Booktrailers de BELLVER-Joana Pol

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jueves, julio 20, 2006

Montserrat Rovira Centellas- "Mon" en IB3-Radio con Joana Pol y Carles Riera.

En un emotivo programa de homenaje a su padre, a quien nuestra amiga Mon (Monserrat Rovira Centellas) acababa de perder, Joana Pol entrevistó en el Rincón Literario de 3 De Nit, en la IB3-Radio, a la escritora catalana Monserrat Rovira. Carles Riera interpretó en esta ocasión el texto de la lectura de la autora. Este es un extracto del programa.





Lema

De no alcanzar la verdad, todavía puedo inventarla creándola en la ficción.

Biografía

Nací en Badalona el 8 de enero de 1964, mi nombre es Montse Rovira Centellas, aunque suelo firmar mis escritos como: Mon.

Mi viaje en el campo de los literario se inició en 1998, año en el que empecé a asistir al taller literario impartido por Mónica Cano, en la Casa Elizalde de Barcelona. En el 2000 pasé a ser tallerista con el autor teatral Ènric Nolla, trabajando ya los aspectos de relato corto avanzado.

En el 2000 participé en la creación de la revista literaria, Consigna, que se distribuyó de forma gratuita durante un año. Del 2001 al 2003 fui fundadora e integrante del grupo literario, Lencería Fina, del que formamos parte seis escritoras noveles y a través del cual dimos a conocer nuestra obra a través de lecturas públicas de nuestras colecciones de cuentos: Trastos y Dies Irae. La primera de las dos fue adaptada al teatro por el grupo amateur Disvauxe.

A mí vez he impartido varios talleres de escritura, tanto particulares como en entidades privadas.

Actualmente estoy trabajando en un libro de cuentos que se titulará: Hijos del aburrimiento del Gran Hacedor. A la vez que he presentado relatos a dos certámenes literarios todavía pendientes de resolución.

Doy a conocer mi obra en mi bitácora: http.://monro.blogia.com/ ; y en los foros de las páginas http://www.cafedeartistas.com/ y http://www.el-recreo.com/


Manifiesto

Nací mal comedora en el seno de una familia de contadores de cuentos. Crecí escuchando el relato de sabrosas anécdotas que eran narradas con el buen hacer de los oradores natos. Y hasta tuve el privilegio de que mi padre inventase para mí dos personajes, un elfo atrevido y un gnomo prudente, cuyas aventuras me explicaba cada domingo a la hora del desayuno. Todavía hoy, cuando como un bocadillo de tortilla no puedo evitar recordar a Andrómeda y Tartufo.

Camino del agua


Aquellos veinticuatro años habían arrinconado su libido contra las cuerdas. Gloria descubrió que Eduardo, el poeta de la calle, ya no era el mismo, mientras ella hacía su consabido paseo ritual para conjurar su último desamor. Gloria, que había recibido una insinuación galante de Eduardo cuando ella vestía de corto sus dieciocho recién estrenados.

La falda de Gloria se había ido alargando conforme aumentaba su edad, pero ella seguía sintiéndose atractiva, después de todo continuaba usando la misma talla que a los dieciocho, ahora, que ya pasaba dos de los cuarenta. Y, sobre todo, conservaba el mismo ánimo. Gloria se sentía feliz de vivir en una ciudad que posee un paseo mágico, porque mágicas tenían que ser Las Ramblas cuando uno se puede sentir turista por el precio de un billete de metro. Sí, incluso en sus purificaciones contra el desamor, Gloria se dejaba embobar mirando periquitos y peces de colores; lanzaba guiños a las “esculturas” vivientes por ver si perdían su concentración, esa tarde misma había arrancado una media sonrisa a una “estatua de la libertad”; perdía la mirada en los puestos de flores eligiendo mentalmente el ramo que le agradaría recibir por sorpresa; y seguía empeñada en contar los cristales de colores del rótulo de la Boquería y en contar las teselas del mosaico de Miró. Eduardo ya no veía aquello, simplemente se había resignado a ser parte de ese paisaje urbano.

Eduardo se sentía cansado, siempre era lo mismo: transeúntes ociosos se detenían ante su tenderete, leían un poco y dejaban sus libros para irse a comprar un ramo en la Rambla de las Flores o unas barritas de sándalo en los puestos de la Rambla de Santa Mónica. Estaba también cansado de las celebraciones en su tramo, la Rambla de Canaletas, casi lamentaba haber bebido de esa fuente porque quizás de no haberlo hecho ya habría regresado a su Buenos Aires natal en vez de soportar frío y calor entre la algarabía de festejantes. Eduardo ya no tenía equipo ni militancia y aquellas manifestaciones le dejaban una impresión de ridículo y vacío.
Gloria tampoco había celebrado la última liga, a ella ya no le interesaba el fútbol, ni siquiera había visto las imágenes de los destrozos en los telediarios. Seguía sus propios ritos, ajena a sus conciudadanos. Eduardo también era ajeno a las celebraciones, pero ya ni siquiera creía en rutas propias, se limitaba a caminar los pocos metros desde la calle Hospital hasta la calle Tallers para plantar su puesto con más pena que gloria. Gloria descubría novedades en sus miradas a lugares antiguos, era miope, pero sostenía la idea romántica de que su visión borrosa convertía el mundo en pinturas propias del pincel de Leonardo. Eduardo también era miope, pero no había hecho de su deficiencia visual un algo poético, incapaz de ver a lo lejos, su mirada se había vuelto hacia adentro, por eso sólo daba conversación por rutina; cargaba con su cortedad de vista y sus charlas ocasionales con la misma paciencia con la que cargaba con sus paquetes de libros y sus bártulos para apenas vender nada. Las mágicas ramblas de Gloria no existían para Eduardo.

Hacía veinticuatro años que las miradas de Gloria y Eduardo no se cruzaban, aunque él no había faltado a su puesto ni en los días de lluvia y ella había perdido la cuenta de los desamores vividos y conjurados en aquel paseo. A Gloria le asustó lo que vio en los ojos de Eduardo: una vida rota en su perderse en sueños no cumplidos, una mirada anciana que ya no respondía a la sonrisa de ella, simplemente ni la veía aunque posase los ojos en ella. Se asustó porque Gloria no quería marchitarse en una acera por especial que ésta fuese; mecánicamente buscó esas gafas que siempre llevaba en su bolso por si se terciaba ver una película subtitulada y se las puso. Se andaría con vista desde ahora, no fuese que también los sueños rotos marchitasen su sensibilidad antes de tiempo.

lunes, 08 de mayo de 2006

1 comentario:

Charo dijo...

Mon, me has hecho dar un paseo por Barcelona con tu relato. Precioso, aunque no pude escuchar el programa,pero su lectura es eso, un paseo por el amor y el desamor amparado en el marco de la Ramblas. En principio pensé que quizás te referías a las Ramblas de Badalona (y a su calle del Mar tan bonita), pero pronto me he dado cuenta de que no.
Felicidades, ahora sabes la emoción que se sienten cuando alguien lee un relato tuyo por la radio. Ese momento nadie te lo puede arrebatar, y es maravilloso
Felicidades

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