Booktrailers de BELLVER-Joana Pol

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miércoles, julio 04, 2007

Carlos Hugo Asperilla Cascajero, en IB3-Radio de la mano de Sandra Llabrés y Joana Pol.

En esta ocasión tuvimos el placer de escuchar en el magazine nocturno 3deNit, de Sandra Llabrés, en IB3-Radio, al escritor Carlos Hugo Asperilla Cascajero, laureado recientemente con el premio Yoescribo.com a la mejor novela, por su obra ROSAS BLANCAS PARA WOLF. La escritora mallorquina Joana Pol y Sandra Llabrés le entrevistaron para todos nosotros en un programa ameno, repleto de buenos consejos para los autores noveles, en el que nos deleitaron con una magnífica lectura consistente en un fragmento de la novela de Carlos Asperilla Cascajero. La interpretación corrió a cargo de la propia Sandra Llabrés, Ana Mayo en el papel del niño Wolfgang y Carlos Riera como Wenceslaus.


LEMA:

¡Apartaos a tiempo de todo lo relacionado con el Nacionalsocialismo! Después serán juzgados severamente aunque con absoluta justicia, todos los que, no tomaron ninguna decisión.

Espero que este lema no os parezca raro, puede que se pudiera salir un poco de la línea del programa, me refiero, a que es una frase un poco simple y no pudiera tener ningún valor literario. Pero es una frase muy significativa para mi y que en su aparente simpleza encierra la lucha por la paz que ejercieron unos adolescentes en la Alemania nazi y fueron ejecutados por ello. Es una frase extraída de de uno de los panfletos que difundían los miembros de La Rosa Blanca entre los alemanes, para tratar de concienciarlos por el error que estaban cometiendo al apoyar a Hitler.

BIOGRAFIA:
Nací en mayo de 1968, en Madrid. Allí viví toda mi adolescencia, luego estudié en un internado de salesianos en Guadalajara, ciudad donde viví otra gran parte de mi vida. En un pueblo Alcarreño llamado Chiloeches que es de donde proceden parte de mis raíces. Aunque ya me había aficionado a escribir mucho antes, fue ahí en Chiloeches donde surgió la Asociación Juvenil Literaria “Las Perseidas”. Fue un día de agosto, una madrugada observando la lluvia de estrellas con mi prima Elena, también aficionada a escribir, cuando surgió la idea de crear la asociación. Poco tiempo después la hicimos oficial.
Cierto que no soy un escritor muy fructífero, tan solo tengo dos cuentos cortos; (“El Día Del Perdón En La Torre de Babel” y “Rodrigo sobre el puente”) Y dos novelas. (“Prometo Recordar” y “Rosas Blancas Para Wolf”) esta ultima Premio de Novela de Yoescribo.com.

MANIFIESTO: Recuerdo que mi afición a leer comenzó desde muy joven. Y aunque era muy renegado en la escuela a aprender a hacerlo por un problema de dislexia, finalmente mi curiosidad por lo que decían los bocadillos de los tebeos fue lo que me impulsó a unir vocales con consonantes para formar las palabras, y estas para transformarlas en frases.
Después, pienso que continué apegado a los libros por simpatía, o más bien por afinidad ya que veía constantemente a mi madre con un libro en la mano, casi siempre de Agatha Christie. Así que con diez años leí “Diez Negritos” de esta misma autora, este fue mi primer libro. Y a partir de entonces no paré de leer… a Julio Verne, Emilio Salgary, Enid Blyton, Erich Kästner. Toda la literatura adolescente que caía en mis manos. En mis cumpleaños todo el mundo ya sabia que regalarme.
Por otro lado yo también tenia ganas de contar cosas. Y recuerdo que las maquinas de escribir me fascinaban, y si escribía algún cuento corto sobre casas encantadas u hombres con poderes sobrenaturales, me iba a casa de algún compañero de clase a pasarlo a máquina con dos dedos. Nunca tuve ninguna, incluso ahora y eso que estudié mecanografía en el colegio.

Rosas Blancas Para Wolf tiene un largo recorrido hasta que llegó a ser premiada. Realmente la escribí hace unos doce años, a mano, y estuvo metida en un cajón y presente en mi cabeza durante mucho tiempo, sin terminar. Realmente lo hice hace un año y medio. Mi prima Elena, cofundadora de “Las Perseidas”, me animó a terminarla. Y cuando estuve seguro de que el resultado era legible, la colgué en Yoescribo.com y después la presenté al premio, sin ninguna esperanza, la verdad. Tal vez este desánimo sea la consecuencia de los continuos rechazos editoriales con la nota; “sobre la II Guerra Mundial, ya está todo escrito”.
He de remontarme a unos años atrás, cuando el primer borrador de “Rosas Blancas Para Wolf”, escrita con bolígrafo negro y correcciones en rojo, se encontraba en la “La Peña”, una pequeña casita donde mi prima y yo, rodeados de folios en blanco, jazz como música de fondo, y litros de café, nos reuníamos para hacer lo que mas nos gustaba; escribir. Teníamos, presidiendo todo esto a una botella opaca, lacrada y con denominación de origen desconocido. Nunca supimos que líquido se alojaba en su interior. Tan sólo tenia una etiqueta con una fecha; 1964. Elena y yo hicimos la promesa de descorcharla cuando cualquiera de los dos publicara alguno de sus escritos, muchas veces estuvimos tentados de hacerlo, pero la botella se conservó siempre intacta. Aquella promesa siempre se mantuvo, incluso ahora que va a publicarse mi novela. Paradojas de la vida la peña sufrió un incendio, ardió por los cuatro costados; la botella se perdió, pero pude salvar el manuscrito de “Rosas Blancas Para Wolf”.

LECTURA:

Sostuvo la carta de su hermana en la mano. Con el atizador levantó la trampilla de la estufa de leña y dejó caer el abultado sobre en su interior. Bastaron unos segundos para que una oleada de calor se proyectara en su rostro.
Luego imaginó la carta reducida a cenizas.
—“¡Mi hermana unida a un grupo de Resistencia!” —se dijo. Masajeándose las sienes con los pulgares, trataba de mantener la calma, y una vez hubiera alcanzado el estado de serenidad, buscar algún lado positivo a todo aquel asunto.
Había una palabra que denominaba en su conjunto lo que Gudrun pretendía de su hermano, y después de mucho pensar, Wolf concluyó que esa palabra debía ser uno más de aquellos términos que el Régimen pretendía tachar del diccionario. ¿Fueron dos, o quizás tres las veces que había oído aquella palabra en su corta vida? Wolf aún recordaba el momento en que preguntó a su padre por el significado.
El niño colocaba por orden alfabético los programas de mano cinematográficos que Wenzeslaus había coleccionado durante años. Cada uno de los pequeños carteles significaba un recuerdo de los años que había pasado éste junto a Euphemia. El cabeza de familia guardaba sus programas en una caja de palisandro que había conseguido en uno de sus viajes, y en su interior también había sitio para otros recuerdos, como viejas medallas de reconocimiento, pequeños objetos y la media docena de postales a las que Wenzeslaus tenía tanto afecto. Estas tarjetas mostraban una bonita vista de la Unter den Linden, y si Helldorf se había hecho con todas las de la tienda, era porque casualmente Euphemia estaba asomada a la ventana en el momento en que fue tomada la fotografía. La mujer sólo era un pequeño detalle en la fachada del edificio, pero todos estuvieron de acuerdo en que era ella porque aquella mancha amarilla tenía el pelo trenzado y recogido en un moño.
—¿Intolerancia? —interrogó Wolfgang. Su padre se acercó a la mesa donde el niño había esparcido los programas de mano—. No sabía que a mamá y a ti os gustara la ópera…
—No, nunca fuimos a la ópera —dijo—. Íbamos al teatro, a conciertos de música clásica, al cine… A tu madre no le gusta la ópera —el hombre cogió el programa que Wolf le ofrecía— ¡Ah, éste! Es una película antigua. Era muda, de un director americano. —El recuerdo de Wenzeslaus se había trasladado esta vez a mil novecientos dieciocho, cuando en Brest-Litovsk se firmó el tratado de paz entre Alemania y Rusia. Había entrecerrado los ojos acariciando su barbilla, la postura que adoptaba siempre que regresaba a cualquier tiempo pasado —¡No hacía ni un año que conocía a tu madre!
—¿Eran los años veinte?
—No —respondió aún con la mirada perdida—. Recuerdo el dieciocho como un año de continuas huelgas, y no sólo en Berlín, sino también en Viena y en todo el Imperio…
—¿Cuál es su significado?
—¿Qué?
—Intolerancia… ¿Qué significa?
Dejó el programa sobre la mesa. No rehuyó la mirada de su hijo. Aunque había tenido ganas de hacerlo, y luego le respondió:
—Cuando alguien no respeta las opiniones de su prójimo, o sus costumbres… Ese alguien es un intolerante —espiró—. En particular cuando se persigue a los demás por razones políticas o religiosas… Lo contrario es la tolerancia, que antes practicábamos. Alemania ha perdido ese sentimiento, hijo. Pero… ¿qué país en guerra no lo pierde?
—¿No perseguíamos a los judíos antes de invadir Polonia? —le interrogó el niño de nuevo. Wenzeslaus acercó su silla hasta la mesa, y después apartó la caja de palisandro. Quería que su hijo le prestara toda su atención:
—Escucha, Wolf. Esta guerra ya había comenzado antes de que tú nacieras. Hay personas, me refiero a los judíos, que pretenden echar a perder la raza superior a la que tú y yo pertenecemos. Si su sangre se mezcla con la nuestra, dos generaciones son suficientes para que los arios nórdicos desaparezcamos… La intolerancia en este caso es necesaria, ¿comprendes?
—Sí.
Poco tiempo después de esta conversación comenzarían las intermitentes ausencias de Wenzeslaus, y la educación del niño sería aún más drástica al quedar en manos de las Hitlerjugend. Lo que a Wolf más le impactó del discurso de recepción al ingresar en las Juventudes fue el respetuoso tratamiento de Herr del que fueron objeto todos los miembros de la promoción. Esto, unido a los continuos halagos a su raza, dio al joven Wolfgang una consistente confianza en sí mismo, confianza que no se vio amedrentada en ningún momento de los siguientes años de su vida… Hasta que se topó con el judío en Pariser Platz. Aquel primer discurso le había despertado el valor del que su padre tanto le hablaba, el que iba unido al honor Nacionalsocialista.
Contando Wolf con tan sólo diez años, y con la sala de conferencias repleta de esvásticas negras contrastadas con el color rojo, el oficial había terminado su discurso gritando a los niños que estaban en ese lugar para aprender lo más valioso de sus vidas: “Están aquí para aprender a morir”.

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