Booktrailers de BELLVER-Joana Pol

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jueves, abril 26, 2007

Armando Cubas Morales, entrevistado por Sandra Llabrés y Joana Pol en ib3-Radio

Los seguidores del Racó Literari de 3 de Nit tuvimos el privilegio de contar, al cumplirse casi un año del nacimiento del programa, con una segunda visita del autor Armando Cubas Morales. Digo bien, la segunda visita, pues Sandra Llabrés y Joana Pol ya tuvieron un primer encuentro con él, pero sólo los habitantes de las Baleares pudimos escuchar el programa en aquella ocasión, pues la conexión vía internet fue imposible. Como podréis ver, el programa dio mucho de sí y valió la pena. No os perdáis la lectura de la sinopsis de Libro del Retorno, la tercera entrega de Crónicas de la Atlántida de Armando Cubas Morales, en primicia para IB3-Radio y sus oyentes.



Lemas
«Vivir la vida es llevar a cabo el trabajo para el que uno ha nacido» (Albert Camus)

«En los tiempos sombríos,
¿se cantará también?
También se cantará
sobre los tiempos sombríos» (Bertolt Brecht)



Semblanza del último año


Hace unos días, me telefoneó mi amiga Joana Pol. Por si alguno de Uds. lo ignorara, las historias que Joana escribe sobre el país de las hadas no son novelas ni cuentos, sino reportajes.
—Pronto va a hacer un año desde que realizamos el Racó Literari sobre ti, y nos gustaría saber cómo te está yendo. ¿Qué te parece si, para abril o mayo…?
Eso, a bocajarro. Y yo escuché tras mi cogote el pitido de la Moira señalando el fin del recreo.
Joana, por supuesto, sabía que, en el último año, apenas si he escrito. Con el ofrecimiento, no pretendía sino inducirme a que me sacudiera la modorra. Si conocen Uds. a alguien más deseoso que ella de echar una mano, juéguense a la ruleta sin miedo el plazo de la hipoteca, pues, con la suerte que tienen, el envite va a hacerles multimillonarios. En esa disposición a ayudar y en su voluntad de justificar y disimular cualquier yerro ajeno, es en donde más patente se hace que Joana Pol es un hada. Y no un hada cualquiera: un hada la mar de estilosa.
El cante de lo que yo estaba pasando, seguro que se lo había dado Deinqaal, el duende que camina dentro de las zapatillas de Eloy Alonso. ¡Sí, ése cuyas facciones, superpuestas a las de mi amigo y colega, replican casi exactamente, a la distancia de un semáforo, las de Cervantes de joven! Poco antes de la llamada telefónica, Eloy–Deinqaal había venido a proponerme una razzia en el corral del las Musas, y yo le había respondido que no, que tenía que poner la lavadora, pues, a la tarde siguiente, debía coger otra vez el avión. Quienes de Uds. lo tengan de jefe de calderas, saben que los pinchazos de su tridente —ese híbrido variopinto como una paleta y melifluo al estilo de una nota de violín— suelen ser livianos. De ahí que su ataque, principalmente, me sorprendiera, aunque, claro, también me dolió: Deinqaal no deja de ser un demonio.
No es que le hubiese importado que mintiera. Si Joana Pol es un hada con estilo, Eloy Alonso es un diablo–artista. Pregúntenle qué prefiere, si la verdad o una mentira estética, y les replicará que qué han bebido. Fue uno de su estirpe quien dijo aquello de «La verdad os hará libres y, justo por eso, inmensamente desgraciados». No, no. Había sido la roma originalidad del embuste lo que le había hecho montar en cólera.
—¿Que no tienes ganas? —No preguntaba: rugía, ensartaba—. Y ¿quién te ha dicho a ti que se escribe por ganas? Por ganas, uno va al cine, se emborracha o hace el amor. Pero ¿escribir…? ¿Es–cri–bir…? Se escribe porque no hay más remedio; porque es el trabajo que se ha venido a hacer a este mundo.
“Porque es la condena que toca cumplir en este infierno”, pensé espetarle. Pero, dado que Deinqaal es un obvio morador de infiernos, mi acotación en nada hubiese variado su aserto. Probé, entonces, a defenderme con la verdad:
—¡Si es que no se me ocurre nada!
Inútilmente. Él, encogiéndose con ferocidad de hombros:
—Ni se te ocurrirá, a menos que te pongas a ello. Como bien sabes, por otra parte: tú no crees en la inspiración, y yo, ni te cuento.
Atento únicamente a salvar la cara, traté de defenderme ahondando en la misma dirección. Era inútil buscar otra más exitosa.
—¡Vivo veinte de cada treinta días en la ciudad que debió de inspirar a Michael Ende la descripción de la nada! ¡Un lugar en el que es tan raro que amanezca que, cuando sucede, acapara las portadas de los telediarios, y los periódicos tiran ediciones especiales! Y ¿ lo que llueve…? Si hubiera sido verdad que Océano se desfonda sobre el abismo en alguna parte del mundo, el sumidero estaría ahí. ¿Te concentrarías tú de morar en un sumidero?
Pero Deinqaal, implacable:
—En Flandes se puso el sol hace ya muchos siglos, así que no vengas ahora haciéndote de nuevas. Lo que sucede realmente es que te has hecho muy comodón. En tus buenos tiempos, te bastaba una servilleta de papel para escamotearte de trece sujetos, por aburridos, terriblemente aburridores. Recupera algo de aquello, y punto.
¡Y punto! ¡Claro! Y punto. «Vivir la vida es llevar a cabo el trabajo para el que uno ha nacido». Sí, sí; ya, ya… Suspiré en silencio, preparado para rendirme.
—Llevas toda la vida queriendo ser escritor. ¿Qué te pasa ahora?
Era demasiado. En un rapto de insania, aún parecía que quisiera machacarme. Le salté al cuello:
—¡Llevo toda la vida obligado a ser escritor, que no es lo mismo! Si me hubiera sido dable elegir, yo hubiese preferido ser músico.

Manifiesto

Joana, el hada de los premios Nobel futuros, me ha anunciado su visita. Cercana la hora, me siento tras el escritorio, procurando —y fracasando en— adoptar un aire relajado. Cuando ya sólo faltan unos segundos, caigo en la cuenta de que, mejor, hubiese ocupado el sillón de orejas que tengo en el sitio de respeto, en vez de en este pupitre, como un examinando. Lamentablemente, el hada Joana, materializándose con puntualidad de diario hablado, me impide rectificar. Hay mucha verdad en eso de que «el español piensa bien, pero tarde».
Yo había esperado una irrupción más aparatosa, con chispazos, estrellitas y sonar de clarines. Pero todo se reduce a que, entre dos latidos, paso de estar solo a hallarme en su presencia. Sin ningún motivo en realidad, me la había representado con la misma nariz ática, frente espaciosa, ojos de lechuza y peplo columnario de la Pallas Atenea que tengo sobre la chimenea. Pero esos pómulos altos, cuello bajo y labios triangulares pertenecen más bien a Afrodita. “¡Mal empezamos!”, suspiro. Afrodita y yo nunca hemos congeniado. Y, después de El Secreto del Fuego, Uds. me dirán.
—Tienes alborotado el cotarro con tus declaraciones al Racó. Si de verdad no te gusta escribir, ¿cómo te atreves a poner en el mercado tamaños mamotretos?
Semejante escopetazo, a título de saludo. Con una uña gatuna, ha extraído de su lugar mi propio volumen de El Secreto del Fuego, ubicado, para mayor suerte —suya— junto al sillón en que acaba de asentar sus reales, sin —por supuesto— aguardar invitación. Yo parpadeo repetidamente, tratando de no sentirme como uno de los escólicos de Dan Simmons frente a su Musa, al tiempo que de travestir mi alarma de impavidez, una vez puesto de relieve que la visita no es de cortesía, sino para echarme la bronca.
—No exageres. —Más que apelar, estoy suplicando—. Después de que el Racó me pidiera una semblanza del último año, yo sólo podía, o explicarles mi momento tal cual es, o endilgarles un cuento baboso. Presuponiendo que te agrada la sinceridad, lo único que dije fue que considero de importancia menor el hecho de que me guste escribir; que el ámbito en que se resuelve la vocación de un escritor no es el de las aficiones, sino el de las necesidades o, acaso mejor, el de las fatalidades. Yo me he propuesto no escribir más varias veces en el curso de mi vida: las mismas en que, de todas formas, he vuelto a hallarme escribiendo.
Pese a toda mi reverencia, no les oculto que uno de sus perdigones sí me está escociendo. Mamotreto —vulgo tocho, plasta o peñazo— es término de uso entre los incapaces de concentrarse sobre un escrito durante más de un cuarto de hora. Muchos de ellos, analfabetos funcionales vergonzantes, tratan de hundir los libros sin santos por la práctica imposibilidad en que se encuentran de leerlos. ¿Cómo, a un auténtico lector, va a desagradarle un libro largo por el mero hecho de ser largo? ¿Pueden Uds. imaginarse a un alpinista llamando mamotreto al Everest, o a un Marco Polo haciendo ascos a ir al espacio o a dar la vuelta al mundo?
Ya estoy resignado a toparme con analfabetos funcionales entre los editores y críticos, pero me alarmaría saber que, entre las hadas, también existen.
—Respecto a “cómo me atrevo a poner en el mercado semejantes mamotretos” —me lanzo, apuntándola, admonitorio, con la nariz—, la respuesta se me hace aún más clara: cada argumento requiere un desarrollo más o menos extenso, sin que ello se corresponda necesariamente con una mayor o menor hondura o intensidad. Yo, por mi talante —memoria visual, detallismo, manía organizativa, obsesión por el método—, me inclino por las historias extensas. O, si lo quieres de otra forma, necesito muchas páginas para dar pasto a todas mis neurosis. Pero una virtud que siempre he perseguido como escritor es tratar los temas en su justa medida: que no falte una coma, pero tampoco que sobre. Me desagradan tanto como a cualquier otro las historias infladas, los mamotretos —aquí, sí— logrados a base de repetir la misma idea setenta veces.
»Y, por si alguna vez te ha picado la curiosidad, ahí tienes también la razón de que no escriba cuentos: no me salen; no sé hacerlos.
No puedo jurárselo —comprenderán Uds. que el lenguaje corporal de las hadas no sea lo mío—, mas creo que mi réplica le ha gustado. Aunque, de momento, bajo su sonrisa de flor carnívora, sigo teniendo como clavos los pelos de la nuca. Al menos, ha devuelto El Secreto del Fuego a su alineación entre el René de Chateaubriand y Libro de Ys.
—¿No vas a ser tú un premio Nobel muy quejica? Te has recorrido media Internet jactándote de lo bien que se están vendiendo tus libros, de las estupendas tertulias en que has intervenido, de las amistades que has hecho entre quienes te han escrito interesándose por tu obra… —Fingiendo que ha recalado por casualidad, mira el retrato de Héctor que tengo sobre el escritorio, contrabalanceando la fotografía en grupo que me dedicaron de Homero, Shakespeare y las nueve musas la última vez que los visité en el monte Parnaso—. Amistades entre las que se encuentra, si no estoy equivocada, este bocadito de nata. —Recobrando el tono admonitorio—: Has colocado cuatro veces más ejemplares de los que te atrevías a soñar en tus contados días optimistas, tienes ya un nombre lo bastante sonoro como para haber empezado a molestar a los envidiosos y te has llevado por la cara un príncipe troyano que, no bien lo mira una, se le hacen carreras en las medias. ¡Oye, guapo…! ¿Tú sabes cuántos de los que vengo de visitar matarían por uno solo de esos logros?
Ya me voy relajando, y sus elogios a Héctor licúan en mis oídos la estudiada impertinencia de su tono. De mi pareja, lo que aquí importa no es que esté “de hacer carreras en las medias”, ni tampoco, en puridad, que sea talentoso, trabajador y amable; importa que, sin su intervención, me habría equivocado mucho a la hora de pintar el talante y fijar el destino de mis Reyes. Pero, esa historia, ya se la contaré a Uds. otro día.
—Vayamos por partes. —Echo para atrás la silla, que para algo tiene ruedas, y me cruzo de piernas, postura ésta que únicamente eludo cuando he de testificar en un juicio. Pensaba otorgar a las hadas la misma deferencia que a los jueces, pero demasiado bien sabe ésta ya que me tiene comido el terreno—. Vayamos por partes —repito—. Primero, es verdad que nunca estoy satisfecho conmigo mismo. Que, ante un logro, la respuesta automática de mi entraña es representarme el inmediatamente superior. Encontrada editorial para mis libros, me asaltó el temor a que no se vendiera ni un volumen. Cuando bastó la liquidación de solo un semestre para que Héctor y yo pudiéramos tomarnos unas suculentas vacaciones —en lo que queda de la Atlántida histórica, por cierto—, se me ocurrió pensar que, con lo que le habrían liquidado a ella, a J.K. Rowling le hubiera sobrado para comprarse media Grecia. El día que pueda yo hacer lo propio con la otra media, viviré en el temor de haberme vuelto superficial, de haber ampliado mi público en detrimento de la calidad. Y redactaré mi discurso de ingreso en la Academia entre rezongos por la falta de tiempo, con tanto lauro y homenaje, para escribir lo que quiero.
»Déjame a mí las lamentaciones por lo esquinada que está la felicidad respecto a semejante manera de ser, y quédate tú con la conciencia de que, peor que esquinadas, autocomplacencia y literatura son antagónicas. Mi primera editora me preguntó cierta vez si yo disfrutaba escribiendo. Ingenuamente, le contesté que suponía que sí, pero que no me preguntase cuándo. Ahora le respondería que, sea cual sea la respuesta, la cuestión carece de importancia. Que escribo porque ése el trabajo que me corresponde hacer en esta vida. Y que, si trato por todos los medios de que me salga bien, es menos por placer que por orgullo; porque debemos sacar lo mejor de nosotros mismos en todo cuanto emprendamos, y lo mismo en los asuntos que nos complacen como en los que no.
»Respecto a la segunda cuestión —el relativo éxito de El Secreto del Fuego—, justo por ser verdad lo que dices, ¿cómo no habría de causarme ansiedad el haberme tenido que apear de una trayectoria tan recta? Dentro de todo libro, zigzaguean dos hechos: el creativo, que afecta a la individualidad del autor, y el de lenguaje, que, en tanto que acto de comunicación, está abierto a terceros. Pues bien, de momento, yo, las recompensas, en esto de la literatura, las he encontrado exclusivamente en el segundo, en el ámbito de relación. Y resulta que, del verano acá, me ha surgido frente a él una verdadera muralla china. Como sabes, yo no me gano la vida escribiendo ficción. Y, si hasta mayo o junio de 2006, me bastaban nueve o diez horas para llenar mi nevera y la de mi gato, a partir del verano, ha empezado a exigírseme el día entero.
»A mi escandalosa primera revelación —la de que escribir es una actividad obligatoria—, súmale ahora la de que casi nunca resulta agradable ni, por supuesto, agradecida. Yo nada sé de raudales de inspiración, ni de fusiones místicas con las musas. De lo que sí te puedo hablar hasta dormirte es de noches crispadas tratando de volcar ideas engañosamente sencillas en estructuras verbales sin monstruosidades sintácticas; y de parlamentos necesariamente arcaizantes para los que no puedo encontrar otro cierre plausible que un barbarismo tecnológico; y de personajes absentistas, y de locuciones hermosas cuando escritas y pleonásticas cuando leídas, y de situaciones que, pretendiendo dar miedo, en realidad dan risa, y de rugientes selvas que, miradas de cerca, se revelan más artificiales que un ramo de novia… En resumen, de sesiones y sesiones de agobio cuyo único resultado perceptible es una papelera hasta arriba.
»Y, para llevar a cabo una tarea tan penosa, un trabajo cuyo provecho no parece ser otro que poner de relieve mi mediocridad, ¿no habría de exigir, al menos, un cierto equipo? ¿Mi casa, mi escritorio, mi silencio, mis zapatillas, mis diccionarios, mi —sobre todo— bendito y mediterráneo sol…? Pues bien, resulta que hasta con eso ha arreado mi prosaica determinación del priorizar el pago de mis facturas. Antaño, era capaz de escribir sobre mis piernas cruzadas, sorteando la boicoteadora curiosidad de trece aburridísimos sorches. Pero, entonces, era más joven y, sobre todo, pensaba que, merced a la literatura, podría eludir al Hado, no que iría a arrojarme en sus brazos. Ahora, tras veinticuatro horas de noche ininterrumpida peleando a navaja por lo obvio, sólo me quedan ganas para meterme en la cama y tratar de dormirme, por ver si, a la mañana siguiente, como novedad, amanece. Ya no puedo participar en tertulias, ni hacerme homenajear por los envidiosos, ni gastar el raudal de afecto que me han deparado mis libros, ni beneficiarme de la inteligencia, sensibilidad y cultura de mis nuevos amigos. En el fondo del retrete en que ahora vivo, no hay recompensa que valga. Si tanto necesita el Hado mi literatura, podría haber dejado, al menos, que me quedara en casa.
»¿Que, siendo mi opción de priorizar el pago de mis facturas congruente y sensata, como propia de la persona adulta y sabedora de sus obligaciones que soy, resulta inconcebible que me genere conflictos? Pues no, no es inconcebible, y sí, sí que me genera conflictos. Yo comparo el sentimiento humano con una orquesta cuyos músicos se odian entre sí, y a cuyo frente hay un director desprestigiado y débil. Y que, cuando somos incapaces de mantener el guirigay dentro de nuestras cabezas, es cuando los demás dicen que nos hemos vuelto locos.
»Aunque, teóricamente, no debería de haber objeción a que suspendiera mi carrera literaria hasta tanto las circunstancias volvieran a ser propicias, los genes sobre los que está grabada mi necesidad de escribir nada saben de oportunidades, ni de prioridades, ni de momentos. Ellos reclaman lo suyo. Y, llevándose de miedo con las encimas, las hormonas o lo que sea que maneje mi aversión por las cosas pendientes, no veas cómo fastidian: parecido a cuando, en una comida de restaurante, se introduce un resto de comida entre dos muelas, y el universo entero parece estar conspirando para impedirle a uno llegar hasta su hilo dental.
Hecho a intercambiar monólogos en vez de a conversar y a locuciones entrecortadas de, como máximo, cinco palabras, esta larga parrafada me sienta de maravilla. He aquí la prueba, por si aún hacía falta, de que, si no es un hada buena la que tengo sentada en mi sillón, sí es, al menos, una que sabe escuchar.
Mas, ahora, ha llegado su turno.
—En dos palabras: que te gusta escribir casi tanto como comer con las manos. —Y, atajando mi protesta con un ademán—: ¡De acuerdo, de acuerdo! Usaré las altisonantes palabrejas tan de tu gusto. Que amas la literatura más que nada; que, como amante fervoroso, te desconcierta descubrir imperfecciones en el objeto de tu amor, que te impacientas cuando no puedes permanecer en su compañía y que sufres lo indecible cuando os enfrascáis en cualquier peleílla.
Yo pongo cara de haber sido descubierto; primero, porque se trata del hada de los premios Nobel futuros y, segundo, porque, al fin y al cabo, eso es lo que todo el mundo dice.
—Nadia me ha dicho que tienes Libro del Retorno prácticamente acabado, e incluso adelantados algunos capítulos de Libro del Reino. —Vuelve a silenciarme cuando trato de protestar, ahora, con un gesto abiertamente imperioso—. Tener visualizados los principales parajes, saber quiénes los pueblan y para qué, conocer el mapa del argumento y haberse adentrado en la fijación de los detalles al extremo de saber ya cómo va a ir vestida la protagonista en el último capítulo, a eso lo llamo yo tener un libro prácticamente acabado. Lo que resta es un par de meses dándole al folio. ¡Menos, de no ser por tu manía de escribirlo todo primero a bolígrafo! Si te crea dificultades tu otro trabajo, deberías hablar con tu editor.
Yo sonrío sin decir nada, tratando de conjurar la imagen del susodicho precipitándose sobre la calculadora tan pronto como hubo sabido que Libro del Retorno iba a tener también más de doscientas páginas. Ella sabe perfectamente lo que estoy pensando, pero hace como que no.
—¿Has seguido con Libro del Retorno la misma tónica que con Libro de Ys y El Secreto del Fuego? ¿Obras independientes, apenas si ambientadas en un universo común?
Asiento con la cabeza.
—Aunque se hacen, proporcionalmente, muchas más referencias a los argumentos de los primeros títulos que en El Secreto del Fuego respecto a Libro de Ys, como la protagonista no cree que los acontecimientos sucedieran según se narra ahí, alusiones conforman una historia completamente nueva. El Secreto del Fuego y Libro del Retorno tienen en común, asimismo, los personajes de Idamante y Areteo, pero esos trescientos años como atlantes los han cambiado tanto que mis lectores no van a reconocerlos.
—¡Es todo tan rebuscado…! —exclama ella, elogiosamente. Y se pone en pie para marcharse. Aunque, verdaderamente, no entiendo por qué: ni ha necesitado la puerta para entrar, ni creo que vaya a buscarla ahora para salir.
—¿Puedo hacerte yo una pregunta? —me arriesgo, vengativo. Mi visitante dice que sí.
—¡Pero que sea facilita! —demanda.
—Me has hecho exactamente tres preguntas. ¿Por qué? ¿Por alguna razón mágica concreta, ligada al poder del número tres?
El hada Joana arruga la nariz.
—¡Qué razón mágica ni qué…! Con lo que te enrollas, ¿crees que puedo alargar más la entrevista? ¿Que voy concederte la pregunta número cuatro? ¡No tengo todo el día!
¡Vaya chasco! El suyo, claro.
Había creído que iba a preguntarle en qué año recibiré el premio Nobel. Y, cuando lo hubiera hecho, tenía previsto volatilizarse desdeñosamente y dejarme con tres palmos de narices, socapa de que la pregunta no era facilita.
¡No es nadie el personal mágico dándose pisto! ¡Como si no supiera yo de tiempo que recibiré el premio Nobel el año siguiente a que se lo den a mi amiga Joana Pol!

Obras
Libro del Retorno (tercero de las Crónicas de Atlántida)
Sinopsis argumental ofrecida como primicia a los oyentes del Racó Literari.

Poseidonia ha sido destruida por un maremoto, y el entramado de alianzas y confederaciones de que, hasta entonces, se había compuesto Ys, se está desmoronando. Sin apenas hallar resistencia, el ejército khemita ha ido ocupando los desperdigados trozos del Reino sin Rey. Pues los despavoridos ysiotas creen que han sido los brujos–sacerdotes que gobiernan tras los faraones de Khem, y no los dioses, los causantes del maremoto que ha arruinado su capital. Los brujos–sacerdotes de Heliópolis, a quienes todos creen ahora dueños de un arma espantosa: las sesenta y seis pirámides erigidas a lo largo del Nilo, un látigo con el que azotar a la tierra hasta hacerla retorcerse de dolor.
Idamante, Regente de Atlántida, ha ordenado regresar a Areteo, su brazo derecho, sin haberle dado tiempo a concluir el trabajo que le encomendó en una realidad diferente. Necesita que lleve a cabo una misión en su propio Cosmos. Como primera medida, le tranquiliza respecto a la dimensión del poder khemita. El caos que parece reinar por doquier es meramente superficial: en el Reino gobernado por el último descendiente de Prometeo, se han puesto ya en marcha rigurosos planes para reconducir la situación. El Hado tiene previstas todas las contingencias, y los atlantes son, en el presente Cosmos, los autores de su voluntad, aunque, también, su único posible adversario.
Lejos de haber servido para que Heliópolis arruine Poseidonia, expone Idamante, las pirámides representan un fracaso tan abrumador que, contrariando las actuales apariencias, pronto conllevará también la destrucción de la Señoría de la Túnica Violeta y del propio Reino de los dos Países. El auténtico propósito de los brujos al construir aquellas montañas impías había sido burlar la ley que ordena la renovación de la vida a través de la muerte, desviando hacia cuerpos artificiales las linfas vivas destiladas en el vientre de Océano y la cabellera de los astros, con el fin de que sus almas dispusieran de un asidero en esta tierra una vez decretado el fin de sus existencias. Mas, por una vez, concluye el Regente, el castigo va a estar en consonancia con el crimen. El trabajo ha vaciado los tesoros de Khem y de la propia Heliópolis, y el fracaso, minado peligrosamente la cohesión de la Orden, al haber carcomido la fe de los inferiores en los Altísimos y de todos los brujos en sí mismos. Para colmo de males, los trozos de Ys engullidos al socaire de las circunstancias pronto van a indigestárseles. El pánico remitirá pronto y, cuando empiece la insurgencia, el ejército khemita se verá desbordado en todos los frentes.
Tanto Ys como Khem y Heliópolis son instrumentos del Destino cuya utilidad ha llegado a su fin, continúa explicando Idamante a Areteo. La nueva edad presenciará el cumplimiento de la antañona promesa formulada por el dios Poseidón a la maga Clito, relativa a que, algún día, la progenie de ambos volvería a morar en su patria ancestral, una gran isla situada frente a las Columnas de Heracles. Mas, para ello, primero habrá que unificar en un solo pueblo las tres ramas de la estirpe Poseidonia. Dos se encuentran esclavizadas por un brujo de poca monta, realizando unas misteriosas excavaciones. Para liberarlas, menester será que recobre su liderazgo la última heredera de las dinastas ysiotas, desprestigiada y repudiada tras haber conducido a los suyos a la servidumbre, a más de tenida por loca, puesto que pretende ser capaz de hablar con los animales.
Areteo parte en el acto, dejando al Regente pesaroso y avergonzado. Detesta haber engañado a su amigo y, sin parar mientes en la contradicción, ora se dice que era irremediable hacerlo, ora, que sólo ha dejado para más adelante revelarle cierta parte de los hechos.
La parte relativa a que el fracaso de los brujos‑sacerdotes de Heliópolis en lograr la resurrección en absoluto presupone la inutilidad del conjunto piramidal: un poder inmenso alteró voluntad y saber en la propia cabeza de los arquitectos y maestros de obras para que, mediante sutiles cambios en el diseño y la ejecución, ese artilugio de la más abominable hechicería pueda manifestarse, llegada la hora, como instrumento de curación.
Aunque se trata de un poder ajeno a la magia de Atlántida, su Regente sabe muy bien de qué se trata: en seguida reconoció el magisterio del Rey que todos esperan. El Rey descendiente de Prometeo y de Zeus, de titanes y dioses, capaz de conjurar para siempre la guerra y devolver el Cosmos a la Edad de Oro.
El Rey cuya manifestación pondrá fin a su Regencia.
Lectura
En el anterior Racó Literari dedicado a Armando Cubas Morales, ofrecimos el pasaje de Libro de Ys en que se describe el sueño mediante el cual Lira conoce el mejor emplazamiento para la ciudad que pretende crear y se le revela, al tiempo, su futura grandeza. Esta noche, vamos a mostrarles unas estampas de la Poseidonia que, a punto de cumplir trescientos años, se encuentra ya en el cenit de su belleza y gloria.
El texto, transcrito por el cronista autor de Libro del Retorno, pertenece a una carta remitida desde la capital ysiota por Pelias de Correncia a su esposa. Pelias y su hijo Héctor han viajado a Poseidonia so pretexto de los negocios, aunque, en realidad, para empaparse del Reino al que, incluso con un poco de mala conciencia, sienten como su verdadera patria. Padre e hijo son un claro ejemplo del tipo humano que ha llevado tan lejos las fronteras de Ys sin necesidad de recurrir ni a ejércitos ni a escuadras. Ello, aun a despecho de que, a veces, les invada la oscura aprensión de que su auténtico papel dentro de las ciudades en que habitan es el poco airoso de títeres.

«(…) ¡Ojalá también hoy hubiéramos estado juntos, como la primera vez que contemplé la Basileia desde esa misma posición! Entonces, aún llevabas a Héctor en el seno y, de la estatua de Hermes Aggelos, apenas si se había emprendido el acondicionamiento como pedestal del islote sobre el que ahora se yergue. Contra los pasmados gestos que, esta mañana, nos han rodeado, recordarás que, aquella vez, cuando la nave pasó junto al pedrusco, se escucharon numerosas exclamaciones desaprobadoras. Dejándonos a nosotros, pobres metecos, en medio, a diestro y siniestro, grupos antagónicos empezaron a discutir. Y tú, que entonces aún no dominabas el dialecto ysiota, creíste que era nuestra presencia junto a la borda el motivo de la arremetida. ¡Qué sonrisa me ha arrancado esta mañana el recuerdo de los ojos turbados y la nariz tensa con que tratabas de interpretar aquella marejada de aspavientos!
»También hoy han rodeado muchas caras a Héctor, pero sin otra intención que cantarle de la estatua una gloria aún no dicha: que si toda ella es de bronce, a excepción del caduceo, fundido por Alalkomeneus en la fragua del auricalco para que, refulgiendo en la oscuridad, señale a los barcos la embocadura del Amara; que si en auricalco también está reproducida la trama de huesos y músculos que sustenta la mole, tal cual la de un cuerpo humano; que si, para tratar los metales y ensamblar las piezas, se pronunciaron ensalmos y aplicaron principios de alta magia inactivos desde hacía milenios; que si, el día de Hermes Aggelos, la dinasta y el epístato del templo no utilizan la escalera interior para llegar hasta la cámara existente en la cabeza, sino que levitan por los conductos que hacen las veces de vasos sanguíneos, no se sabe si mediante conjuros o empleando algún utensilio mecánico; que las alas de las sandalias contienen, ellas solas, más bronce que el Apolo Délfico, la segunda estatua mayor de la ecúmene, y el caduceo, más auricalco que todas las restantes esculturas sumadas, dentro y fuera de Poseidonia… ¡Y, por supuesto, que, para modelo, Alalkomeneus tomó al propio Hermes! Pero, esa historia, ya te la contaré despacio más abajo, que bien lo merece.
(…)
»Por bien que lo disimulen los jardines plantados en la cornisa Paheax, el anillo exterior es un dique de basalto y auricalco, el elemento principal del sistema hidráulico al cual Poseidonia debe no sólo su original belleza, sino también su prosperidad; un paredón únicamente rebajado para hacer sitio a algunos embarcaderos particulares, a muelles de mercaderes o de la flota… y a la plaza Emporia. Por tanto, a la Basileia, los extranjeros sólo podemos llegar por tres caminos: desde Bóreas, desembarcando en el puerto; desde Euro, recorriendo la Megarabdos y, desde Noto, atravesando la compuerta Pulon y navegando por el canal Amara. Pues bien, a la sombra de las Stoás y del templo de Poseidón, hasta el mayor trirreme cabe entero mientras realiza las maniobras de atraque. Quien se adentre por la Barra Grande, primero, deberá recorrer casi sesenta estadios llevando a su izquierda mil naves desdeñosas de los bancos de arena, los escollos y los traidores bajíos puestos ahí por Océano, y dejando a su derecha, los soportales y balconadas crecidos entre parterres desde donde los poseidonios enseñan a sus hijos a burlarse de las tormentas; luego, tendrá que hacer la cola del pontazgo sabiéndose en el entrecejo del Éber de nueve codos que vigila para que nadie se cuele desde la jamba central de la Puerta de Tierra, sin que le valga otra cosa para combatir la espera —y el desasosiego— que mirar los ciento cincuenta pies de friso que, sobre las tres arcadas, representan la asamblea de dioses en que Hermes se reconcilió con Apolo mediante la dación de la lira. ¡Vamos, en que el Señor de Heliópolis, reconociendo su derrota a manos de la primera dinasta, se dejó consolar con un juguete! ¿Es de extrañar que, cuando por fin se nos franquea el paso —únicamente, para encontrarnos, un poco más allá, con los esplendores del ágora vieja—, aunque los arcos de la Gethura miden casi diez codos, los recién llegados pasemos por debajo con la cabeza gacha, como si estuviéramos traspasando los umbrales de un templo?
»Antes del gran Hermes y la plaza Emporia, el acceso desde Noto no se hallaba, en comparación, tan gloriosamente adornado. Aun así, recordarás cuán admirados nos quedamos con la vista del Diagogion flanqueando el primer plectro del gran canal y, allá en lo alto, cara al Océano, el templo de Hermes, emergiendo entre los árboles y flores traídos de toda Gea para rivalizar con el mármol columnario en esbeltez y colorido. ¡Pobres de nosotros! ¡Residentes en un villorrio reiteradamente víctima de su riacho, incluso nos pareció digno de gratitud que los jinetes de Océano se hubieran tomado tantas molestias para impresionarnos!
»Y ahora, sin duda, me preguntarás: “¿Es cierto cuanto se dice? ¿De veras han mejorado los ysiotas la comúnmente aclamada como insuperable maravilla del ágora vieja? ¿La vista del gran Hermes, realmente causa una impresión tan honda?”.
»Y yo te responderé: “Espérate a verlo. Para elogiar adecuadamente a Alalkomeneus, se requiere ser un orador tan grande como arquitecto y escultor fue él. Lo único que te puedo decir es que sentiré estarte recatando algo esencial de mi amor hasta no haber repetido contigo el descubrimiento sobre las aguas de ese noble dios que se encamina hacia su ciudad presto a colmarla de venturas”.
(…)
»Una ciudad que se autoimpone la obligación de ser bella. ¿Quién, fuera de Ys, puede concebir tal cosa? ¿Y una ley que define a sus gobernantes como los administradores frente a la desgracia de la solidaridad común? ¡Sólo con oír la frase, se sienten escalofríos! No seré un patriota ejemplar, pero sí un padre sensato, lamentándome por no haber llegado hasta aquí al encuentro de mi familia, sino habiéndola dejado atrás, en nuestra pobre, anticuada y fratricida Correncia. La vida que yo soñaba para vosotros, hubiera tenido que dárosla aquí, en una de esas casitas multicolores cuyas puertas sus moradores nunca cierran, edificada a la sombra de un grandioso jardín colgante y junto a un canal cuyas aguas la propia marea se encarga de limpiar. Héctor iría a la escuela de la cornisa acompañado por sus amigos, los hijos de nuestros vecinos, no por pedagogos armados, y su pecho enfermo no tendría que lidiar, mientras atiende a las lecciones, con el miasma de cien orinales vaciados al exterior cada mañana, sino que respiraría un aire oloroso a Océano y a los árboles y flores traídos de toda Gea. Y tú y yo, lo único que aprestaríamos bajo el mostrador, antes de abrir nuestro establecimiento, sería el ábaco y la caja de las monedas, no garrotes y puñales por si entran a robarnos. O ¿crees que somos ya muy viejos para acostumbrarnos a vivir así?
(…)
»¿De veras la ley divina impone el amor incondicional a la propia polis? ¿Incluso a quienes llevamos el gentilicio colgado del cuello como una soga de ahorcado? ¿A quiénes, ya en la cuna, empezamos a pagar con sangre y miseria la deuda de pereza, locura, corrupción o necedad que nos han dejado por toda herencia nuestros mayores? Sea buena o mala, ¿de verdad les deben siempre amor los hijos a sus madres? Si aman a la mala, ¿con qué recompensarán a la buena?
»Aun habiendo nacido lejos de Poseidonia, tú sabes cómo la amo. Por esto sólo: desde nuestro arribo, Héctor no se ha quejado o tosido ni una vez; reído, muchas.
(…)
»Para Héctor, todo lo anterior hubiera sido farfolla: sólo quiere hablar y que se hable del gran Hermes. Durante la cena, no se ha quedado tranquilo hasta que nuestros anfitriones le han corroborado todas las historias oídas en el barco esta mañana, y aun añadido otras de su cosecha. Por fortuna, cuando se trata de Apoplanias, la paciencia de Pandáreo y Kymopoleia tampoco parece tener límite.
»“Creeréis que viene con sus sandalias alígeras rozando las olas, y que va a subir desde la plaza Emporia por la escalinata Anabathnos para reunirse con vosotros en el peristilo del templo”. Así ha descrito nuestra anfitriona, para deleite de Héctor, la emoción que despierta, contemplada desde la cornisa Paheax, ese chicarrón de cien codos plantado por Alalkomeneus en medio de Océano. ¡Hubieras tenido que ver a nuestro hijo palmoteando y haciendo votos por que mañana pase rápido! Yo, sin llegar a tanto, he creído a Kymopoleia a pie juntillas, pues sus palabras corroboran mis impresiones hasta el momento. Por si aún no lo he hecho, hora es ya de reconocerlo, esposa: cuanto decían tu hermano Akeso, y Paktolos, y otros que nos han precedido, es cierto. ¡Incluso vistas de cerca, nunca te podrías imaginar a qué punto es vívida la ilusión de que esas carnes metálicas se mueven, y de que se mueven porque están vivas!
»Sigue pendiente la historia de cómo engatusó Alalkomeneus a Hermes para que le sirviese de modelo, y cómo el dios, lejos de irritarse, tanto se complació con el ingenio del artista que otorgó a su creación el aspecto de la vida. Ya conoces mi incredulidad ante ese tipo de explicaciones, por más que aquí, de nuevo, se las considere historia. En el efecto óptico a que he aludido se juntan, por lo que se ve, la magia del auricalco y unas medidas tan precisas que ni durante el flujo o reflujo más radicales llegan a encontrarse bajo el agua los talones del dios, ni a quedar al descubierto el arrecife que los sustenta. Nadie hace un secreto de en qué consiste el “prodigio”, también es verdad; aun así, todos los días, algún forastero desprevenido sufre un ataque de pánico, creyendo que va a hallarse en poco delante del dios. Sólo tras larga observación se convence uno de que el viento no agita esos cabellos, ni los pliegues de ese manto; y de que esos pies como barcazas no van a hollar la plaza Emporia porque, desmintiendo la alucinación de los sentidos, al cabo de un rato, se impone la evidencia de que no se han movido.

MALLORCA FANTÀSTICA 2007

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