeros continuaba atento a cada movimiento .
-Esa muchacha no lo hace con mala intención – Dijo el hombre canoso que había bajado conmigo. – Roba porque tiene que dar de comer a su hijo. Fíjate si sufre que llora como una niña. Le duele mucho tener que quitar el dinero a los hombres buenos que, por cierto, sois los únicos tontos que le dais cariño. Dicen algunos que se enamora de todos a los que desvalija, pero ya sabes, la gente dice muchas cosas…







RELATOS HIPERBREVES LEÍDOS EN EL RINCÓN LITERARIO DE 3 DENIT:

DE VIAJE,
De
SAMUEL MURIANO.


Estaba harto de estar debajo de la casa, escondido en las tuberías, era demasiado coqueto para vivir allí, así que todos sabíamos lo que iba a pasar: -!Ciaooo!- Fue lo penúltimo que nos dijo antes de chasquear sus bigotes, porque lo último fue su grito por el escobazo que lo barrió. -shshshshshshshshs....- (al unísono).

sábado, junio 03, 2006

Julián Francisco Pérez Jiménez en EL RINCÓN LITERARIO DE 3 DE NIT, en IB3-Radio.

En el programa del pasado miércoles, en el Rincón Literario de 3 De Nit, con Sandra Llabrés y Joana Pol, tuvimos con nosotros al poeta Julián Francisco Pérez Jiménez. Es natural de Montefrío, Granada, tiene 27 años y estudia Ingeniería Aeronáutica en Madrid. Este fue el contenido en líneas generales de un precioso programa en el que no faltaron llamadas telefónicas en directo de apoyo para Julián, o e.mails para darle ánimos.


LEMA del escritor:

YO NACÍ PARA SER VIENTO Y LOS CAMINOS LIBRE RECORRER

BIOGRAFÍA

Me llamo Julián Francisco Pérez Jiménez. Soy de una localidad de Granada, Montefrío. Tengo 27 años. Estudio Ingeniería Aeronáutica en Madrid. Empecé a publicar mis escritos en Internet hace casi un año, aprovechando el boom de los blogs. Toda mi obra, hasta el momento, está publicada en http://spaces.msn.com/jfpeji y en http://jfpeji.blogspot.com/. Aparte de estos sitios web, también publico bajo el nick de Viento del Pacífico en http://www.bibliotecasvirtuales.com/ y en el foro de Joana Pol. En mi corta andadura literaria todavía no he ganado ningún premio pero he participado en el Certamen de Jóvenes Creadores de Madrid dos veces. Me gusta el cine, bailar, viajar y la literatura fantástica y de aventuras, estilo Tolkien.


LECTURA







"TU NOMBRE ES ABISMO DE AUSENCIA CADUCA"

Tú sabes que mi poesía nace en tus labios,
se nutre de la savia de tus besos,
recibe la luz de tus abrazos
y se riega con el tacto de tus caricias.

Me muero por recibir tu amor,
como la limosna que recibe el mendigo.
Es tanto lo que necesito
que con poco me conformo.

No me ignores, éso hiere.
Dame un poquito de tu atención,
No desprecies la valía
de aquel que te ama en la sombra
de un silencio roto sólo por lágrimas iracundas.

Llenos están los poros de mi piel
de la ausencia de tu cuerpo cálido.
Quiero ver el sol amanecer en tu boca sabor canela
y que la noche se vista con tus ojos negros.

Tu recuerdo es para mí
como huellas dejadas en la arena.
Puedo recorrerlas mientras estén visibles,
hasta que una ola traicionera venga
y las borre para siempre.

Lanzaré botellas al mar
esperando la respuesta de un amor nuevo,
que ha de venir cuando suba la marea
y las estrellas titilen allá en el firmamento.







“TU RECUERDO Y LA LUNA“

Cada noche me acerco a la orilla del mar
y allá a lo lejos te imagino.
¡Cómo una distancia tan grande
se vuelve nada con un solo suspiro!

Y entonces la brisa de mar en mí se posa
y llama a las lágrimas infantiles de mis cansados ojos.
Riachuelos de miel de azahar surcan mis mejillas sonrojadas,
un nudo de silencio áspero se vuelve antojo,
antojo de querer tenerte y no ser posible.


Otra vez quisiera
acurrucarme en tus caricias,
saciarme con tus abrazos de coñac destilado
y nutrirme de tu codicia
de mujer frívola y destemplada.

¡Qué difícil se me hace respirar!,
pensando en todo lo vivido.
Ya jamás sabré la respuesta
de si mi amor es aún correspondido.

Pero vive en mí tu recuerdo ingrato,
como si se tratara de un perro doméstico malherido.
Hubo un tiempo en el que él me agasajaba
y ahora me ataca si se siente perseguido.

Hasta cuando he de soportar
este dolor traspasado y furtivo
que no deja en paz este alma de escayola
alquilada por un año y pico.

Tiempo atrás yo fui feliz en mi tristeza,
valiente cuando huía
y cobarde cuando me enfrentaba
a las verdades de tu mentira.

Esta noche ya no estaré solo,
la luna llena vendrá a visitarme,
Le haré un ladito en mi cama,
quizás con ella logre olvidarte.







“SOLEDAD”

No estoy solo, Soledad,
estás tú conmigo.
Aunque eres callada, sabes
que me tienes como amigo.

Es mentira eso que dicen
que lo más triste es estar contigo
porque realmente nunca estuve solo,
siempre permaneciste al lado mío.

Eres la compañera más fiel,
jamás me romperás el corazón.
Probablemente sea yo el que te traicione
por buscar en los brazos de otra el amor.

Has compartido mis penas,
también alguna que otra de mis alegrías.
No olvidaré los consejos
que mentalmente me decías.

No sé si eres real
o parte de mi fantasía,
una amiga imaginaria
que amaré toda la vida.

Quisiera que no fueras etérea,
sino con una forma física definida,
así te leería este poema
y en la frente un beso te daría.

Y cuando me llegue la muerte,
que me ha de llegar algún día,
no te pongas triste y llores amargamente,
porque en tu Soledad ahora yo me convertiría.

“REFLEXIONES”

No me identifico con este tiempo en el que vivo. No comparto hábitos, aficiones, costumbres ni gustos con mi generación. Me siento como un bicho raro, como alguien bohemio, desfasado, descolocado en este mundo globalizado. El romanticismo fluye por mis arterias y venas alimentando a este pobre corazón, que zozobra en el mar de la soledad en el que habita. Nunca pensé que pudiera atreverme a escribir estas palabras, fruto quizás de unos pensamientos retorcidos, fruto quizás de la desazón del que, tras muchas meditaciones, llega a una conclusión devastadora para sí mismo. No puedo renunciar a mi vida, como hacían los románticos del siglo XIX, porque ésta es todo lo que tengo. Hay una frase por ahí que dice que la vida es como un guión de cine en blanco, cuyo contenido escribimos a lo largo de nuestra efímera existencia. A mi me gustaría que este guión no se perdiera. Que la gente lo leyera y lo llevará a la gran pantalla de su corazón. ¿Qué nos quedará cuando no hayamos ido definitivamente? Sólo las personas del entorno más cercano avivarán la llama de nuestro recuerdo. Pero cuando ellas también desaparezcan entonces nuestra llama en este mundo se habrá extinguido para siempre. Por qué no vivir en el recuerdo de generaciones futuras, como hacen los escritores y poetas. Esa inmortalidad literaria que se nutre de las pasiones humanas, que aunque cambian y se tergiversan con el paso del tiempo, son esencialmente siempre las mismas. Disculpad mi osadía, no pretendo igualarme en altura a la de estos grandes personajes históricos, sólo el tiempo será testigo de mi obra y me colocará en el sitio que me merezca.









MANIFIESTO


Como un niño pequeño deseoso de que llegue el momento para estrenar unos zapatos nuevos, así me encuentro yo. Estoy muy nervioso. Esta noche he vuelto a quedar con ella. La conocí hace casi un año cuando empecé a publicar mis escritos en mi espacio. Puedo decir que fue el destino el que se cruzó en nuestras vidas. Yo me encontraba navegando por Internet cuando de pronto coincidimos en una página literaria mientras leía los versos de un poeta de cuyo nombre no logro acordarme. Desde aquel momento nos hemos visto frecuentemente. Para mí ella es muy especial. Es muy culta, habladora, ama la poesía y la narrativa. Además le gusta venir disfrazada. Nunca me aburro a su lado porque normalmente tiene temas de conversación muy variados. Cuando estoy con ella desaparece mi timidez, mi hablar se torna lengua de poeta y mi imaginación se vuelve titánica para inventar maravillosos relatos. Si tuviera que decir cuáles han sido mis momentos de felicidad en este mundo, sin duda diría que fueron aquellos que pasamos juntos. Se ha convertido en mi confesora y no hay nada que mi alma se haya privado en contarle. Cuando hemos acabado nuestra enriquecedora tertulia nos metemos en el mismo lecho. Ella es muy cariñosa. No me abandona ni en sueños. Siempre está conmigo ahí presente. Me encanta estrecharla contra mi pecho, abrazarla, oler su cabello y besarle el cuello. La puedo sentir en cada poro de mi piel, en cada curva de mi cuerpo como si nuestras dos almas se fusionaran en una sola, un solo corazón latiendo por dos. Sólo me siento triste cuando falta sin avisar a la cita. Es entonces cuando no puedo dormir y permanezco en estado de insomnio hasta que despunta el alba. Espero que esta noche no sea una de esas. Por favor no faltes, inspiración.

CANCIONES DURANTE EL PROGRAMA:

Lectura: TU NOMBRE ES ABISMO DE AUSENCIA CADUCA
Música: Nothing else matters – Lucie Silvas

Lectura: TU RECUERDO Y LA LUNA
Música: Can´t fight the moonlight – LeAnn Rimes (version acústica)

Lectura: SOLEDAD
Música: Long night – The Corrs

Manifiesto
Música: Forrest Gump Suite – Alan Silvestri

Entrevista
Música: Now-We-Are-Free (Banda sonora Gladiador)


HIPERBREVES leídos en la madrugada del jueves 1 de junio:







Laura López:
La partida de póker.

En un tugurio infecto, cinco amigos jugaban una eterna partida de poker.Estaba la dama gris, que era la muerte y su compañera la guadaña; el hombre hermoso era el diablo y a su lado, el dulce y sabio anciano que es Dios; estaba la vocal que conoce todas las verdades del universo y el oso pardo.Se dice que el destino del universo dependía de quien ganara y que nunca había que interrumpirles... pero también puede que fuera mentira, y todo fuera para no pagar las bebidas que tomaban.Y un día, el diablo sacó repoker de ases.











Elena Pérez
Mar de Cristal

Jugaba con la cucharilla y el terrón de azúcar, observando cómo el café engullía el cubo de dulce refinado. El pelo le caía sobre los ojos, pelirrojo y fino. Bostezaba y se aburría. Él era joven, y escocés. Se acariciaba las finas y delicadas arrugas alrededor de sus ojos mientras lo miraba. Se acercó y lo besó durante varios segundos. Sabía que nada volvería a ser igual después de aquella noche. Ella era casada, y culpable. Apenas habían intercambiado palabras. Ella no sabía inglés. Tampoco necesitaron hablar, aquella noche sus cuerpos lo habían hecho por ellos. El de él, por primera vez. El de ella, recordando viejos poemas. Decidieron marcharse y, ya en el metro, se sentaron separados, uno frente al otro. Él no tardó en dormirse y ella se bajó, minutos más tarde, en la parada de Mar de Cristal.

jueves, mayo 25, 2006

Diversas autoras de Yoescribo en El Rincón Literario de 3 De Nit, con Sandra Llabrés y Joana Pol.

HIPERBREVES e HIPERBELLOS

En el programa del 17 de mayo quisimos homenajear a un par de autoras muy divertidas cuyas intervenciones en los foros del prestigioso portal literario Yoescribo.com llenan su espacio de humanidad, de belleza y hasta de risas, que son bienes muy preciados en un medio que a veces se muestra hostil para las personas sencillas y de gran corazón. De todos es sabido que los foros literarios a menudo se usan sólo con fines autopublicitarios (contra lo cual nada tenemos, ya que todos buscamos información, y los autores noveles pocos medios tienen a su alcance para publicitarse), pero lo que es en realidad preocupante es el hecho de que algunos sujetos utilizan el espacio de un foro para mostrarse snobs, criticones, abusones e incluso frecuentemente crueles con quienes, ya sea por ser mujer o por no tener pretensiones, como ellos, consideran "inferiores".
Por ello se quiso homenajear a esas compañeras que tan agradable hacen nuestro paso por los foros de Yoescribo y de su hermana catalana Joescric.com

Aquí tenéis sólo una pequeña muestra:



EL CUENTO HIPERBREVE.

Ya sabéis lo que se dice: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Es una de las máximas que se intenta mantener en la cultura del cuento hiperbreve: narrar historias completas con pocas palabras. Es más difícil de lo que parece! Y no obstante, es una disciplina que está muy de moda: nos los envían por teléfono, por correo electrónico, alguno de ellos acaba convertido en leyenda urbana, muchos en correos que pasan de mano en mano como cosa curiosa, el relato hiperbreve es lo más fashion!!!
Incluso se ha alzado un mercado en torno a ellos: los usan para anuncios publicitarios (sí, sí: ni idea tenemos de cuántos anuncios publicitarios de hoy en día, los más artísticos por cierto, han surgido bajo la sombra de un cuento hiperbreve!), para pequeños guiones de cortometrajes, etc.
Curiosamente, a pesar de la gran popularidad que algunos llegan a lograr, la mayoría se escriben desde el anonimato. Tal vez por eso los mismos autores renuncian conscientemente a su autoría, porque los consideran un género literario menor. Y sin embargo, muchos son auténticas joyas.
Juzguen ustedes mismos!!!!

SENZILLAMENT PERFECTES...


Els primers centelleigs de sol van il·luminar com foc els rosats merlets de la Torre de l'Est. En uns minuts, a mesura que l'astre rei ascendia, els seus raigs van anar lliscant-se cap avall, i quan ja acariciaven el llindar de la porta principal, van sonar a un senyal del Primer Ministre els primers tocs de cent clarins. A un costat i a l'altre de l'imponent edifici, la perla de la bella ciutat, esperaven dos destacaments de la Guàrdia Reial.

Enfront de L'Almudaina, muntat en un cavall de pelatge gris, tan brillant que semblava platejat, estava el Primer Ministre, i una mica més envant dos patges que subjectaven de la brida a altres tants cavalls blancs que serien la muntura del príncep i la princesa. El Ministre va somriure: havia sabut triar, doncs eren dos animals superbs, sense una sola taca o imperfecció en el seu polit pelatge, els bifis rosats, els narius dilatats i blavencs, les crineres onades i els cascs fins, nacrats. Eren senzillament perfectes. En aquell moment, un desagradable pudor va ferir les seves fosses nasals: una d’aquelles precioses bèsties havia amollat un gran cagarro, i a sobre, immediatament després, va deixar escapar un llarg i sonor pet que en el silenci expectant del públic va semblar un tro.

El savi li va dirigir una mirada assassina.



LIDIA CERVANTES. Autora de Yoescribo y de Joescric.


En una ocasión, habían dos enfermos en una austera habitación de un austero hospital.
El que estaba peor (por no poder, no podía ni tener el cuerpo semiincorporado, ligado perpetuamente a varios cables que le mantenían con vida) tenía la cama arrimada a la pared.
El otro, algo más restablecido, podía permanecer horas sentado en su lecho.
Este tenía más fortuna, pensaba el otro, le había tocado en suerte el lado de la ventana.
En los larguísimos días de inacabables horas, se dedicaba a amenizar la convalecencia de su compañero describiéndole el paisaje que se divisaba desde la alcoba.
Le hablaba de un parque de frondosos árboles el cual se hallaba, por los albores de la primavera, salpicado de multitud de precoces florecillas y vegetación diversa.
Había también una fuente a modo de abrevadero con dos chorros continuos de aguas cristalinas.
-Que dicha- pensaba el enfermo más delicado- poder ver toda esa delicia.
A las horas de sol, el paciente de la ventana, relataba a su amigo cómo los niños llegaban, alborotaban, jugaban en los columpios y después se iban.
En días de lluvia, le explicaba a su compañero, el ir i venir de la gente con paraguas de colores y cómo los pájaros buscaban refugio en la ventana o en la copa de los árboles...
Un día, el que estaba peor sanó y, cosas del destino, el que estaba mejor dejó este mundo sumiendo a su amigo, de largas horas de charla, en una profunda melancolía.
Algo mas repuesto pero añorado de su sempiterno relator, le pidió a la monja, que ocupaba el cargo de enfermera, que puesto que aún le quedaba mucho tiempo de estar allí, le permitieran heredar el lecho de su amigo ausente. La enfermera no puso la más mínima objeción conmovida por el gesto.
Ella y un par de auxiliares arreglaron la cama y después acomodaron al solitario paciente en ella.
Cuando hubieron salido de la alcoba, lo primero que el hombre hizo fue mirar por la anhelada ventana... No salía de su asombro. Allí solo había el estrecho pasillo de cemento de un patio, delimitado por un muro de ladrillo y... Nada mas...
Alarmado, llamo a la hermana y le preguntó:
-¿Ese muro? ¿Siempre ha estado ahí?...
-Por supuesto señor... Eso no se construye de un día para otro.
-Pero... Mi amigo me describía un parque, y una fuente, y unas flores...y...
-No lo entiendo señor. Si se refiere al hombre que ocupaba esa cama antes que usted...
Ese hombre era ciego...


CHARO BOLÍVAR.
Esta autora, también de Yoescribo y Joescric, es una de las contadoras de cuentos más hábil que conozco. Escribe muchas veces con su prima y socia Carmen. En breve las vamos a tener a ambas como protagonistas en uno de nuestros programas del Rincón Literario de Tres de Nit.


PUES SERÁ ESO.

Un señor pasea por la calle y se encuentra con un viejo amigo que hace muchos años que no ve (quizás desde la escuela). Después de los saludos y de preguntar por la familia se quedaron mirando el uno al otro. Al observar su felicidad y sus pómulos sonrosados, el primer señor no pudo por menos que preguntarle:

-¿Cómo lo haces para conservarte tan bien?

- Es que no discuto nunca con nadie- le respondió el viejo amigo con una gran sonrisa.

- ¡Hombre!- repuso el primero extrañado- ¡No será por eso!

El viejo amigo se encogió de hombros mientras decía:

- Pues bueno, pues no será por eso...


NUVISHU.
Autora de Yoescribo y de Joescric.

Na Núria és una forera àgil i entremeliada. Ella diu que no és escriptora, però hi ha que veure còm escriu...!!!



RÀPID!!!

Corria tan de pressa, que vaig enganyar el temps. Primavera, estiu, tardor, hivern, primavera estiu tardorhivern! Vaig avançar la lluna, vaig burlar-me del vent! I jo corria, avançava, volava! Volava per paisatges rectilinis, mars de tot, oceans de res, res més que jo. Jo? On? No hi soc, he fugit: he vingut, he passat i he marxat. Avançava tant de pressa, tant de pressa com la por. Trepidant lluita, esforç fugaç. Per què? Per què. Per què?!
[...] M’havia deixar el motiu a la sortida!!!!!

BARTOMEU MARTINEZ I OLIVER, entrevistado por Joana Pol y Sandra Llabrés en El Rincón Literario de 3 De Nit, de IB3-Radio.

Bartomeu Martínez y Oliver es el flamante autor de un libro BELLÍSIMO, y como regidor de Educación y Cultura del Ayuntamiento de Inca una persona muy implicada en el apoyo de la cultura y especialmente la literatura, ya que desde el Ayuntamiento de Inca se han realizado en los últimos tiempos MULTITUD de presentaciones de libros cuya existencia no hubiera sido posible sin el apoyo institucional.

Bartomeu Martínez estuvo en El Rincón Literario de 3 De Nit en un programa muy especial, ya que hablamos de arte y de literatura con una de las personas más implicadas en estos últimos años en el apoyo a literatos noveles o no tan noveles. A través de sus gestiones, el Ayuntamiento de Inca se cuenta como uno de los ayuntamientos que más apoyo en este sentido dan a la cultura en todo el territorio nacional. Pero en esta ocasión el protagonista fue su libro:


JOAN DAURER I LA TAULA GÒTICA DE SANTA MARIA D'INCA 1373



SÍNTESIS

La anexión del Reino de Mallorca al de Aragón el año 1349 obra de nuevo una corriente catalana que supondrá una nueva expansión mediterránea occidental con importantes cambios económicos, demográficos y culturales: es justamente un punto de inflexión de la edad mediana europea. El ámbito de la cultura y de el arte destaca por la gran proliferación de retablos con influencia catalanoaragonesa obrados y realizados por los pintores más vanguardistas del estilo gótico mallorquín como Joan Massana y Joan Daurer. La magia de la pintura gótica mallorquina nos ha traído a estudiar la historiografía de la época medieval como metodología y criterio por conocer e interpretar una obra de arte en concreto.
Este libro está escrito con la ilusión de comprender Santa Maria de Inca (1373) de Joan Daurer, obra paradigmática del arte medieval mallorquín porque hace referencia al primer pintor documentado en Mallorca y la primera pintura sobre tabla datada y firmada por un artista del siglo XIV. Desde el punto de vista formal y estructural, Santa Maria de Inca es el cuerpo central del retablo mayor que presidía la antigua parroquia inquera hasta que en el siglo XVIII se construyó el actual. A través de esta tabla viajaremos al universo artístico y sociológico de un pintor que representó La madona de Inca, nombre con el cual se conoce popularmente al municipio de Inca esta pieza de gran belleza, que muestra la finura de sus trazas, la elegancia, la gran calidad de la composición el dibujo y el cromatismo.
BIOGRAFÍA Y CURRÍCULUM DEL AUTOR

Síntesis del Curriculum de Bartomeu Martínez y Oliver (Inca, Mallorca 1978)

Bartomeu Martínez es premio extraordinario de licenciatura en Historia del Arte a la UIB (Matrícula de Honor 1996-2000) y Doctorando al Departamento de Ciencias Históricas y Teoría de las Artes con la tesis doctoral titulada Usos perceptivos y estéticos del arte religioso mallorquín de la época moderna. Liturgia y iconografía dirigida por la Dra. Mercè Gambús Sáiz y el Dr. Gabriel Seguí Trobat. Miembro titular del Comité Español de Historia del Arte (CEHA) es posgraduado y diplomado en Técnicas de Investigación Científica, Archivística y Paleografia Antigua y Medieval por el prestigioso centro estatal de altos estudios históricos de la Fundación Sánchez Albornoz (Ávila) y la Universidad Complutense de Madrid (UCM) (2000-2002).
La Universitat de les Illes Balears (UIB) y la Diócesis y Obispado de Mallorca becaron al joven investigador al Archivo Histórico del Santuario de Lluc el año 2002 por realizar tareas de investigación archivística de varias series documentales.
Estos últimos años se ha especializado en Técnicas Archivísticas y gestión de documentos (Universidad de Verano Tierras del Ebro 2004), Museologia, teoría y práctica del museo (UNED - Consejo de Mallorca 2004), Tasación de obras de arte (Instituto Superior de Arte IART, Madrid 2005). En referencia al ámbito del comisariado de exposiciones ha sido, entre las dieciséis realizadas, el vice-comisario de la exposición y catálogo Inca, imágenes de una ciudad, imágenes de un siglo (1900-2000) y Los Santos al Arte de Inca. Exposición del patrimonio artístico de Inca sobre los santos, su iconografía y veneración. Trilogía de arte sacro inquero (2001).
Ha impartido y formado parte de un total de veintisiete cursos, ponencias y conferencias entre las cuales podemos destacar Patrimonio religioso. Conocer por conservar dentro del Programa Gestión del Patrimonio Cultural (IMFOF, Ayuntamiento de Palma 2004), al XV Congreso Nacional de Historia del Arte (CEHA) con el título El mensaje perceptivo y estético del arte religioso mallorquín en la época moderna: la iconografía del missal romano (1506) y la última intervención VII Congreso en defensa de nuestro patrimonio Cultural de la Sociedad Arqueológica Lul·liana (SAL-CSIC) titulada Oratorio del Monte de Santa Magdalena lo monte de Inca: hechos históricos y arquitectura religiosa (2006).
Su actividad profesional se cifra alrededor de cuarenta cinco colaboraciones, catálogos, coordinación de ediciones, artículos de investigación y difusión Actualmente es miembro del Consejo de redacción de la Revista Lluc, de la Sociedad Arqueológica Lul·liana (SAL), de la Confederación Nacional de Archiveros, Bibliotecarios, Museòlogos y Documentalistas (ANABAD) y recientemente de la Asociación de Museólogos de España (AEM). Actualmente combina su labor científica y rigurosa de la investigación con la política, asumiendo el cargo durante la VII legislatura (2003-2007) de regidor de Educación y Cultura de la ciudad de Inca.

HIPERBREVES LEÍDOS DURANTE EL PROGRAMA



Eloy Alonso. Autor de cuya presencia disfrutaremos en breve en el Rincón literario de 3 de nit. Un cuento es el choque entre una voluntad y un obstáculo.


La búsqueda.
El joven príncipe había oído hablar de ella por las calles, por las plazas y por los caminos. No sabía cómo se llamaba la pastora, pero todos decían que su figura era impresionante y que el que la veía no la olvidaba jamás. Durante muchas semanas la buscó sin descanso por todo el reino, y al final, exhausto, llegó a la aldea donde vivía. Preguntó a todos por ella, pero no quiso saber ni su nombre ni su edad, sino solo donde pastaba su rebaño. Una anciana le señaló el lugar que buscaba. Sin darle tiempo a hablar, arrancó un puñado de flores del camino, montó en su caballo de un salto y se alejó a galope tendido sosteniendo el ramo en alto, como una bandera. Al llegar cerca del bosque la vio. Ella le devolvió la mirada y a él se le disparó el corazón en el pecho y casi cayó de su montura. Su figura era de veras impactante, inolvidable: ella era... ¡tan grande como una colina, y apacentaba un rebaño de monstruos!
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Galadriel


Hubo una vez una palabra llamada "Te" que vagaba solo por los desiertos vacíos, triste y desamparado. En el camino se encontró otra palabra llamada "Quiero" de la que se enamoró locamente. Formaron matrimonio y con el tiempo tuvieron un hijo llamado "Mucho", creando así la primera frase. El tiempo pasó y ocurrió que la primera generación de palabras nació y con ella, el primer libro. Siglos después, las generaciones de palabras aumentaron y no fue raro ver en las bibliotecas de los humanos montones y montones, miles y miles, de libros; resultado de dichas generaciones. Hablaban de amor, de aventuras, de religión, de cultura, de pasión... Hubo una época en que los humanos, sintiendose pequeños ante la creación de "Te" y "Quiero" decidieron quemar los libros que existieran; pero unos cuantos humanos creian que aquello era una aberración de la belleza y protegieron esos libros y en consecuencia, las generaciones de palabras. Otros, los no muchos, tratamos de imitar lo que nuestros padres, Las Palabras, nos enseñaron: amar y soñar. Porque, ¿que hay mejor en un libro, que te lleva a mundos desconocidos, que te hieren y no sangras, que te pegan y no te duele, que te aman y lo sientes en carne, que te hace viajar como si tu fueras el protagonista?


jueves, mayo 11, 2006

Sandra Llabrés y Joana Pol entrevistan a Armando Cubas Morales, el autor de "Crónicas de Atlántida"




Rincón literario
3 de Nit


Armando Cubas Morales

Lemas
“Lo más difícil de servir a los hombres radica en sortear el desparpajo con que ellos se empeñan en demostrar que no lo merecen” (Libro de Ys).
“Es sólo un acto de poderosa voluntad lo que mantiene unidos todos los átomos del Cosmos” (El Secreto del Fuego).





Música
Con la lectura del fragmento de Libro de Ys pudo escucharse de fonodo el 2º movimiento —Adagio— del 2º Concierto para piano y orquesta en do menor de Rachmaninov. Durante el resto del programa escuchamos entre otras la Música del Fuego Mágico de La Walkiria, de Wagner.


Manifiesto
En afirmar que los humanos desperdiciamos el talento a raudales, no hay novedad alguna. Tal vez recuerden Vds. la parábola evangélica del sembrador: según en qué terreno caiga, la misma semilla muere, produce una magra cosecha o reditúa el ciento por uno. Ahora mismo, niños con una capacidad equivalente a la de Einstein, Beethoven o Miguel Ángel están pasando por la vida sin tener idea de lo que es un guarismo, una corchea o un cincel y, a lo sumo, van a aprender a deletrear si, tras haber estado trabajando todo el día como adultos, aún les quedan ganas de andar los cinco kilómetros a que se encuentra la escuela de la misión. Si, hasta bien entrado el siglo XIX, excepción hecha de algunas reinas y santas, la historia humana sólo es masculina, ello no se debe a que, durante la revolución industrial, el sexo femenino experimentase una mutación: de haber vivido en el Renacimiento, Maria Goeppert Mayer, Dorothy Crowfoot Hodqkin y Rosalyn Sussman Yalow, por poner algunos ejemplos, sólo hubiera podido ser madres y esposas o monjas; su sociedad no le hubiese dado ninguna otra opción.
Con lo anterior no he pretendido descubrir la sopa de ajo. Si lo he traído a colación es porque, desde que se inició este programa, han sido varios los escritores inéditos —algunos, de gran talento— que se han presentado ante Vds. para explicarles las dificultades con que tropiezan para dejar de serlo. Les han hablado del desdén de las editoriales, del amaño sistemático de los concursos, del inicuo absurdo de acallar las voces propias en beneficio de las extrañas… Y les han hablado también, cómo no, de la frustración que su forzoso silencio les causa, y de cómo esperan que este Rincón Literario les ayude a ponerle fin. Mayor bagaje del que poseían antes de aparecer en él, seguro que tienen ahora. En cualquier caso, a todos les habrán servido las opiniones de Sandra y Joana, e incluso puede que algunos se hayan sentido confortados por el mero hecho de que alguien, por fin, los haya tenido en cuenta.
Pero tal vez no sea ocioso recordar que la única razón para ser escritor es sentir en la entraña la necesidad de serlo. Cuando la editora de Libro de Ys —convencida como estaba de que no— me preguntó si yo disfrutaba escribiendo, tras pensármelo un rato, le contesté que suponía que sí, pero que no me preguntara cuándo. Lo mismo que las anteriores, había compuesto aquella historia procurando no pensar en la altísima probabilidad de que, finalmente, sólo dos llegaran a conocerla: mi gato y mi imagen en el espejo. Y cuando, desde una idea atascada o una frase cuyas palabras se resistían a dejarse alinear, me asaltaba la representación de los anteriores fracasos, el único modo que tenía para exorcizarla, tirar los ingratos folios a la papelera e irme de paseo era repetirme que, a fin de cuentas, nadie me había demandado estar allí trabajando. Que yo sólo fuese capaz de vivir como obligación el hecho de escribir, podía ser tan faena como quisiese, pero que, por el cumplimiento de las obligaciones, no cabe pedir otra recompensa que la satisfacción del deber cumplido.
El reconocimiento ajeno, la fama, la gloria… nada de eso tenemos derecho a esperarlo. Ni siquiera, la seguridad de que nuestro trabajo es bueno. Quien, ignorante de esto, se acerque a la literatura en pos de recompensas, digámoslo así, terrenales, ha equivocado el camino de medio a medio. Antaño, durante el auge del folletín, algunos literatos sí que llegaron a ser héroes populares. Mas hoy, tan prestigiosa categoría se encuentra restringida al ámbito de los futbolistas, las estrellas del pop y el rock y los personajes y personajillos vendedores de intimidad criados a sus pechos por las televisiones.
“Sí”, me responderán, tal vez, Vds., “pero un libro es un hecho del lenguaje, y el lenguaje sólo tiene sentido como vínculo; esto es, en presencia de, como poco, dos. Por el propio mecanismo de las cosas, si escribir es una obligación, dar a conocer lo escrito forma parte de la misma obligación”.
Ahí es donde nuestro trabajo, el trabajo del escritor, debería terminar, y comenzar el de las editoriales. El rasgo más perturbador de ese paradójico deber‑necesidad es su decisiva vertiente ajena; el que, para rematarlo, necesitamos el concurso de una voluntad sobre cuyas decisiones carecemos de toda influencia. Y una voluntad que, por cuanto activada según vectores distintos a los nuestros, puede negarnos ese concurso, y que, es más, lo hace casi por norma.
Por si, de lo hasta aquí dicho, aún no se dedujese claramente mi postura, voy a especificarla con todas sus letras: para quien haya escrito un libro como se debe —es decir, volcándose— la obligación de publicarlo cuenta, como se dice en Derecho, “entre las perentorias”. Porque ningún trabajo ni desengaño va a recomerle más que la acusación de esa obra en que confía amarilleando despacio en una carpeta.
Así pues, que no se canse pronto, ni se deje intimidar por el miedo al rechazo. Y que tenga presente que unas malas, incluso unas muy malas condiciones de edición siempre van a ser mejores que ningunas. Puntualizar esto acaso parezca ocioso, pero no lo es en absoluto, con miras a lo que ahora viene.
Y lo que ahora viene es preguntarnos cómo contribuye la industria editorial española a la realización de ese deber‑necesidad que constituye el hecho de escribir. La respuesta, hubiera podido traerla con palabras más bonitas, pero no tan pocas ni tan claras: cumple detestablemente. La especificación del porqué nos vendrá de suyo tan pronto como hayamos desmontado uno de los tópicos de uso más corriente: el de que, en España, se está editando demasiado.
En España no se está editando demasiado; en España se está traduciendo demasiado. Ese mercado del libro de cuya saturación todos —editores, distribuidores, libreros…— se quejan o dicen quejarse, lo está de títulos escritos originalmente en idiomas extranjeros. Quien quiera la prueba, que se acerque al mostrador de novedades de cualquier librería y repase los anaqueles. El hecho de que algunos de los nombres ingleses que verá estampados en las portadas se correspondan, en realidad, con seudónimos de autores españoles, lejos de refutarla, confirma la anterior tesis.
Así es, señoras y señores. Y así va a continuar siendo. Y cuanto antes nos hagamos a la idea, antes habremos comenzado a adaptarnos: de los cuatro tipos del terreno aludidos por el evangelista, a los escritores españoles actuales de literatura fantástica nos ha tocado el espinoso: “(…) Otra parte cayó entre espinos. Crecieron los espinos y la sofocaron”.
Las editoriales españolas del género han reducido su tarea a traducir los títulos exitosos en el ámbito lingüístico más vasto y rico del mundo —el anglófono— para su difusión en el segundo, el hispánico. ¿Es de veras tan grande la diferencia de calidad como para justificar que, por esa regla de tres, casi toda la producción autóctona haya de quedar fuera del mercado? Podemos suponer que, entre lo grotesco y lo sublime, se encontrará toda la gama de grises. Y he escrito “podemos suponer” porque ningún profesional de la edición evalúa seriamente esas obras. Como, por otra parte, cualquier otra empresa, las editoriales, al realizar su programación, no pueden tomar en cuenta el material ni pedido ni deseado. ¿Para qué gastar entonces dinero y tiempo leyéndolo?
Esto, naturalmente, ellas nunca van a reconocerlo. Con todo empaque, afirman leer cuanto se les envía y que, cuando rechazan un original, es porque no merece ser publicado. Pero tales aseveraciones hay que tomarlas como lo que son: simples lemas publicitarios; un modo indirecto de proclamar que “lo suyo es lo mejor”. Me consta que algunos editores ni siquiera leen lo que publican. Podría dar el nombre de algunos —y de agentes literarios— que, de regreso de la Feria de Francfort, se jactaba de “haber comprado para tres años”… basándose en resúmenes de folio y medio.
¿Cómo compaginar la antes aludida obligación‑necesidad tan acuciante para el escritor con el nulo interés en favorecer su cumplimiento de quienes monopolizan los canales de difusión y distribución? Con carácter general, no tengo ni idea. Sólo puedo recordarles a Vds. el problema, que son quienes tienen, después de todo, la última palabra, y decir lo que me ha valido a mí: porfiar, porfiar y porfiar, siempre al quite de una rendija por la que poder colarse.
Con paciencia y buen ánimo. Y sin permitirse creer ni por un momento que se está perdiendo el tiempo. ¿En qué otro asunto de mayor interés puede ocuparse uno que en aquél para el que siente que ha venido al mundo?
Datos biográficos
Armando Cubas se ha descrito a sí mismo como un paradójico ganador… de premios de consolación y pedreas. Tres cosas hay en la vida, según la canción: salud, dinero y amor. Él, aunque trabajando duro, se ha hecho con las tres. Pero el éxito literario, lo que más ha deseado desde niño, siempre se le ha mostrado esquivo. Hasta ahora, en que todavía está por ver qué pasa.
A los trece años, tenía ya novelas escritas. En una, se atrevió con la crisis del siglo III. Cuando aún no había empezado a afeitarse, dejó temporalmente la ficción… para meterse a escribir una Historia Universal. Se quedó en la alta Edad Media, pero recopiló material hasta los siglos XIII y XIV europeos. Todavía conserva los tres volúmenes que completó.
Interrumpió el trabajo cuando, al hablar de él a su profesora de Historia del Arte, la dama no tuvo mejor idea que ridiculizarlo delante de toda la clase. Cosas de la educación de la época. Rencoroso como es, asegura no haber perdonado a Dante que, cuando visitó en su compañía los infiernos, aquella bruja no se encontrara entre Judas y Bruto en las mandíbulas de la Bestia.
A raíz del trauma, llevó luego en secreto durante años la excentricidad de que escribía. Tan en secreto, que varias personas de las que ha amado han entrado y salido de su vida sin sospechar siquiera que cultivaba “esa afición”. De quienes le ordenaban que fuese “como todo el mundo” —o sea, “que marcase paquete”, le gustasen el fútbol y la televisión e hiciese profesión de fe en el automóvil—, él se vengó haciéndose muy antipático, enamorándose de la Antigüedad greco‑latina, detestando los espectáculos deportivos —y los automóviles— y leyendo vorazmente. Esto último, su voracidad lectora, iba a reportarle durante su adolescencia un gran beneficio, dada la época: enterarse de que, en los libros de los sesenta, abundaban las descripciones tan sexualmente explícitas como se quisiera. Bastaba con el autor no militase abiertamente contra el franquismo —en cuyo caso, la obra se prohibía, pero aunque versara sobre cocina— y que el volumen fuese lo bastante gordo como para dar que pensar a los censores: “¡Total, para cuatro pirados que van a leerlo…!”.
Se llevó su primer coscorrón en eso de publicar a los diecinueve años, justo antes de irse a la “mili”. Testimonio, se llamaba la novela rechazada. Encima, como no tenía dinero para fotocopias, el original que había mandado a la editorial no le fue devuelto. ¡Igual después han escrito un best seller con su idea…! De ser así, mejor que no se entere, porque la obra tampoco estaba registrada.
Repitió sus esfuerzos a los veinticinco años y a los treinta y pocos, cosechando idéntico éxito que a los diecinueve: o sea, ninguno. En la “mili”, había comenzado a pergeñar la mitología desde la que, luego, iban a cristalizar las Crónicas de Atlántida. Armando, que se ha descrito a sí mismo como aedo, trazó el primer bosquejo de esta obra según los modos del oficio de Homero: como narraciones orales, y dejándose guiar por su instinto sobre cómo atraer al público y mantenerlo atento. Lira, Clito, Eole, Idamante, los Reyes Atlas y Hor de Hésperis, nacieron como protagonistas de cuentos en los bancos de la calle, después de que hubieran cerrado los bares, y en las odiosas vigilias del cuarto de guardia, a las que aquel huraño —y enamorado— soldadote se llevaba papel y bolígrafo para poder escribir apoyado en la bota.
Por los días en que mataron a Carrero Blanco, estaba ayudando en la campaña de Navidad de unos grandes almacenes, a la vez que estudiando 2º de Periodismo y preparando unas oposiciones al —entonces— Instituto Nacional de Previsión. Como prueba de que sabe organizarse y de que no teme trabajar duro, bastará con decir que no sólo llevó adelante las tres cosas —y aprobando curso de universidad y oposiciones incluso con nota—, sino que aún encontró tiempo para tontear con la militancia izquierdista de la época.
El trabajo que las oposiciones le depararon, y que se había buscado con fines exclusivamente alimenticios —como, en su casa, eran cuatro hermanos y el dinero no sobraba, desde niño había tenido muy claro que, si quería Universidad, tendría que pagársela él—, pronto empezó a darle alegrías. A los veintiocho años, aprobó dos oposiciones a la vez, simultaneándolas con un cáncer —la enfermedad de Hodkin— que, por lo menos, tuvo el detalle de no manifestarse hasta pasado el último examen. Una vez convaleciente, para recobrar el tono, inició su segunda carrera—Relaciones Laborales— y, casi coincidiendo con su finalización —y con su tercer fracaso en lo de publicar una novela—, obtuvo plaza en la unidad del Ministerio de Trabajo encargada de la elaboración técnica de las leyes y normas sociales. Armando ha seguido los pasos de Kafka en lo de ganarse el pan trabajando para la Seguridad Social, pero no en lo de considerar ese empleo una afrenta personal del Hado. Aunque, en sus treinta años como funcionario, no siempre ha encontrado motivos de disfrute en los puestos por lo que ha ido pasando, nunca ha llegado a vivir el domingo por la tarde como una autopsia. Está moderadamente contento de su remuneración y no se cura de decir que el Derecho es “la otra parte de su alma”: después de todo, a uno acaba gustándole aquello en lo que destaca, no al revés. Pese a lo cual, nunca se le había ocurrido representarse el trabajo como una alternativa a su actividad literaria.
Un informe elaborado por él vino a caer en las manos adecuadas: las de cierto catedrático que, aparte de ocupar en aquel momento un alto cargo administrativo, era subdirector de una prestigiosa revista jurídica. Ante el asombro de nuestro autor, un día le telefonearon desde la planta del Ministerio “a la que nadie sube”. Bajó trayéndose la propuesta de ampliar el informe de marras e insertarlo con todos los honores en “la revista”: en “aquella revista” para publicar en la cual magistrados y catedráticos hacían cola.
Nunca, ya está dicho, se había planteado en serio escribir sobre temas jurídicos. Era una novela —Antares— lo que, por aquellos días, le estaban devolviendo, una vez más, todas las editoriales en que la había presentado. Fácilmente se puede comprender que, la noche de aquella inesperada entrevista, se jurara “pasar ya de tanta tontería” y concentrarse en atender lo que tan inequívocamente se le presentaba en aquel momento como “la llamada del Hado”.
Durante años publicó lo que quiso en materia jurídica, sin que le rectificasen una coma ni le regatearan un céntimo. Mientras, el trabajo que compaginaba como “negro” del Consejo de Ministros y de las Cortes Generales, seguía deparándole satisfacciones. Aunque no sea con la firma propia, debe causar una sensación muy extraña verse publicado en el BOE. Nadie va a hacerse cruces porque los ministros no redacten de su puño y letra las órdenes que sus departamentos expiden. De ellos emana la autoridad democrática; justo para que aporten la técnica es que todas las administraciones cuentan con profesionales y expertos.
Pero, aunque procuraba contentarse con ese público de jueces, profesionales y funcionarios, nuestro autor sabía que algo faltaba. Que, por mucho que se lo repitiera, no se puede hacer pasar por “tontería” algo con lo que se venido ha soñando desde niño.
No se escribe por la fama, ni por el dinero, ni siquiera porque guste hacerlo: se escribe porque “se lleva el diablo dentro”. Tratando de soslayar esa —triste— realidad, Armando estudió otra carrera, aprendió inglés y francés, se buscó y consiguió ascensos… Mas no logró sustraerse al mudo reproche del cajón en que yacían sus novelas inéditas. ¿Hubiera podido no dolerle el fracaso de su más anhelado sueño?
Cuando se le hubieron acabado las excusas, se plantó ante el autor de su fortuna administrativa, el subdirector de “la revista”, le contó el argumento de Libro de Ys y le avisó de que, hasta que terminara de desarrollarlo, iba a suspender sus colaboraciones por falta material de tiempo. No sin cierta pena confesó más tarde a una amiga que, mientras su protector asentía y sonreía, creyéndolo en realidad afectado por el síndrome de Peter Pan, se estaba preguntando cómo podía haberse equivocado tanto con él.
Una pequeña editorial andaluza sacó por fin Libro de Ys el día en que cumplió cuarenta y nueve años. Aunque había empezado a escribirlo en 1998, recién acababa su tercera carrera, cuatro años más tarde, apenas si llevaba escritas cincuenta páginas. Tomada la decisión de volver a las andadas, completó las restantes trescientas en poco más de un año.
Y hasta aquí. Porque todo el resto es presente.


Obras (I)
Libro de Ys
Argumento


Atlántida es el Reino secreto de los descendientes de Prometeo, el titán que proporcionó el fuego a los hombres. En él habitan unos hombres muy especiales: los dotados de una voluntad lo bastante poderosa como para forzar al Hado a incluirlos en sus designios. La maduración de ese tipo humano ha sido la meta de un largo camino cuyos modestos primeros pasos se dieron, gracias a la recuperación de la magia, en un tiempo y lugar que estaban a punto de presenciar el retroceso de los hombres a la condición de bestias. Dicha magia salvadora consiste en el doble poder de curación y transformación, atribuido a los humanos en pugna con los de mando y defensa, propios de los dioses. Y el vehículo para la restauración de la magia fue el renacimiento del sueño de la Edad de Oro.
El ciclo Crónicas de Atlántida está dedicado a desarrollar toda la anterior historia. En Libro de Ys, asistimos al intento de reconstruir el primer Reino de los hombres tras el fin de la Guerra por el cielo. Intento, a la larga, fallido, porque, conforme a la promesa de Poseidón, sólo en la gran isla situada frente a las Columnas de Heracles habá de ser que su estirpe more por siempre feliz y libre. En la vastedad de los designios del Hado, los quinientos años que llegó a cumplir el Reino de Ys, enucleado en torno a su bella capital, la ciudad de Poseidonia, tenían como único objetivo refrenar la decadencia humana y, sobre todo, iniciar el grupo que, con el tiempo, llegaría a ser la gente del Rey.
El camino hacia el Reino atlante empezó cerca de donde el río Océano, tras haber dejado Thule atrás, gira para rodear a Gea por el lado de poniente. Allí, un grupo segregado de la gente de los libros —los descendientes de los once hijos habidos por el dios Poseidón y la maga Clito— osó dar a la promesa de su Padre, de que los protegería mientras no construyesen sus casas sobre el nivel de la marea, una interpretación diferente. Hasta entonces, ellos y sus antepasados habían morado sobre barcos, temerosos de la tierra firme; pero, tras un esclarecedor viaje de Lira, su dinasta, al oráculo de Poseidón en Corinto, aquel grupo de valientes dio en pensar que, si desecaban y reforzaban con diques un piélago de islotes formados de aluvión en el delta del río Erídano, no sólo habrían erigido un gran puerto y una hermosa ciudad anfibia, sino que continuarían acogidos a la sombra del dios. Por cuanto sus casas no habrían dejado de estar bajo el nivel de la marea.


Obras (II)
El Secreto del Fuego
Argumento


Tras diez años de combates -—diez años divinos equivalen a mil cien humanos—, los dioses han logrado expugnar la residencia de los titanes y sumirlos en el Tártaro, junto con todos sus siervos. Pero la toma de la fortaleza de Otris no ha proporcionado a Zeus el botín por el que se lanzó a la guerra: la Égida, cuyo dominio confiere, a través de la omnisciencia, la capacidad de disposición sobre las fuerzas naturales.
Cuando Cronos, el Viejo Rey de los titanes, hubo comprendido que su causa estaba perdida, había puesto a buen recaudo el más sagrado de los talismanes confiándoselo a una criatura de naturaleza equívoca, pero de valor y fuerza equiparables a los de Zeus. Incapacitados así de ejercer en plenitud el privilegio divino, cuando las criaturas supervivientes se vuelven hacia los dioses triunfantes para demandarles el alivio de sus penas, el cielo siempre les pone oídos sordos: sin la Égida, proclama Zeus, no se pueden remediar los males de fondo ocasionados por el conflicto; y, si se lanzara a arrebatársela a su custodio, tratándose de una criatura tan fuerte, cabe el riesgo de que en la confrontación quede arrasado lo poco que permanece en pie.
No bien hemos franqueado la puerta de este atribulado Cosmos, asistimos a la noche en que el Hado acaba de mostrar en el cielo, para que los empavorecidos ojos divinos lo lean, cierto párrafo de la tablilla en que están escritos sus más oscuros designios: si en veintiuna jornadas las dos estirpes de la casa Uránida, la humana y la divina, no han remediado los destrozos causados por la guerra, dándolo por inútil para el fin que lo inspiró, pondrá fin al presente universo. El pavor de los dioses supera toda medida; no tanto por la dificultad que entraña su propia tarea —recobrar la Égida—, sino ante la imposibilidad de que el otro linaje, el de Prometeo, cumpla la suya: la primera disposición de Zeus nada más llegar al poder había sido ordenar el asesinato de todos los que llevasen en sus venas una gota de la sangre del Portador del Fuego.
Estos son los primeros pasos de un periplo mágico, lleno de imaginación, a que el autor nos invita, atravesando los estupendamente descritos parajes del universo que ya nos mostró en su Libro de Ys. Mejor que yendo sobre los pies, sintiendo con el corazón de unos personajes no por fantásticos menos vivos y complejos, develaremos las verdades a medias y mentiras completas con que los inmortales acicatean el imposible anhelo de libertad de los hombres para obligarlos a realizar lo que, de todas formas, el inexorable Hado tiene previsto que se cumpla.


Crítica


Nos las habemos con un narrador lo suficientemente serio como para satisfacer tanto a quienes buscan el clímax narrativo, la caracterización, la trama, sino, también, a quienes anhelan encontrar algo de carne —ideas— en torno a los huesos. Sus historias son extensas e intensas, claramente magnéticas, erigidas sobre una combinación personalísima de los antiguos mitos; verdaderas fantasías clásicas, aunque con un toque de modernidad que les otorgan una nueva dimensión. Aun fuera de lógica, Armando Cubas consigue —¡y de qué manera!— adentrar al lector en su mundo. El trasfondo está cuidadosamente construido, y los elementos imaginativos se despliegan con una profundidad que no vemos frecuentemente.
La entidad psicológica de los personajes está perfectamente alcanzada. La envidia de Clito, la pasión de Éber, la pureza de Kurios, la combinación de firmeza e ingenuidad de Lira y Eole, el rencor de Yaenwaset, resultan, no sólo verosímiles, sino cercanos. Todos son, prioritariamente, sagaces y voluntariosos. Aunque las escenas violentas estén estar tratadas con detalle, en ellas sólo hay el énfasis justo para hacer patente que no se está ventilando nada decisivo.
Pese a la abundancia de secundarios —de quienes se nos cuentan con todo detalle los antecedentes y el destino final—, el autor no permite que los lectores pierdan en ningún momento el hilo de la trama. Curioso en extremo resulta el protagonismo, en Libro de Ys, de la gata Bast, al lado de la joven Lira. A través de ese personaje, Armando Cubas rinde tributo —más de admiración que de cariño— a Pato, su propio gato, otorgándole así la categoría de personaje literario.
El argumento central se encuentra apuntalado por numerosas historias transversales, algunas de las cuales tienen casi entidad independiente, de verdaderos cuentos. Muy llamativa resulta, por ejemplo, la referencia al —para nosotros, desconocido— origen submarino del apio, o a los efectos del agua de luna, un poderoso alucinógeno mediante el cual los Brujos enemigos de Ys habían destruido reinos enteros.
En resumidas cuentas: un panorama repleto de maravillas y sabiduría, de perspicacia y aventura. Ahora bien, debe quedar claro que el revelarnos los más profundos arcanos del universo es el simple pretexto de una novela urdida para conseguir el, para Armando Cubas, mayor de los logros.
Entretenernos.


Fragmentos (I)
De Libro de Ys
En el lugar donde, supuestamente, debía edificar su ciudad, había también una isla, pero tan desolada como las anteriores, y sólo un poco menos diminuta. Se trataba de un arco sucio, rocoso únicamente en el centro, largo como de cinco o seis estadios y tan estrecho que, en sus extremos, un adulto apenas si podría permanecer con los pies secos. A Lira no le costó nada localizarlo en el mapa, como tampoco el punto a que debían de haber llegado Éber y los suyos: otra isleta parecida a aquélla en el aspecto, aunque seguro que, también, en la nula habitabilidad. Uniendo sus extremos sobre la carta de navegación, ambas formaban casi un círculo; pero un círculo dentro del cual sólo podrían habitar los peces.
Desolada, aprovechando un momento en que nadie les oía, la dinasta no tuvo reparo en decir a Idamante que, si de veras Poseidón había resuelto permitir que sus hijos que morasen en tierra firme, debía haber encargado la elección del lugar a sus peores enemigos: no era ya que faltasen el agua potable y las tierras de cultivo, y que fuese aquél un paraje de inviernos largos y crudísimos, frecuentado, a lo que se veía, por los telquines y, lo que podía ser peor, por las galernas de Bóreas; era, simplemente, que no había bastante suelo en el que construir. Y no iba a suavizar sus pésimas condiciones el hecho de que, siglos atrás, hubiese estado cerca una de las principales urbes de la Edad de Oro, la capital del Reino Negro.
“De aquellos tiempos, lo único que resta es basura”, gruñó para sí misma, mientras rescataba de entre la arena, con los dedos de los pies, un collarcito que antaño debió de pertenecer a una esclava o a una niña. Estaba compuesto por cinco hileras de cuentas marrones, unidas formando óvalos concéntricos, al modo de una tela de araña. Pensando en las hermosas piezas procedentes de aquella época que ella y casi cualquiera de las once casas guardaban en sus camarotes, estuvo a punto de lanzar otra vez el juguete al agua, pero luego, en atención a su gran antigüedad, lo guardó entre los pliegues de su túnica con la intención de observarlo más detenidamente. Y ya no volvió a acordarse de él.
En medio de un desanimado silencio, repartieron las raciones de la cena. Alegando el general cansancio, Idamante insistió en que dejaran las discusiones para el día siguiente y se fueran a dormir. Aunque tal cansancio era, sobre todo, anímico, no quiso permitir que Lira se enfrentase, en aquellos momentos de extrema vulnerabilidad, a las risitas y los comentarios de burlona conmiseración que ya se habían empezado a cruzar a sus espaldas.
Sin embargo, al preguntarle a ella, se sorprendió de no encontrarla vencida. Lira, en efecto, se había recobrado muy rápido, a impulsos, curiosamente, de una sensación desagradable: la de quien descubre, justo en el momento de abrir la boca, que ha olvidado lo que se disponía a decir.
—Sé que lo tenemos casi en la mano, pero que aún se nos escapa algo esencial—, le espetó. Y, resignadamente—: quizás mañana la luz de Apolo nos ayude. ¡Lástima que a mí vaya a tocarme esperarla despierta!
Pero se equivocaba. No bien estuvo reclinada junto a Idamante, se encontró ya dormida, y soñando. Y, en el sueño, se vio en la atalaya de un gran templo, contemplando un panorama tan extraño que no acertaba a identificarlo. Las criaturas de las nubes lo hubiesen podido describir como un pectoral hecho a la medida de Océano, un fastuoso engarce de luceros y lapislázuli; mas a ella le pareció más bien una criatura viva: un ser cuya fantástica anatomía se desparramaba sobre Océano en sucesivos anillos de azul, luz y piedra.
No sin esfuerzo, tras haber identificado de las emociones que la embargaban numerosas motas vivas, acertó a comprender que se trataba de una ciudad. Que brillaba como un sol menor, pues sus ágoras y edificios se hallaban profusamente iluminados, y los canales que tenía por vías, al recoger aquella luz, hubieran podido pasar por hilos de diamantes.
Con la libertad que le proporcionaba su condición de soñadora, lanzose a disfrutar de aquella nueva e insólita amiga. La caja torácica sobre la que encajaba su esqueleto estaba compuesta por cinco anillos minerales, más o menos concéntricos, todo a lo largo de los cuales habían florecido variopintas masas de vegetación, tan profusas y llenas que igual se hubiera podido encontrar en ellas el manzano de las Hespérides. Conjugados con los altos árboles y los coloridos macizos de flores, se distinguían aquí y allá numerosos edificios, cuya geometría proclamaba la intención de no disciplinar los cánones naturales, sino de trabajar con ellos y, a lo sumo, buscarles una réplica; pues todos se adaptaban a formas propias de la naturaleza, o que la naturaleza no hubiese desdeñado adoptar. Y, como si los arquitectos de aquel sueño hubiesen querido realzar lo más bello y útil poniéndolo en alto, a modo de capuchón contra las intemperancias de los cielos, Lira supo que tales maravillas encarnaban escuelas y bibliotecas, así como algunos templos. Aunque, de entre éstos, ninguno tan majestuoso como el que le estaba sirviendo de complaciente atalaya: el dedicado a Poseidón Crónida, Viejo de las Aguas, Padre de la Ciudad y Padre del Pueblo, que, de pretenderlo, hubiera podido jactarse de que, tras aquellas impecables columnas, se le tributaban mayores y mejores honras que a ningún otro dios.
De pronto, sin transición, un capricho del sueño la puso en el mismo lugar, pero bajo los rayos del día. Y el carro del sol le mostró que, desde el variopinto engarce de los grandes anillos, se desparramaba una profusa osamenta de vías y canales, pequeñas o grandes ágoras sobre las que rodaba la vida en sus infinitas manifestaciones. Y arriba y abajo, entrando y saliendo, acá y acullá, embebidos unos en sus negocios, atentos a su descanso y placer la mayoría, vislumbró los moradores de aquel Elíseo: sanos, bien alimentados, bien vestidos, la ciudad en que moraban era tan hermosa porque reflejaba y traducía a materia su felicidad, y Lira, entendiéndolo así, rebosó de placer.
Atónita, asistió al tráfico de las mil coloridas embarcaciones sobre el impecable azul. No habiendo olvidado que, durante siglos, su patria había estado sobre barcos, llegada la hora de anclarse en tierra, aquellos hijos de lo insólito se habían llevado a Océano a morar con ellos, injertando así los tres colores vivos en un mosaico participado por tierra, agua y verdor. Saltaba a la vista que, de no haber sido por la aquiescencia del gran Río a libar en aquella increíble flor anfibia, bastaría una pleamar algo viva para que el agua sobrepasase el anillo exterior e inundase la mayor parte de la ciudad, con sus mansiones y jardines. A cambio, su bonachona colaboración había dado lugar a la única obra que hubiera podido competir con el templo dedicado a su Rey: una malla de canales y esclusas que disciplinaban el tránsito del agua y doblaba las principales vías de la ciudad en malecones de un fabuloso puerto.
Un puerto nacido no por orden de Urano, sino por la humana determinación de maridar a Gea y a Ponto precisamente allí, donde no se podía, ni, acaso, se hubiera debido. Con calado suficiente para albergar a cualquier barco de la ecúmene, y tan próspero que desde y hasta él llegaban y se expedían, sin faltar una, todas las riqueza susceptibles de mover en los corazones la próspera envidia. Y era no sólo el puerto más grande y concurrido, sino también el más seguro, pues el sistema de esclusas permitía a las naves de cualquier calado ingresar tras las enormes murallas recubiertas de planchas metálicas y desplazarse por los canales interiores, adonde no hubiera podido seguirles ni toda la flota de los telquines.
La bocana principal dejaba a la izquierda el peristilo del gran templo blanco, cerca del largo y estrecho istmo que unía la ciudad con tierra firme, y tenía delante, hasta donde se perdía la visión, regulares como olas de piedra, las amarillas y azules casas de los hijos del dios. Por ella entraba un canal que constituía el espinazo de la ciudad, de la misma forma que los cinco anillos eran su caja torácica. Su anchura no debía ser inferior a tres arpentos, y cruzaba de extremo a extremo tras haber recorrido cincuenta estadios desde el mar abierto. Surcado por una profusión de velas, blancas y redondeadas como nubecillas, Lira tuvo la sensación de estar contemplando, más que una vía de agua, un cielo viajero.
No habiendo necesidad de soñar más, se despertó con los ojos llenos de lágrimas: había comprendido.
Fragmentos (II)
De El Secreto del Fuego
—Cuando Urano juzgó preparado al Cosmos para continuar sin él, llamó a su presencia a los gemelos Cronos y Jápeto y les confió, al primero, sus obras y, al segundo, sus esperanzas. —Kurios, creyéndolo extraviado en las complejidades del relato, había decidido comenzar por el principio—. A Cronos, nuevo Señor del Mediodía, para soporte de su Reino, el Padre Antiguo le otorgó el poder y, como agentes de su autoridad, a los otros titanes, que ya habían gobernado junto a él. A Jápeto, en cambio, por cuanto, en su calidad de Señor del Horizonte, debería guiar la Obra hacia la culminación de su destino, le concedió plena libertad para erigir su Reino sobre cualesquiera bases. Y así, el titán, tras haberse hecho aconsejar por su hijo Prometeo, el más sabio de los vivientes, le demandó el perfecto poder: el Metathesis Katischuo, la magia, o poder de cambio, la capacidad de penetrar en las percepciones de los restantes seres y de insertar la propia voluntad en los aglomerados de causas desde los que precipitan y a los que se reducen los diversos fenómenos naturales. O, lo que viene a ser lo mismo, el poder de entendimiento y el poder de cura, el dunamis dianoia y el dunamis therapeuo; el primero, para introducirse sin perturbarla en la experiencia de todos los seres, y el segundo, para actuar sobre cualquier agresión que altere un estado armónico. Para siervos, Jápeto, siempre aleccionado por Prometeo, consultó el oráculo de Gea, quien le hizo reparar en los hombres. “Su destino es la libertad”, comprendió, en seguida, el titán.
»Como las restantes especies animales, los hombres habían nacido del árbol Druinas, pero, en vez de bajar a la tierra, tal como su morfología propiciaba, se habían quedado a morar entre sus ramas. Cuando el Japetónida trató de hablarlos, escaparon hacia las alturas, pues nada querían saber de los titanes ni de sus tribulaciones. Mas Prometeo cantó tan hermosamente al pie del Druinas que ellos no pudieron sustraerse de escucharlo. Y así tuvo lugar el primer Zugos, la primera Asamblea de la Balanza. “Vuestro gran número y la brevedad de vuestras vidas serán garantía de búsqueda intensa, de superación”, les ofreció el Japetónida. “¿Y qué deberemos aportar nosotros?”, replicaron ellos. Y Prometeo: “Vuestra voluntad, para que se inserte en el designio de la Moira”.
»Colocadas ambas prestaciones en la Balanza cuyo fiel es una pluma, el platillo que contenía la obligación de los hombres se reveló mucho más pesado. “¿Demandando quebrantos que tú no has de padecer, esperas que mi Balanza se equilibre?”, increpó, en seguida, Metis al titán. Entonces, él arrojó al plato su inmortalidad. Mas aún la infalible pluma continuaba desequilibrada. “Si aceptan tu dádiva, perderán la inocencia y, con ella, la felicidad”, le hizo notar la Ciega. “Para que la transacción sea justa, deberás aportarles la esperanza de que, yendo por tu camino, algún día volverán a ser felices”.
Mucho turbaron tales palabras a Prometeo, pues, dada la condición del trabajo para el que reclamaba a los hombres, las sabía de antemano imposibles de cumplir. Pero entonces se le ocurrió que, si no con una dádiva igual, la Balanza también podía equilibrarse con un sacrificio igual. Para él, la felicidad radicaba en su fecunda contemplación de la Obra, en el continuamente renovado goce de sus maravillas; en la inmediatez con que su rico intelecto aprehendía hechos, esperanzas y ambiciones y los hilaba en nuevas y más ricas texturas. Abdicando de todo ello, aceptó el error, el fracaso, el agotamiento, la desesperación de la búsqueda infructuosa, la tensión entre trabajo y ociosidad, la tentación de abandonar… Hecho lo cual, ambos platillos se igualaron.
»“Aunque la Moira no te ha condenado a trabajar ni a morir, vas a penar con nosotros y a morir como nosotros”, se admiraron los hombres. “¿Cuál es tu provecho en ello? ¿Cómo puedes pretender que esa Balanza está equilibrada?”.
»“Todo cuando abandono carece de valor comparado con el prodigio de vuestro destino”, replicó Prometeo.
»“¿Un prodigio superior al poder y deleite eternos que te corresponden en tu calidad de titán? ¿Qué puede haber en nuestro destino comparable a eso? No somos mejores que simios”.
»“Si le diera un nombre, sería un gran nombre de poder; por tanto, no habré de hacerlo hasta que vosotros, sus portadores, lo hayáis aceptado”.
»Por la mirada que los hombres se intercambiaron, el Japetónida supo que había ganado: pues el brillo que había visto refulgir en sus ojos era el de la curiosidad.
»“Sea como quieres”, aceptaron por fin. “Mas, por cuanto pareces comprender nuestro destino mejor que nosotros, deberás ser tú quien nos gobierne”.
El titán se avino. Entonces, ellos descendieron del árbol y, desprendiéndose del vello corporal, se cubrieron con vestidos. Y aprendieron a hablar, y a entonar hermosos poemas acompañándose por el arpa y la lira, y a trabajar la tierra, y a morar en ciudades, y a valerse de herramientas. Y, erguidos por primera vez sobre sus piernas, renunciaron a desplazarse apoyando las manos en el suelo. Y Metis, la Sabia, levantó escrupulosa acta de lo sucedido, pues todo era justo.
»Así dijo, a continuación, el Rey: “Para que nunca hayáis de quedaros huérfanos, jurad también a aquellos de mis hijos en quienes sintáis un respeto por vuestro hado equiparable al mío; pero escuchaos atentamente al elegir, pues, si errarais, haríais sufrir indescriptiblemente a las víctimas, que no podrían soportar en sus corazones el Kruptos Pur, el Secreto del Fuego”. Obedientes, los hombres, de entre todos los Prometeidas, aclamaron Reyes a diecisiete: nueve varones y ocho féminas. Los varones fueron Erídano, Etneo, Hélade, Helén, Deucalión, Hiperión, Lico, Rígel y Quimereo; las féminas, Ebla o Yebla, Chipre, Elea, Hélade, Hésperis, Lira, Mira y Tebe, siendo gemelos Helén y Elea y ambos Hélades. Después de que hubieran agrupado a los hombres tras ellos y constituido Reinos con sus nombres, Prometeo les fue comunicando uno a uno el Secreto del Fuego. Ya por último, los hombres acordaron para todos los electos el privilegio Real. “Sabed, Reyes”, dijeron, “que nunca en asamblea presidida por alguien de vuestra casa habremos de votar resolución de la que pudierais sentiros avergonzados”.
»En el compromiso con lo justo que se deduce de tales palabras, en esa atribución, libremente votada para Prometeo y su estirpe, de vedar las decisiones de grupo a las pasiones destiladas por los animales instintos de jerarquía y territorio, es en donde radica el privilegio Real, ése mismo ante cuya mención, antes, has mudado de color. ¡Tú sabrás la razón, pero ten por cierto que nunca fueron tan grandes los hombres como cuando lo aplicaban, a más de tan sabios y virtuosos! Respecto al Secreto del Fuego, ignoro, obviamente, en qué consiste: sólo Reyes pueden conocerlo, y sólo Reyes, por ende, transmitirlo. Tendrá que ver, me supongo, con esa intuición de Prometeo acerca del destino de los hombres, plasmada en su demanda de que se integraran en la vida creativa. Pero, entre las escasas certezas que se puede albergar al respecto, figura la de que no contiene desposesión de nadie ni atribución injusta para nadie, y menos que para nadie, para los dioses. ¡Solamente los Crónidas podían afirmar otra cosa, por su arraigada convicción de que todo aquello que no controlan es porque se lo han robado!



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